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Tenía el interior de la boca congelado.

– Alguien lo empujó -insinué.

Scorch se remangó la chaqueta para meterse las manos en los bolsillos. Luego añadió con cautela:

– No hay indicios de pelea, Frank.

– ¿Cómo dices?

– Si lo hubieran arrojado a la fuerza por esa ventana, habríamos encontrado marcas de refriega en el suelo, el cristal de la ventana hecho añicos por el punto en el que cayó, tendría las uñas rotas de arañar al atacante o el vano de la ventana, y quizá cortes y moretones ocasionados por los golpes. Pero no hemos encontrado nada de eso.

– ¿Insinúas que Kevin se suicidó? -pregunté.

Scorcher apartó la mirada.

– Lo que intento decirte es que no fue un accidente y que nada apunta a que alguien lo empujara. De acuerdo con Cooper, sus heridas concuerdan con la caída. Era un tipo corpulento y, por lo que hemos podido averiguar, quizá bebió más de la cuenta anoche, pero no estaba borracho. No se habría dejado empujar por la ventana sin defenderse.

Respiré hondo.

– Está bien -asentí-. De acuerdo. Entiendo lo que dices. Pero ven aquí un segundo. Hay algo que probablemente debería enseñarte.

Lo conduje hacia la ventana bajo su mirada recelosa.

– ¿Qué tienes?

– Observa bien el jardín desde este ángulo. Concéntrate en el punto en el que confluye con la base de la casa en concreto. Verás a qué me refiero.

Se apoyó en el alféizar y asomó el cuello por debajo de la hoja de la ventana.

– ¿Dónde?

Lo empujé con más fuerza de la que pretendía. Por una milésima de segundo pensé que no iba a ser capaz de recuperarlo. Y en lo más profundo de mi ser, una parte de mí habría estado encantada de que así sucediera.

– ¡Por todos los santos! -Scorch se apartó de un brinco de la ventana y me miró boquiabierto-. ¿Es que te has vuelto loco?

– No hay indicios de refriega, Scorch. Ni cristal roto, ni uñas rotas, ni cortes ni moretones. Y tú eres un tipo corpulento, no has bebido ni una gota y te habrías caído sin ni siquiera gritar. Partida concluida, gracias por participar, Scorcher ha abandonado el edificio.

– Maldita sea… -Se alisó la chaqueta y se sacudió el polvo, con furia-. No ha tenido nada de divertido, Frank. Me has dado un susto de muerte.

– Bien. Kevin no tenía instinto suicida, Scorch. Tendrás que confiar en mi palabra. Bajo ninguna circunstancia se habría quitado la vida.

– Te creo, pero, entonces, dime: ¿quién lo perseguía?

– Nadie a quien yo conozca, pero eso no significa nada. Yo no sé nada de él. Podría tener a toda la mafia siciliana pisándole los talones y yo no me habría enterado.

Scorcher mantuvo la boca cerrada y dejó que su gesto tácito hablara por sí solo.

– No éramos amigos del alma. Pero yo no necesito vivir en este agujero para saber que era un joven sano, sin enfermedades mentales, sin problemas sentimentales ni de dinero, feliz como una perdiz. Y, súbitamente, una noche, sin razón alguna, ¿decide entrar en una casa en ruinas y precipitarse de cabeza por la ventana?

– A veces ocurre.

– Muéstrame una prueba que corrobore que es eso lo que ha ocurrido aquí. Una sola.

Scorch se peinó con las manos y suspiró:

– Está bien -cedió-. Pero voy a compartir esto contigo como policía, Frank, no como miembro de la familia de la víctima. Prométeme que no saldrá ni una sola palabra de esta habitación. ¿De acuerdo?

– Por mi vida -contesté, consciente de que venía una mala noticia.

Scorcher se inclinó sobre su maletín de marica, rebuscó dentro de él y finalmente sacó una bolsa de pruebas de plástico transparente.

– No la abras -me advirtió.

Era una hojita de papel a rayas, amarillento y con las marcas profundas por haber permanecido largo tiempo plegado. Parecía estar en blanco hasta que le di la vuelta y vi el bolígrafo descolorido, y entonces, antes de que mi cerebro entendiera qué estaba pasando, la caligrafía emergió como un rugido de todos los rincones oscuros y me atropello como un tren descarrilado.

Queridos mamá, papá y Nora:

Para cuando leáis esta nota yo estaré ya de camino a Inglaterra con Frank. Vamos a casarnos, vamos a buscar buenos empleos, no queremos trabajar en fábricas, y vamos a vivir una vida maravillosa juntos. Lo único que desearía es no tener que haberos mentido todos y cada uno de los días que deseaba miraros directamente a los ojos y deciros que iba a casarme con él, pero, papá, no se me ha ocurrido otra alternativa. Yo sabía que te pondrías hecho una fiera, pero Frank NO es ningún vago y NO va a hacerme daño. Me hace feliz. Éste es el día más feliz de mi vida.

– Los muchachos de Documentación tendrán que efectuar algunos exámenes -aclaró Scorcher-, pero yo diría que ambos hemos visto la mitad que falta anteriormente.

Al otro lado de la ventana, el cielo tenía un tono entre blanquecino y grisáceo y empezaba a volverse glacial. Una ráfaga fría de aire entró por la ventana y, durante un breve instante, una diminuta viruta de motas de polvo se elevó de los tablones del suelo, resplandeció en la tenue luz, luego cayó de nuevo y se desvaneció. En algún lugar escuché el silbido y el tamborileo del yeso desintegrándose, desconchándose de la pared. Scorcher me observaba con algo que esperé por su bien que no fuera compasión.

– ¿De dónde has sacado esto? -pregunté.

– Del bolsillo de la chaqueta de tu hermano.

Su explicación era la guinda a la tunda de puñetazos que me habría gustado endosarle esa mañana. Cuando conseguí introducir aire de nuevo en mis pulmones, dije:

– Pero eso no nos indica dónde la obtuvo él. Ni siquiera nos revela que fuera él quien la guardó ahí.

– No -accedió Scorcher, con excesiva condescendencia-. Es verdad.

Se produjo un silencio. Scorch aguardó un lapso diplomático de tiempo antes de alargar la mano para que le devolviera la bolsa con la prueba.

– ¿Crees que Kevin asesinó a Rosie? -pregunté.

– Aún no creo nada. En esta fase solamente estoy recopilando pruebas.

Extendió la mano para coger la bolsa, pero yo la aparté de su alcance.

– Pues sigue recopilando, ¿me has oído bien?

– Voy a necesitar que me devuelvas eso.

– Inocente hasta que se demuestre lo contrario, Kennedy. Y esto está lejos, muy lejos de ser una prueba. No lo olvides.

– Hummm -murmuró Scorch en tono neutro-. Por cierto, también voy a necesitar que te apartes de mi camino? Frank, y hablo muy en serio.

– Esto es sólo una coincidencia. Y lo mismo ocurre conmigo.

– Antes la situación ya era mala, pero ahora… Es prácticamente imposible que pudieras estar más implicado emocionalmente de lo que ya lo estás. Entiendo que estés triste, pero cualquier interferencia por tu parte podría poner en riesgo toda la investigación, y no permitiré que tal cosa ocurra.

– Kevin no mató a nadie -aseguré yo-. Ni se mató él, ni mató a Rosie ni a nadie. Tú sigue buscando pruebas.

Scorcher parpadeó y apartó la mirada de mí. Transcurrido un momento le devolví su preciada bolsita y me fui.

Cuando estaba a punto de trasponer la puerta, Scorcher me indicó:

– Eh, Frank. Al menos ahora estamos seguros de que la chica planeaba fugarse contigo.

No me giré. Seguía notando el calor de la caligrafía de Rosie, atravesando la remilgada etiqueta de Scorcher para enrollarse en mi mano y penetrarme hasta el tuétano. «Éste es el día más feliz de mi vida.» Planeaba venir conmigo y casi lo había conseguido. Diez metros nos habían separado de nuestro inicio en un nuevo mundo cogidos de la mano.

Tenía la sensación de estarme precipitando al vacío, como si me hubieran empujado de un avión y el cielo se acercara a toda velocidad y yo no tuviera ninguna cuerda para desplegar el paracaídas.