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Capítulo 11

Abrí la puerta principal y la cerré de un portazo dedicado a Scorcher; descendí por las escaleras traseras, salí al jardín y salté la tapia. No tenía tiempo para ocuparme de mi familia. En este mundillo los rumores corren a toda velocidad, sobre todo si el cotilleo es suculento. Apagué todos mis teléfonos móviles y me dirigí a la comisaría a toda prisa para decirle a mi superior que iba a tomarme unos días libres antes de darle tiempo a que fuera él quien me lo propusiera.

George es un tipo grandullón, está a punto de jubilarse y tiene un rostro mustio y exhausto, como un perro basset de juguete. Todos lo adoramos; los sospechosos cometen el error de creer que ellos también pueden quererlo.

– Ah -exclamó, levantándose con gran esfuerzo de su butaca cuando me vio aparecer en la puerta-. Frank. -Me tendió la mano por encima de su escritorio-. Lamento tu pérdida.

– Estábamos distanciados -contesté, dándole un fuerte apretón de manos-, pero no voy a negarte que estoy conmocionado.

– Dicen que podría haberse suicidado.

– Sí -accedí, observando el astuto destello evaluativo en sus ojos mientras se hundía de nuevo en su butaca-. Eso dicen. Todo este asunto me está volviendo loco. Jefe, me deben muchas vacaciones. Si te parece bien, me gustaría tomarme unos días libres, con efecto inmediato.

George se pasó la mano por la calva y luego la examinó lastimeramente, fingiendo sopesar mi propuesta.

– ¿Habrá algún inconveniente con las investigaciones que tienes en curso?

– Ninguno -le aseguré, cosa que él, por otra parte, sabía perfectamente: leer al revés es una de las habilidades más útiles de la vida, y el archivo que George tenía delante era mío-. No hay nada crucial en curso. Simplemente conviene llevar un seguimiento. Una hora o dos para poner mis papeles en orden y puedo transferir mis casos.

– De acuerdo -convino George con un suspiro-. ¿Por qué no? Pásaselos a Yeates. Tendrá que aparcar la operación de la cocaína del sur durante un tiempo; pero no corre prisa.

Yeates es bueno; en Operaciones Secretas no hay inútiles.

– Lo pondré al día de todo -aseguré-. Gracias, jefe.

– Tómate unas cuantas semanas. Aclárate la cabeza. ¿Qué tienes previsto? ¿Piensas pasar tiempo con tu familia?

En otras palabras: ¿tienes previsto merodear por el escenario del crimen curioseando?

– Había pensado en marcharme de la ciudad -contesté-. Quizá pasar unos días en Wexford. He oído decir que el litoral está esplendoroso en esta época del año.

George se masajeó la frente como si le doliera.

– Un gilipollas de Homicidios se ha puesto en contacto conmigo a primera hora de esta mañana para exponerme sus quejas sobre ti. Kennedy, Kenny o como se llame. Te acusa de haber estado interfiriendo en su investigación.

Pequeño capullo hijo de su madre.

– Debe de estar premenstruando -conjeturé-. Le llevaré un ramo de flores y todo solucionado.

– Llévale lo que quieras, pero no le lleves ninguna excusa para que vuelva a telefonearme. No me gusta que ningún gilipollas me moleste antes de tomarme la taza del té de las mañanas; me revuelve las tripas.

– Estaré en Wexford, jefe, ¿recuerda? No podría importunar a la Señorita Homicidios levantándole la falda de volantes ni aunque quisiera. Me limitaré a ordenar unas cuantas cosas -señalé con un dedo en dirección a mi despacho- y desapareceré de la vista de todo el mundo.

George me inspeccionó con aquellos ojos cubiertos por unos pesados párpados. Al final agitó la mano con ademán de cansancio y dijo:

– Ordena lo que quieras. Tómate el tiempo que necesites.

– Gracias, jefe -le agradecí. Por esto precisamente es por lo que amamos a George. Uno de los aspectos que lo convierten en un superior fantástico es que sabe cuándo no quiere saber más-. Te veo dentro de unas semanas.

Casi había franqueado la puerta cuando me llamó.

– Frank.

– ¿Sí, jefe?

– ¿Hay algún lugar donde la brigada pueda efectuar una donación a nombre de tu hermano? ¿Alguna organización caritativa? ¿Algún club deportivo?

Y otra vez volvió a sacudirme, como un golpe directo a la nuca. Guardé silencio un instante. Ni siquiera sabía si Kev pertenecía a algún club deportivo, aunque lo dudaba. Pensé que habría que crear una organización caritativa especial para situaciones nefastas como aquélla, un fondo para enviar a todo el puñetero mundo a hacer submarinismo en la Gran Barrera de Arrecifes y sobrevolar en parapente el Gran Cañón del Colorado, por si por casualidad aquel día resultaba ser su última oportunidad.

– Donadlo a la gente de las Víctimas de Homicidios -contesté-. Y gracias, jefe. Aprecio el gesto. Dales las gracias a los muchachos.

En el fondo, todo agente encubierto cree que los de Homicidios son una pandilla de niñatos. Hay excepciones, pero el hecho es que los muchachos de Homicidios son nuestros boxeadores profesionales: pelean duro, pero, cuando se entra en materia, llevan guantes y protectores bucales y hay un arbitro que hace sonar la campana cuando todo el mundo necesita tomarse un respiro y limpiarse la sangre. En cambio, en la Secreta peleamos con los nudillos desnudos, en las calles, y lo hacemos hasta que alguien cae derribado. Si Scorch desea inspeccionar la casa de un sospechoso, rellena un kilómetro cuadrado de papeleo, espera a que se lo devuelvan sellado y entonces reúne al equipo pertinente para que nadie salga herido; en cambio, yo despliego mis artes de seducción, me invento una buena historia y me cuelo en la casa y, si el sospechoso decide que quiere echarme de allí a patadas, sólo me tengo a mí para defenderme.

La situación jugaba a mi favor. Scorch estaba acostumbrado a pelear acatando las reglas. Y daba por asumido que, salvo con alguna licencia de niño travieso, yo hacía lo propio. Tardaría un tiempo en ocurrírsele que mis reglas no tenían absolutamente nada en común con las suyas.

Esparcí unos cuantos expedientes sobre mi mesa, por si acaso a alguien se le ocurría venir a verme y yo necesitaba fingir que andaba ocupado preparando el traspaso de mis casos. Luego telefoneé a mi colega en Informes y le solicité que me enviara el archivo personal de todos los agentes asignados al caso del homicidio de Rosie Daly. Me dio un poco la murga con el tema de la confidencialidad, pero un par de años atrás su hija se había librado de los cargos de posesión de droga cuando alguien tuvo el desatino de archivar erróneamente tres papelinas de cocaína y su hoja de declaración, de manera que me figuré que me debía al menos dos favores grandes o cuatro pequeños. Y, pese a sus rechistes, él veía la situación del mismo modo. Su voz sonaba como si se le estuviera agrandando la úlcera por momentos, pero los expedientes llegaron a mis manos casi antes de que colgáramos el auricular.

Scorcher se había agenciado a cinco hombres, más de lo que yo habría sospechado para un caso tan antiguo; al parecer, él y su ochenta y tantos por ciento se habían granjeado la admiración de los muchachos de Homicidios. El cuarto agente era el que yo necesitaba. Stephen Moran, veintiséis años, con domicilio en North Wall, un expediente con buenas cualificaciones que le había merecido la entrada directa en Templemore, una retahíla de evaluaciones resplandecientes y uniformado desde hacía sólo tres meses. La fotografía mostraba a un crío escuálido con el cabello pelirrojo y desaliñado y unos ojos grises alertas. Un joven dublinés de clase obrera, inteligente, decidido y en el carril de aceleración; y, Dios bendiga a los novatos, demasiado verde y demasiado dispuesto a poner en entredicho todo lo que le dijera cualquier detective de brigada. El joven Stephen y yo íbamos a llevarnos la mar de bien.

Me guardé los datos de Stephen en el bolsillo, borré el mensaje de correo electrónico a conciencia y dediqué el par de horas siguiente a preparar bien mis casos para transferírselos a Yeates; lo último que me apetecía es que me telefoneara en el momento inoportuno para aclarar tal o cual punto. La cesión transcurrió como la seda; Yeates tiene demasiado sentido común como para compadecerme y se limitó a darme una palmadita en el hombro y a prometerme que él se ocuparía de todo. Empaqueté todas mis cosas, cerré la puerta de mi despacho y me dirigí al castillo de Dublín, sede del Departamento de Homicidios, para anexionarme a Stephen Moran.