Выбрать главу

Pude ver su mente pensando a toda velocidad, pero consiguió poner una cara de póquer decente y no fui capaz de descifrar qué camino estaba tomando.

– ¿A qué se refiere con eso de «explicar cómo avanza la investigación» exactamente?

– A ir encontrándonos esporádicamente. Quizá podría invitarte a un par de cervezas. Tú me explicas qué habéis estado haciendo en los últimos días, qué te parece la manera de acometer la investigación y si manejarías el caso de modo diferente en caso de ser tú quien estuviera al mando. Así yo podré hacerme una idea de cómo trabajas. ¿Qué me dices?

Stephen cogió una hoja muerta que se había posado en el banco y empezó a doblarla con mucho cuidado por la nervadura.

– ¿Puedo serle franco? Como si estuviéramos fuera de servicio. Hablarle de hombre a hombre.

Abrí los brazos en ademán de invitación.

– Estamos fuera de servicio, Stephen, amigo mío. ¿Acaso no te has dado cuenta?

– Me refiero a…

– Sé perfectamente a qué te refieres. Tranquilízate, chaval. Dime lo que se te ocurra. No habrá repercusiones.

Apartó la vista de la hoja para clavar en mí aquellos ojos grises templados e inteligentes.

– Dicen que usted tiene un interés personal en este caso. Un interés doble en estos momentos.

– No es ningún secreto de Estado. ¿Y?

– Pues que a mí esto me suena a que lo que usted quiere es que le haga de espía en esta investigación por homicidio -contestó.

– Si es así como quieres verlo… -repliqué alegremente.

– No es que me entusiasme.

– Interesante. -Saqué mis cigarrillos-. ¿Fumas?

– No, gracias.

No era tan novato como parecía sobre el papel. Por mucho que aquel muchacho ansiara figurar en mi cuaderno de futuribles, no se vendía barato. En circunstancias normales, yo habría aprobado tal comportamiento, pero precisamente en aquel momento no estaba de humor para andarme con remilgos con su tozudez. Encendí un cigarrillo y expulsé el humo dibujando círculos bajo el haz de luz amarillento de la farola.

– Stephen -dije-. Piénsatelo bien. Supongo que te preocupan tres aspectos de mi propuesta: el nivel de compromiso que implica, la moral y las posibles consecuencias, no necesariamente por ese orden. ¿Me equivoco?

– Más o menos, sí.

– Empecemos por el tema del compromiso. No te solicitaré informes diarios en profundidad sobre todo lo que sucede en la sala de vuestra brigada. Te formularé preguntas muy concretas que serás capaz de responder con la mínima inversión de tiempo y esfuerzo. Estamos hablando de dos o tres encuentros a la semana, ninguno de los cuales se prolongará más de quince minutos si tienes algo mejor que hacer. A eso súmale una media hora de investigación antes de cada una de nuestras reuniones. ¿Crees que podrías manejarlo, hipotéticamente hablando?

Al cabo de un momento, Stephen asintió.

– No se trata de que tenga cosas mejores que hacer…

– Buen chico. Lo siguiente, las posibles consecuencias. Efectivamente, al detective Kennedy le daría un bendito ataque de ira si descubriera que tú y yo estamos hablando, pero no hay motivo para que lo descubra. A estas alturas deberías saber ya que yo soy un hacha manteniendo el pico cerrado. ¿Qué me dices de ti?

– No soy ningún bocazas.

– Eso me parecía. En otras palabras, el riesgo de que el detective Kennedy te descubra y te castigue contra la pared es ínfimo. Y otra cosa, Stephen, recuerda que ésa no es la única consecuencia posible. De este pacto podrían salir otras muchas cosas.

Aguardé hasta que preguntó.

– ¿Como qué?

– Cuando he dicho que tenías potencial, no te estaba haciendo la pelota. Recuerda: este caso no durará toda la vida y, en cuanto concluya, volverás a la Unidad General. ¿Y qué vas a hacer allí?

Se encogió de hombros.

– Es el único modo de llegar a una brigada -contestó-. Hay que hacerlo.

– Llevar el seguimiento de coches robados y ventanas rotas y esperar a que alguien como Scorcher Kennedy te silbé para enviarte a buscar sus bocadillos durante unas cuantas semanas. Claro, hay que hacerlo, pero hay quien lo hace durante un año y quien lo hace durante veinte. Si te dan la oportunidad, ¿a ti personalmente cuándo te gustaría largarte de allí?

– Cuanto antes mejor, claro está.

– Lo que imaginaba. Te garantizo que supervisaré atentamente tu trabajo, tal como te he dicho que haría. Y cuando en mi unidad queda un puesto libre, yo me acuerdo de las personas que han desempeñado un buen trabajo para mí. No puedo asegurarte lo mismo de mi amigo Scorcher. Respóndeme a una pregunta muy sencilla, entre tú y yo: ¿sabe cómo te llamas?

Stephen no contestó.

– Bien -concluí-. Pues diría que el tema de las consecuencias potenciales está zanjado… Lo cual nos lleva a la moral de la situación. ¿Te estoy pidiendo que hagas algo que pueda poner en peligro tu trabajo en este caso de asesinato?

– Hasta ahora no.

– Y no tengo intención de hacerlo. Si en algún momento consideras que nuestra asociación amenaza tu capacidad de concentrar toda tu atención en las tareas que se te han encomendado oficialmente, comunícamelo y no volverás a saber de mí. Te doy mi palabra. -Siempre, siempre hay que darles una vía de escape que nunca tendrán oportunidad de usar-. ¿Te parece justo?

No parecía reconfortado.

– Sí -contestó.

– ¿Te estoy pidiendo que desobedezcas alguna orden?

– Eso es pillarlo por los pelos. Es cierto que el detective Kennedy no me ha prohibido que hable con usted, pero eso es sólo porque ni siquiera se le ha ocurrido que pudiera hacerlo.

– Pues debería habérsele ocurrido. Si no ha sido así, es su problema, no el tuyo. Tú no le debes nada.

Stephen se pasó una mano por el cabello.

– Yo creo que sí -replicó-. Él es quien ha solicitado mi colaboración en el caso. Ahora mismo es mi superior. Y el reglamento establece que yo recibo órdenes de él y de nadie más.

Me quedé patidifuso.

– ¿El reglamento? ¿Qué…? Creía que habías dicho que te interesaba trabajar en Operaciones Secretas. ¿Acaso me estabas dando coba? Porque a mí no me gustan nada los pelotas, Stephen. Hablo en serio.

Contestó de inmediato:

– ¡No! Claro que… Pero ¿qué se piensa? ¡Por supuesto que quiero entrar en Operaciones Secretas!

– ¿Y crees acaso que en Operaciones Secretas podemos permitirnos pasarnos el día sentados leyendo el reglamento? ¿Crees que yo conseguí vivir tres años de incógnito en un círculo de narcotraficantes cumpliendo el reglamento? Dime que hablabas en broma, chico. Por favor. Dime que no he estado tirando el tiempo por el retrete desde que levanté tu expediente.

– Yo no le he pedido que leyera mi expediente. Y, además, por lo que sé, usted no lo había visto hasta esta semana, hasta que le interesó contar con algún infiltrado en este caso.

Diez puntos para el chaval.

– Stephen, te ofrezco una oportunidad por la que cualquier agente de la Unidad General, cualquiera de los muchachos con los que te has formado, cualquiera a quien veas en el trabajo mañana por la mañana vendería a su querida abuelita. ¿Vas a dejarla pasar porque no puedo demostrar haberte prestado suficiente atención?

Se puso tan rojo que no se le distinguían las pecas, pero no perdió la compostura.

– No. Intento hacer lo correcto.

¡Madre del amor hermoso, santa juventud!

– Mira, amiguito, si aún no has aprendido la lección, será mejor que saques la libreta, la anotes y te la aprendas de memoria: lo correcto no siempre es lo mismo que lo que pone en tu querido reglamento. A efectos prácticos, te estoy ofreciendo un trabajo como agente encubierto. Y este trabajo siempre va acompañado de cierta ambigüedad moral. Si no vas a ser capaz de gestionarla, será mejor que lo descubramos ahora.

– Este caso es diferente. Se trata de hacer de agente encubierto contra los nuestros.