Выбрать главу

– Criatura, te sorprendería averiguar la frecuencia con la que eso ocurre. Fliparías. Tal como he dicho, si eres incapaz de manejarlo, no sólo debes descubrirlo tú, sino yo también. Y a raíz de ello ambos deberemos replantearnos los objetivos de tu carrera.

A Stephen se le tensaron las comisuras de los labios.

– Entonces, si no acepto este encargo -dijo-, ya puedo olvidarme de conseguir nunca una plaza en Operaciones Secretas.

– No es por rencor, chico. No te equivoques. Un tipo podría apalizar a mis dos hermanas simultáneamente, colgar el vídeo en YouTube y yo no tendría problemas en trabajar con él si creyera que va a hacer bien su trabajo. Pero si lo que me dejas claro es que en esencia estás incapacitado para realizar una misión secreta, entonces, evidentemente, nunca te recomendaré. Llámame loco.

– ¿Puedo reflexionar sobre ello durante unas horas?

– No -contesté, al tiempo que lanzaba la colilla del cigarrillo-. Si no respondes ahora, no necesito que lo hagas. Tengo un montón de cosas de las que ocuparme y estoy seguro de que tú también. En resumidas cuentas, Stephen, se trata de lo siguiente: durante las siguientes pocas semanas puedes ser el mecanógrafo de Scorcher Kennedy o mi detective. ¿Cuál de las dos opciones te parece más estimulante?

Stephen se mordió el labio y se enrolló un extremo de la bufanda alrededor de la mano.

– Si llegamos a un acuerdo -dijo-, y digo «si», ¿qué clase de información querría saber? Póngame un ejemplo.

– Pues, por poner un ejemplo, cuando recibáis los resultados de las huellas dactilares, me fascinaría saber si dichas huellas, en caso de haberlas, se tomaron de la maleta, del contenido de la maleta, de las dos mitades de la nota y/o de la ventana por la que cayó Kevin. También me interesaría obtener una descripción completa de las heridas de Kevin, a ser posible con los diagramas y el informe forense. Eso me bastaría durante un tiempo; quién sabe, quizá sea todo cuanto necesite saber. Y si no me equivoco, esa información os llegará en el próximo par de días.

Transcurrido un instante, Stephen exhaló un largo soplido, que dibujó una estela blanca en el frío aire, y alzó la cabeza.

– No se ofenda -se disculpó-, pero antes de filtrar información sobre un caso de homicidio a un completo extraño, me gustaría ver su identificación.

Estallé en carcajadas.

– Stephen -dije, mientras buscaba mi placa-, eres mi viva estampa. Nos vamos a caer de fábula, ya lo verás.

– Sí -replicó Stephen un tanto hosco-. Eso espero.

Observé su desorganizada cabeza pelirroja inclinarse sobre mi identificación y sólo por un instante, bajo el potente latido del triunfo («Chúpate ésa, Scorchie, ahora es mi chico»), sentí un arrebato de afecto hacia aquel chaval. Me reconfortaba tener a alguien de mi lado.

Capítulo 12

Y eso fue lo máximo que pude posponer mi regreso a casa. Intenté recobrar fuerzas en el Burdock's (la comida del Burdock's era lo único que alguna vez me había tentado a regresar a Liberties), pero hasta el mejor bacalao con patatas tiene sus límites. Como la mayoría de los agentes secretos, no soy propenso al miedo. He acudido a reuniones donde todos los presentes tenían la intención de descuartizarme en trocitos y recomponerme artísticamente bajo la losa de hormigón más cercana y no he derramado una gota de sudor siquiera. En cambio, ante aquel encuentro, parecía una catarata. Intenté convencerme de lo que le había aconsejado al joven Stephen: «Piensa en esto como una operación encubierta». Frankie el Detective Intrépido en su misión más osada hasta la fecha, presa de las fauces de la fatalidad.

La casa de mis padres se había convertido en un lugar diferente. La puerta no estaba cerrada con llave y, tan pronto entré en el vestíbulo, un alud se precipitó escaleras abajo y me golpeó: calidez, voces y aroma a whisky caliente y clavos de especia, todo ello emanando a través de nuestra puerta abierta. La calefacción estaba puesta a la máxima potencia y el salón estaba atestado de personas que lloraban, se abrazaban y apoyaban las cabezas unas contra otras para disfrutar del dolor en comunión; unas traían packs de cerveza, otras bebés y otras bandejas de emparedados cubiertos con film transparente. Incluso los Daly estaban allí; el señor Daly estaba endemoniadamente tenso y la señora Daly parecía haberse atiborrado de pastillas de la felicidad, pero la muerte lo tergiversa todo. Divisé a mi padre al instante, como por instinto. Él, Shay y unos cuantos hombres más habían delimitado una zona masculina en la cocina donde circulaban los cigarros, las latas de cerveza y una conversación monosilábica y, por el momento, la situación parecía estar bajo control. En una mesa bajo el Sagrado Corazón, entre flores, recordatorios y velas eléctricas había fotografías de Kevin: Kevin con aspecto de salchicha gorda y roja de bebé, Kevin con un fantástico traje blanco a lo Corrupción en Miami el día de su confirmación, Kevin en un banco con una pandilla de amigotes achicharrados al sol, alzando entre risas cócteles de mil colores…

– Vaya, así que aquí estás -me espetó mi madre, apartando de su camino a alguien de un codazo. Se había puesto un llamativo vestido de color azul lavanda, seguramente su prenda más elegante, y era evidente que había estado llorando a moco tendido desde aquella tarde-. ¿Te lo has tomado con calma, eh?

– He regresado tan pronto como me ha sido posible. ¿Qué tal estás?

Me agarró el brazo con esa especie de pinza de langosta que tan bien recordaba y contestó:

– Ven conmigo. Ese tipo de tu trabajo, el de la mandíbula, dice que Kevin se cayó por una ventana.

Al parecer había decidido tomarse aquello como una afrenta personal. A mi madre nunca se sabe qué puede molestarle.

– Eso parece, sí -dije.

– Es la tontería más grande que he oído nunca. Tu amigo tiene la cabeza hueca. Ve a hablar con él ahora mismo y dile que Kevin no era ningún tarado y que nunca en la vida se caería de una ventana.

Y el pobrecillo de Scorcher pensaba que le hacía un favor suavizando un suicidio camuflándolo de accidente.

– No te preocupes, se lo diré en cuanto lo vea.

– No pienso tolerar que los vecinos crean que crié a un lerdo que no sabía poner un pie delante del otro. Telefonéalo ahora mismo y se lo dices. ¿Dónde tienes el teléfono?

– Mamá, ya no estamos en horario de oficina. Lo único que conseguiré es que se tense. Lo telefonearé por la mañana, ¿de acuerdo?

– No lo harás. Sólo lo dices para que me calle. Te conozco bien, Francis Mackey, siempre fuiste un embustero y siempre te creíste más listo que los demás. Pero te voy a decir una cosa: soy tu madre y no eres más listo que yo. Vas a llamar a ese tipo ahora mismo, mientras yo te vea.

Intenté zafarme de su garra, pero sólo conseguí que me apretara más.

– ¿Acaso le tienes miedo a ese hombrecillo? Dame a mí el teléfono y lo llamaré yo misma. Venga, dámelo.

– Pero ¿qué le vas a decir? -pregunté, lo cual fue un terrible error: el nivel de locura ya iba in crescendo sin necesidad de ningún aliento por mi parte-. Sólo por interés: si Kevin no se cayó de esa ventana, ¿qué demonios crees que le sucedió?

– ¡Maldita sea! -exclamó mi madre-. Pues que lo atropello un coche. ¿Qué va a ser? Alguien debía de regresar a casa borracho después de la cena de Navidad y se llevó por delante a Kevin y luego, ¿me estás escuchando?, en lugar de apechugar con las consecuencias, abandonó a nuestro pobre niño en ese jardín con la esperanza de que nadie lo encontrara.

Sesenta segundos con ella y la cabeza ya me daba vueltas. No ayudaba, por otra parte, que en lo tocante al fondo de la cuestión más o menos yo coincidiera con ella.

– Mamá, eso no fue lo que ocurrió. Ninguna de las contusiones que tenía se corresponden con un atropello.