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– ¡Entonces mueve el trasero y descubre qué le pasó! Es tu trabajo, el tuyo y el del pijo de tu amigo, no el mío. ¿Cómo podría saber yo qué le ha sucedido? ¿Es que acaso tengo pinta de policía?

Detecté a Jackie saliendo de la cocina con una bandeja de emparedados y le lancé una mirada de auxilio fraternal megaurgente. Le endosó la bandeja al primer adolescente que encontró a su paso y vino derechita hacia nosotros. Mamá seguía erre que erre («Que no eran coherentes, anda que… ¿Quién demonios te crees que eres…?»), pero Jackie entrelazó su brazo con el mío y nos dijo, en un tono apremiante:

– Ven aquí, le he dicho a la tía Concepta que le llevaría a Francis en cuanto apareciera. Va a ponerse hecha un basilisco si la hacemos esperar más. Será mejor que te apresures.

Un movimiento experto: la tía Concepta es en realidad la tía de mi madre y la única persona capaz de ganarle en una pelea en una jaula psicológica. Mamá se sorbió la nariz con desdén y me soltó el brazo, no sin antes lanzarme una mirada de advertencia indicándome que aún no habíamos terminado, y Jackie y yo respiramos hondo y nos zambullimos entre la multitud.

Aquélla fue, de largo, la tarde más rara de mi vida. Jackie me condujo por toda la casa presentándome a mis sobrinos y sobrinas, a las ex novias de Kevin (Linda Dwyer me premió con un estallido en lágrimas y un abrazo con una talla cien de sujetador), a las nuevas familias de mis viejos amigos, a los cinco estudiantes chinos absolutamente perplejos que ocupaban el piso del sótano y que estaban aplastados contra una pared, muy educados, sosteniendo en sus manos latas de Guinness intactas mientras intentaban asimilar aquello como una experiencia cultural. Un tipo llamado Waxer me dio un fuerte apretón de manos durante cinco largos minutos mientras recontaba la ocasión en que a él y a Kevin los habían pillado robando tebeos en una tienda. El Gavin de Jackie me dio un torpe puñetazo en el brazo y farfulló algo carente de sentido. Los hijos de Carmel me miraron con sus cuádruples ojos azules, mientras que la mediana, Donna, que todos me habían vendido como una niña divertidísima, se disolvió en grandes sollozos con hipo.

Ésa fue la parte fácil. Prácticamente todos los rostros de mi pasado estaban presentes en aquella sala: niños con quienes había ido a la escuela y me había peleado, mujeres que me habían dado unos azotes cuando les había llenado de barro los suelos que acababan de fregar, hombres que me habían dado dinero para que fuera al estanco y les comprara un par de cigarrillos; personas que me miraban y veían al joven Francis Mackey correteando salvajemente por las calles y siendo expulsado de la escuela bajo acusaciones falsas («Ya lo veréis, acabará siendo como su padre»). Ya nadie se parecía a quien había sido. Todos parecían salidos de una fotografía orquestada por un maquillador de la ceremonia de los Oscar, con los carrillos regordetes, grandes panzas y calvas incipientes sobreimpuestas de manera obscena sobre los rostros reales que yo conocía. Jackie me encaraba en su dirección y me musitaba sus nombres al oído. La dejé creer que no los recordaba.

Zippy Hearne me dio una palmada en la espalda y yo le dije que le debía cinco libras: al final había conseguido echarle la pierna encima a Maura Kelly, aunque había tenido que casarse con ella para lograrlo. La madre de Linda Dwyer se aseguró de que me llegara a las manos uno de sus emparedados especiales de huevo. Tropecé con alguna mirada curiosa desde el otro lado de la estancia, pero, en general, Faithful Place había decidido recibirme con los brazos abiertos; al parecer, había jugado bien mis cartas durante el fin de semana y una buena dosis de dolor siempre ayuda, sobre todo si está aderezada con una pizca de escándalo. Una de las hermanas Harrison, reducida al tamaño de Holly, pero milagrosamente aún viva, me agarró de la manga y se puso de puntillas para decirme con el chorrito de voz que sus frágiles pulmones le permitieron que me había convertido en un hombre muy guapo.

Para cuando logré desembarazarme de todo el mundo y me hice con una buena lata fría y un rincón donde pasar desapercibido, me sentí como si me hubieran sometido a una operación psiquiátrica surrealista diseñada para desorientarme sin posibilidad de recuperación. Me apoyé en la pared, me presioné la lata contra el cuello e intenté no tropezar con la mirada de nadie.

En la estancia, el humor de los presentes había ido en ascenso, como una ola: todo el mundo se había agotado de tanto sufrir y necesitaba tomar aliento antes de volver a hundirse en la miseria. El volumen aumentaba, cada vez se amontonaban más personas en casa y entre el corrillo de muchachos que había cerca de mí se oyeron carcajadas: «Y justo cuando el autobús arrancaba, Kev sacó la cabeza por la ventana de arriba con el cono de tráfico a modo de micrófono y les gritó a los polis: "¡ARRODILLAOS ANTE ZOD!"…». Alguien había apartado la mesita del café para dejar espacio delante de la chimenea y alguien más instaba a Sallie Hearne a empezar a cantar. Tras las protestas de rigor, una vez le hubieron dado un poco de whisky con el que aclararse la garganta, se arrancó: «Tres mozalbetas de Kimmage…» y la mitad de la sala le hizo coros: «De Kimmage…». Todas las fiestas de mi niñez se desataron con un coro de aquella índole, y me acordé de cuando Rosie, Mandy, Ger y yo nos escondíamos corriendo debajo de las mesas para evitar que nos enviaran a la cama para niños habilitada en cualquier dormitorio trasero. Ahora Ger tenía una calva tan reluciente que la habría podido utilizar de espejo para afeitarme la barba.

Eché un vistazo alrededor de la estancia y pensé: «Es alguien de aquí». Por nada del mundo se habría ausentado de aquel encuentro. Habría destacado desde un kilómetro de distancia y mi hombre era demasiado bueno templando su carácter y socializando. Tenía que ser alguno de los presentes, alguien que se bebía nuestra bebida y se prodigaba con recuerdos sensibleros y cantaba a coro con Sallie.

Los amigos de Kev seguían muertos de risa; un par de ellos apenas podía respirar…

– … Estábamos a punto de mearnos de la risa… Entonces nos echamos a correr como locos y saltamos al primer autobús que vimos, sin tener ni pajolera idea de adónde nos dirigíamos…

«Y en cualquier escaramuza era el más fuerte…» Incluso mamá, apretujada en el sofá protectoramente entre la tía Concepta y su temible amiga Assumpta, cantaba a coro, con los ojos enrojecidos, enjugándose la nariz, pero alzando su copa e irguiendo la barbilla como una luchadora.

Una pandilla de críos correteaba a la altura de nuestras rodillas, vestidos con sus mejores galas mientras mascaban galletas de chocolate y buscaban con recelo la mirada del adulto que al fin decidiera que era demasiado tarde para que siguieran despiertos. En cualquier momento se esconderían bajo la mesa.

– … Entonces nos bajamos del autobús pensando que estábamos en algún lugar de Rathmines, pero la fiesta era en Crumlin, así que era imposible que llegáramos. De modo que Kevin dijo: «Chicos, es viernes por la noche, aquí hay estudiantes por todos sitios, vamos a divertirnos a algún lado…».

El ambiente en la sala se estaba caldeando. Se respiraba un olor denso, imprudente y familiar: whisky caliente mezclado con humo, perfume para ocasiones especiales y sudor. Sallie se arremangó la falda e interpretó unos pasos de baile junto a la chimenea, entre verso y verso. Aún sabía moverse bien. «Después de beberse unas cuantas jarras estaba desesperado», seguían entonando.

Los amigotes de Kevin estaban a punto de rematar la anécdota:

– Y al final de la noche, Kev se llevó a casa a la chica más guapa de la fiesta.

Doblados de la risa, gritaban y brindaban con sus latas por el tanto que Kevin se había anotado hacía ya tiempo.

Cualquier agente secreto sabe que la cosa más estúpida que puede hacer en la vida es pensar que participa de los acontecimientos, pero aquella celebración formaba parte de mí mucho antes de que yo aprendiera esa lección. Me uní a los coros… «Desesperado…»