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Y cuando Sallie miró en mi dirección le dediqué un guiño de aprobación y un saludo con mi lata. Pestañeó y luego apartó su mirada de mí y continuó cantando, media nota más rápida. «Pero es alto, moreno y romántico, y pese a todo lo amo…»

Hasta donde me alcanzaba la memoria, siempre me había llevado bien con todos los Hearne. Antes de tener tiempo de entender qué había pasado, Carmel se materializó junto a mi hombro.

– ¿Sabes? -preguntó-. Está siendo una velada encantadora. Cuando muera, me encantaría tener una despedida así. -Sostenía en la mano un vaso de vino con zumo o una porquería por el estilo, y su rostro reflejaba una mezcla de ensoñación y determinación acorde con la cantidad de bebida ingerida-. Mira a toda esta gente -dijo, haciendo un gesto con el vaso-, toda esta gente quería a nuestro Kev. Y te diré algo: no me sorprende. Era adorable, un cielo, eso es lo que era.

– Siempre fue un crío muy dulce.

– Y de mayor era un encanto, Francis. Ojalá hubieras tenido ocasión de conocerlo como es debido. Mis niños lo adoraban.

Me lanzó una mirada rápida y, por un instante, creí que iba a añadir algo más, pero se contuvo.

– No me sorprende.

– Darren se escapó de casa en una ocasión, sólo en una. Tenía catorce años y yo ni siquiera me preocupé; supe al instante que se había ido con Kevin. Está destrozado, mi Darren. Dice que Kevin era el único de nosotros que no estaba chiflado y que ahora ya no tiene sentido pertenecer a esta familia.

Darren deambulaba por los bordes de la estancia, cogiéndose las mangas de su gran jersey negro y con su mejor cara enfurruñada de siniestrillo profesional. Estaba tan triste que ni siquiera sentía vergüenza de haber acudido al funeral.

– Tiene dieciocho años y la cabeza hecha un lío. Ahora mismo no carbura bien. No dejes que te entristezca.

– Ya, ya lo sé, sólo está triste, pero… -Carmel suspiró-. Si quieres que te sea sincera, creo que tiene parte de razón.

– ¿Y qué? Estar chalado forma parte de la tradición familiar, cielo. Ya lo apreciará cuando sea mayor.

Intentaba hacerla sonreír, pero Carmel se frotaba la nariz mientras observaba a Darren con preocupación.

– ¿Crees que soy una mala persona, Francis?

Solté una carcajada.

– ¿Tú? ¿Acaso has perdido el juicio, Melly? Claro que no. Hace tiempo que no lo compruebo, pero, a menos que hayas estado regentando un burdel en esa encantadora casita adosada tuya, diría que eres bastante buena. He conocido a unas cuantas malas personas en mi vida y te lo aseguro: tú no encajas en el perfil.

– Esto que voy a contarte te sonará horrible -continuó Carmel. Escudriñó con gesto de duda el vaso que asía en la mano, como si no supiera cómo había llegado hasta allí-. No debería decirlo y menos ahora, sé que no debería hacerlo, pero eres mi hermano y para eso están los hermanos, ¿no?

– Claro que sí. ¿Qué has hecho? ¿Voy a tener que arrestarte?

– Va, cállate. No he hecho nada. Hablo sólo de lo que pienso. ¿Quieres hacerme el favor de no reírte de mí?

– Jamás me atrevería a hacerlo. Te lo juro.

Carmel me observó con recelo por si le estaba tomando el pelo, pero luego suspiró, le dio un remilgado sorbito a su bebida, que olía a sucedáneo de melocotón, y dijo:

– Siempre estuve celosa de él -confesó-. De Kevin. Siempre. -Aquello sí que no me lo esperaba. Aguardé-. Y también lo estoy de Jackie. Antes incluso tenía celos de ti.

– Vaya, me había llevado la impresión de que ahora eras bastante feliz -repliqué-. ¿Me equivoco?

– No; uf, Dios mío, no. Soy feliz. Tengo una vida maravillosa.

– Entonces ¿de qué tienes celos?

– No, no es eso. Es… ¿Te acuerdas de Lenny Walker, Francis? Salí con él cuando éramos muy jóvenes, antes de Trevor. ¿Lo recuerdas?

– Vagamente. ¿El que tenía cara de cráter?

– ¡Oye, basta! Pobrecillo… Tenía acné. Luego se le curó. Además, a mí no me importaba cómo tuviera la piel; estaba encantada de tener un primer novio. Me moría de ganas de traerlo a casa y presumir de él delante de todos vosotros, pero ya sabes cómo eran las cosas entonces.

– Y tanto que sí -contesté.

Ninguno de nosotros había llevado nunca a nadie a casa, ni siquiera en esas ocasiones especiales en las que se suponía que papá estaría en el trabajo. Lo conocíamos demasiado bien como para dar por sentado que así sería.

Carmel echó un vistazo rápido alrededor para cerciorarse de que nadie nos escuchaba.

– Pues resulta que una noche -prosiguió- Lenny y yo nos estábamos dando unos besos y toqueteándonos en la calle Smith y papá pasó por delante de nosotros de camino al bar y nos sorprendió. Se quedó lívido. Ahuyentó a Lenny taconeando con fuerza en el suelo y luego me agarró del brazo y empezó a abofetearme en la cara. Empezó a insultarme, me dijo de todo, no me atrevo ni a repetirlo… Me trajo a rastras a casa todo el camino. Luego me llamó golfa de mala muerte y me amenazó con internarme en una escuela para chicas malas. Que Dios me ampare, Francis, Lenny y yo sólo nos dimos un beso. Si yo ni siquiera habría sabido cómo hacer algo más… -Pese a todo el tiempo transcurrido, aquel recuerdo aún la hacía ponerse como la grana-. Bueno, aquél fue nuestro final. Después de aquello, cuando nos tropezábamos por ahí, Lenny ni siquiera me miraba a la cara; estaba demasiado avergonzado. Y no lo culpo, que quede claro.

La actitud de mi padre con respecto a mis novias y las de Shay había sido mucho más tolerante, aunque no más útil. Cuando Rosie y yo salíamos juntos sin tapujos, antes de que Matt Daly lo descubriera y le lanzara encima a la caballería, me había dicho: «Así que la pequeña de los Daly, ¿eh? Buena elección, hijo. Fresca como una lechuga. -Tras lo cual me había dado una palmada demasiado fuerte y había sonreído ampliamente al ver que a mí se me tensaba la mandíbula-. Tiene unas buenas mamellas, madre mía. ¿Qué? Cuéntanos. ¿Ya se las has magreado?»

– Vaya mierda, Melly. De verdad. Mierda de cinco estrellas.

Carmel tomó aire, se dio unas palmaditas en la cara y el sonrojo empezó a desvanecerse.

– Vaya, mira cómo me he puesto, la gente pensará que tengo sofocos… Bueno, no es que yo estuviera loquita por Lenny; probablemente habría roto con él en poco tiempo, porque besaba fatal. Simplemente jamás volví a ser la misma. Tú no lo recordarás, pero yo antes de aquello era bastante descarada; solía contestar muy mal a papá y a mamá. Después de ese día tenía miedo hasta de mi propia sombra. Créeme, Trevor y yo estuvimos hablando de comprometernos un año antes de hacerlo; él ya tenía ahorrado el dinero para el anillo y todo eso, pero yo no me atrevía a dar el paso, porque sabía que tenía que celebrar una fiesta de compromiso. Y me aterraba la idea de reunir a las dos familias en una misma estancia. Estaba aterrorizada.

– No te culpo -la sosegué y por un instante deseé haberme mostrado más amable con el cerdito del hermano pequeño de Trevor.

– Y a Shay le ocurre lo mismo. No es que se asustara y, además, papá jamás intercedió en sus líos de faldas, pero… -Buscó con la mirada a Shay, que estaba apoyado en el vano de la puerta de la cocina con una lata en la mano y la cabeza inclinada hacia Linda Dwyer-. ¿Recuerdas aquella vez, tú debías de rondar los trece años, en que se quedó inconsciente?

– Procuro con todas mis fuerzas no hacerlo -contesté.

Había sido uno de esos días divertidos. Papá intentó asestarle un puñetazo a mamá, por razones que ahora se me escapan, y Shay lo agarró de la muñeca. Mi padre no era de los que se tomaban bien los desafíos a su autoridad y así nos lo hizo saber agarrando a Shay por el pescuezo y sacudiéndole la cabeza con fuerza contra la pared. Shay perdió el conocimiento, probablemente sólo durante un minuto, pero pareció una hora, y pasó el resto de la noche bizco. Mamá no nos permitió llevarlo al hospital, sin que quedara claro si lo que le preocupaban eran los médicos, los vecinos o ambos, pero sólo de pensarlo le daban escalofríos. Yo pasé toda aquella noche observando a Shay mientras dormía, asegurándole a Kevin que no se moriría y preguntándome qué demonios haría yo si lo hacía.