– Después de aquello nunca ha vuelto a ser el mismo. Se endureció -sentenció Carmel.
– No es que antes fuera un osito de peluche.
– Sé que nunca os habéis llevado bien, pero juro por Dios que Shay era un buen muchacho. A veces Shay y yo manteníamos unas conversaciones maravillosas y los estudios le iban fantásticamente bien… Después de aquello empezó a retraerse en sí mismo.
Sallie se marcó su gran final («Y entre tanto viviremos en mi casa, ¡ay!») y la concurrencia estalló en vítores y aplausos. Carmel y yo aplaudimos por inercia. Shay alzó la cabeza y echó un vistazo alrededor de la estancia. Por un segundo me pareció recién salido de una sesión de quimioterapia: con la tez grisácea, exhausto y con grandes ojeras. Luego volvió a sonreír al escuchar la anécdota que Linda Dwyer le estaba contando.
– ¿Qué tiene que ver todo esto con Kevin? -pregunté.
Carmel suspiró hondo y dio otro sorbito a los melocotones falsos. La caída de sus hombros indicaba que se internaba en la fase melancólica.
– Pues que por eso estaba celosa de él -contestó-: Kevin y Jackie… lo pasaron mal, sé que lo pasaron mal. Pero a ellos nunca les sucedió nada parecido, no les ocurrió nada que los hiciera cambiar para siempre. Shay y yo nos aseguramos de que así fuera.
– Y yo.
Sopesó mi apunte.
– Sí -reconoció-. Y tú. Pero nosotros intentábamos cuidarte también, y lo hicimos, Francis. Yo siempre creí que tú eras un buen muchacho también. Además, tuviste las agallas de largarte. Y cuando Jackie nos explicó que estabas en plena forma… pensé que habías escapado antes de que te machacaran la cabeza.
– Me faltó poco -señalé-. Aunque no usó cigarrillos.
– No lo supe hasta la otra noche, en el bar, cuando lo dijiste. Nosotros hicimos cuanto pudimos por evitarlo, Francis.
Le sonreí. Su frente era un laberinto de finas ranuras ansiosas, huellas de una vida preocupándose por que todas las personas que la rodeaban estuvieran bien.
– Sé que así fue, cariño. Nadie lo habría hecho mejor.
– Entonces ¿entiendes por qué sentía celos de Kevin? Él y Jackie aún tienen la oportunidad de ser felices. Tal como yo lo era de niña. No es que jamás haya deseado que le pasara nada malo, que Dios me ampare. Simplemente lo miraba y ansiaba poder ser así yo también.
– No creo que eso te convierta en una mala persona, Melly -le aseguré con ternura-. No es que descargaras contra Kevin. Tú nunca en tu vida hiciste nada para hacerle daño; siempre hiciste cuanto estuvo en tu mano para asegurarte de que estaba bien. Fuiste una buena hermana para él.
– Aun así, es pecado -sentenció Carmel. Observaba la estancia abrumada por el dolor, balanceándose sobre sus altos tacones, sólo un poquito-. Envidia. Para que sea pecado basta con sentirla, como bien sabes. «Perdóname, Padre, porque he pecado, de obra y de pensamiento, en lo que he hecho y en lo que he dejado de hacer…» ¿Cómo podré pronunciar estas palabras de nuevo en la confesión ahora que Kevin ha muerto? Me avergonzaría de mi vida.
La rodeé con el brazo y le di un apretoncito en el hombro. Se dejó querer.
– Escúchame bien, cariño. Te garantizo que no vas a ir al infierno por unos celillos fraternales. Como mucho, ocurrirá lo contrario: Dios te dará puntos adicionales por esforzarte tanto por superarlos. ¿Me oyes bien?
– Claro, seguro que tienes razón -contestó Carmel de manera automática (los años de seguirle la corriente a Trevor…), pero no sonaba convencida. Por un segundo tuve la sensación de que, por algún motivo, la había decepcionado. Volvió a enderezarse y se olvidó de mí-: ¡Válgame Dios! ¿Es una lata de cerveza lo que Louise tiene en la mano? ¡Louise! ¡Ven aquí ahora mismo!
A Louise estuvieron a punto de saltársele los ojos de las órbitas y se desvaneció entre la multitud a la velocidad de un rayo. Carmel salió en su persecución.
Yo me recosté en mi rincón y no me moví de allí. El salón volvía a cambiar. El bendito de Tommy Murphy atacaba The Rare Old Times con una voz que antiguamente había tenido sabor a humo de turba y miel. La edad lo había suavizado, pero aún era capaz de poner punto y final a una conversación a mitad de frase. Las mujeres alzaban sus copas y se balanceaban hombro con hombro, las criaturas se apoyaban en las piernas de sus padres y escuchaban chupándose el dedo; incluso los amigos de Kevin habían bajado la voz y ahora contaban sus anécdotas en un murmullo. El bendito de Tommy tenía los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, con la vista clavada en el techo. «Criado a base de canciones y relatos, de héroes de leyendas conocidas y de la antigua gloria del Dublín de antaño…», cantaba. Nora, recostada en el marco de la ventana para escuchar, casi hizo que se me detuviera el corazón de un salto por su enorme parecido con Rosie, como si fuera una sombra de ésta, con ojos oscuros y tristes, y quieta, demasiado lejos para tocarla.
Aparté la vista de ella como un rayo; fue entonces cuando divisé a la señora Cullen, la madre de Mandy, cerca del altar dedicado a Jesús y a Kevin, manteniendo una intensa conversación con Veronica Crotty, quien seguía teniendo el aspecto de estar constipada todo el año. La señora Cullen y yo solíamos llevarnos bien en mi adolescencia; a ella le gustaba reír y yo le contaba chistes. En esta ocasión, no obstante, cuando nuestras miradas se cruzaron y le sonreí, dio un brinco como si algo la hubiera picado, agarró del codo a Veronica y le susurró algo a doble velocidad en el oído mientras lanzaba miradas furtivas en mi dirección. A los Cullen nunca se les había dado bien la sutileza. Fue entonces cuando empecé a preguntarme por qué Jackie no me había llevado a saludarles al llegar.
Fui en busca de Des Nolan, el hermano de Julie, que había sido amigote mío y a quien, por alguna razón, también nos habíamos saltado durante la gira relámpago de Jackie. La mirada que puso al verme habría sido impagable, de haber estado yo de humor para bromas. Musitó algo incoherente, señaló hacia una lata que a mí no me pareció vacía y salió disparado como una flecha hacia la cocina.
Encontré a Jackie acorralada en un rincón, mientras nuestro tío Bertie le daba la murga. Puse expresión de agonía al borde del desmoronamiento, la liberé de las garras sudorosas de nuestro pariente, la conduje hasta el dormitorio y cerré la puerta. La habitación estaba pintada ahora de color melocotón y hasta el último palmo de superficie disponible se había cubierto con artilugios de porcelana, lo cual ponía de relieve la falta de previsión por parte de mamá. Olía a jarabe para la tos mezclado con algo más, otro medicamento, más fuerte.
Jackie se desplomó en la cama.
– ¡Dios! -exclamó, abanicándose y resoplando-. Mil gracias. Madre mía, sé que no está bien criticar, pero el tío Bertie no ha pasado por una bañera desde que la comadrona lo trajo al mundo.
– Jackie -la corté-. ¿Qué sucede?
– ¿A qué te refieres?
– La mitad de los presentes no me dirigen la palabra, ni siquiera me miran a los ojos, pero tienen mucho que decirse entre ellos cuando creen que no los miro. ¿De qué va todo esto?
Jackie consiguió poner una mirada inocente y furtiva al mismo tiempo, como un niño sorprendido in fraganti que niega haberse comido el chocolate.
– Has pasado mucho tiempo fuera. Hace veinte años que no te veían. Sólo se sienten un poco incómodos.
– ¡Y un cuerno! ¿Es porque soy policía?
– ¡Qué va, no! Tal vez un poco, pero… ¿Por qué no dejamos el tema, Francis? Quizá te estás poniendo un poco paranoico, ¿no crees?
– Necesito saber qué está pasando, Jackie -contesté-. Hablo en serio. No te me vayas por las ramas con esto.