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– Eh, relájate; yo no soy uno de tus puñeteros sospechosos. -Agitó la lata de sidra que sostenía en la mano-. ¿Sabes si queda alguna más de éstas?

Le pasé mi Guinness (apenas la había tocado).

– Cuéntamelo.

Jackie suspiró, mientras daba vueltas a la lata entre sus manos.

– Ya sabes cómo es Faithful Place. Al más mínimo atisbo de escándalo…

– Se abalanzan sobre él cual buitres. Pero ¿cómo demonios he acabado convirtiéndome yo en el plato especial del día?

Se encogió de hombros incómoda.

– A Rosie la asesinaron la noche que tú desapareciste. Y Kevin ha muerto dos noches después de tu regreso. Además, aconsejaste a los Daly que no se pusieran en contacto con la policía. Algunas personas… -Su voz se apagó.

– Dime que me estás tomando el pelo, Jackie. Por favor, dime que Faithful Place no cree que yo haya asesinado a Rosie y a Kevin.

– No todo Faithful Place. Sólo algunas personas. No creo… Francis, escúchame… Sinceramente, dudo que lo crean de verdad. Simplemente especulan porque así la historia es más suculenta, el hecho de que te largaras, que te hayas convertido en policía y todo eso. No dejes que te influya. Sólo buscan un poco más de drama, no es más que eso.

Me di cuenta de que aún tenía la lata vacía de Jackie entre las manos y de que la había aplastado hasta hacerla un amasijo de latón. Podía prever una reacción así de Scorcher, quizá del resto de patatas rellenas de aire del Departamento de Homicidios, incluso de unos cuantos colegas de Operaciones Secretas. Pero jamás lo habría esperado del barrio que me había visto nacer.

Jackie me miraba con nerviosismo.

– ¿Entiendes lo que intento decirte? Quienquiera que matara a Rosie es de por aquí. La gente prefiere no pensar…

– Yo también soy de por aquí -aclaré.

Se produjo un silencio. Jackie alargó una mano vacilante e intentó tocarme el brazo; yo lo aparté de ella bruscamente. La tenue luz del dormitorio se me antojó amenazante; las sombras se agolpaban demasiado densamente en los rincones. Fuera, en el salón, los presentes se sumaban de manera irregular al bendito Tommy: «Los años me han hecho más amargo, la bebida me nubla el pensamiento, y Dublin sigue cambiando; ya nada es como era…».

– ¿Y tú has permitido que quienes me acusan de algo así en tu cara hayan entrado en esta casa? -pregunté.

– No seas idiota -me atajó Jackie-. A mí nadie me ha dicho nada. ¿Crees que tendrían agallas suficientes para hacerlo? Les partiría la cara a hostias. Sólo lo insinúan. La señora Nolan le dijo a Carmel que siempre te ha gustado la acción, Sallie Hearne le dijo a mamá que siempre habías tenido muy mal genio y que recordaba la vez que le habías partido la nariz a Zippy…

– Pero si fue porque se estaba metiendo con Kevin. Por eso le pegué aquel puñetazo a Zippy, por todos los santos. Y teníamos diez años.

– Ya lo sé. No les hagas caso, Francis. No les des esa satisfacción. Son todos unos idiotas. Han tenido una dosis de drama suficiente para toda una vida, pero a ellos siempre les queda hueco para un poco más. Así es Faithful Place y así ha sido siempre.

– Sí -coincidí con ella.

Al otro lado de la puerta, la canción sonaba cada vez más fuerte y estentórea a medida que se iban sumando espontáneos. Me apoyé en la pared y me restregué la cara con las manos. Jackie me observaba de reojo mientras se bebía mi Guinness. Al final me preguntó con cautela:

– ¿Nos reincorporamos?

– ¿Llegaste a preguntarle a Kevin de qué quería hablarme? -le pregunté.

Puso cara de angustia.

– Oh, Francis, cuánto lo siento. Lo habría hecho, pero como dijiste…

– Sé perfectamente lo que dije.

– ¿Al final no consiguió hablar contigo?

– No -contesté-. No.

Otro breve silencio.

Jackie repitió:

– Lo siento mucho, Francis.

– No es culpa tuya.

– Nos estarán buscando.

– Ya lo sé. Dame un minuto más y volvemos a salir.

Jackie me ofreció la lata.

– ¡A la porra con eso! -la rechacé-. Necesito beber algo más fuerte.

Bajo el alféizar había una tabla de suelo suelta debajo de la cual Shay y yo solíamos esconder los cigarrillos para que no los viera Kevin y, como era de prever, mi padre también la había encontrado. Agarré una botella de vodka, le di un trago y se la ofrecí a Jackie.

– ¡Caray! -exclamó. Parecía realmente asustada-. Pero bueno… ¿por qué no?

Asió la botella, le dio un sorbito y se secó el pintalabios con cuidado.

– Bien -dije. Di otro trago generoso y volví a esconder la botella en su pequeño escondrijo-. Y ahora expongámonos al linchamiento público.

Fue entonces cuando cambiaron los ruidos en el exterior. Las voces que cantaban se apagaron rápidamente y un segundo después el murmullo de la conversación se detuvo. Un hombre dijo algo con brusquedad, en tono bajo y enfadado, una silla se hizo añicos contra una pared y luego mamá apareció como algo a medio camino entre un alma en pena y una alarma de coche.

Papá y Matt Daly discutían, barbilla con barbilla, en medio del salón. El vestido de color lavanda de mi madre estaba manchado con algo húmedo, de arriba abajo, y ella no cesaba de repetir: «Lo sabía, imbécil, lo sabía, sólo esta noche, es lo único que te había pedido…». El resto de presentes se habían apartado para no meterse en la refriega. Tropecé con la mirada de Shay al otro lado de la sala, como si fuéramos imanes, y empezamos a abrirnos camino a codazos entre la concurrencia.

Matt Daly dijo:

– Siéntate.

– Papá -dije yo, tocándole el hombro.

Ni siquiera se percató de mi presencia. Sin más, le replicó a Matt Daly:

– No te atrevas a darme órdenes en mi propia casa.

Shay, colocado a su otro lado, dijo:

– Papá.

– Siéntate -repitió Matt Daly, con voz ronca y fría-. Vas a montar una escena.

Papá lo embistió. Las habilidades realmente útiles nunca se olvidan: me abalancé sobre él con la misma celeridad que Shay; mis manos aún recordaban cómo agarrarlo y mi espalda estaba ya preparada en anticipación cuando mi padre dejó de pelear y le flaquearon las rodillas. Me puse como la grana de pura vergüenza.

– Sacadlo de aquí -chilló mamá. Un corrillo de mujeres cacareaban alrededor de mi madre y alguien le daba golpecitos con un pañuelo, pero ella estaba demasiado furiosa para darse cuenta-. Venga, tú, sal de aquí, vuelve a la alcantarilla a la que perteneces, nunca debería haberte sacado de allí… En el funeral de tu propio hijo, maldito bastardo, no respetas nada…

– ¡Zorra! -rugió papá por encima de su hombro, mientras lo arrastrábamos fuera de la puerta-. ¡Sucia asquerosa!

– Por la puerta trasera -observó Shay con brusquedad-. Dejemos que los Daly salgan por la delantera.

– ¡Al infierno con Matt Daly! -gritó papá mientras descendíamos las escaleras-. ¡Y al infierno Tessie Daly! ¡Y al infierno vosotros dos también! Kevin era el único de los tres que valía la pena.

Shay soltó una carcajada áspera. Parecía peligrosamente exhausto.

– Mira, probablemente en eso tengas razón.

– El mejor de todos -continuó papá-. Mi chico de ojos azules. -Rompió a llorar.

– ¿No querías saber cómo lo llevaba? -me preguntó Shay. Sus ojos se encontraron con los míos tras la nuca de papá; despedían fuego-. Pues he aquí tu oportunidad de descubrirlo. Que la disfrutes.

Abrió la puerta trasera utilizando diestramente un pie como gancho, arrojó a papá a los escalones y entró de nuevo en casa.

Papá permaneció donde lo había soltado, sollozando y perorando acerca de la crueldad de la vida y de divertirse hasta que no le quedaran fuerzas. Yo me apoyé contra la pared y encendí un pitillo. El tenue resplandor naranja procedente de ningún lugar en concreto confería al jardín ese aspecto aciago de las películas de Tim Burton. El cobertizo donde antes solía hallarse el inodoro seguía allí, si bien ahora le faltaban unos cuantos tablones y se inclinaba en un ángulo imposible. La puerta del vestíbulo se cerró de un portazo a mis espaldas: los Daly regresaban a casa.