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Cuando Olivia llamó con dulzura a la puerta de la habitación de invitados, yo estaba profundamente dormido, pero me desperté en menos de un segundo, incluso antes de ser consciente del contexto en el que me encontraba. Había pasado demasiadas noches en esa habitación de invitados, cuando Liv y yo estábamos inmersos en el proceso de descubrir que ella ya no se sentía como si estuviera casada conmigo. El olor de ese lugar, el vacío y el sutil ambientador de falso jazmín me hacen sentir irritado y cansado, como un vejestorio, y las articulaciones empiezan a dolerme en el mismo instante en el que entro en su interior.

– Frank, son las siete y media -me informó Liv en voz baja a través de la puerta-. He pensado que tal vez quisieras hablar con Holly antes de que se vaya a la escuela.

Saqué las piernas de la cama y me froté el rostro con las manos.

– Gracias, Liv. Salgo en un minuto.

Me habría gustado preguntarle si tenía alguna sugerencia, pero antes de encontrar las palabras para hacerlo escuché sus tacones descendiendo las escaleras. De todas maneras, tampoco habría entrado en la habitación de invitados, posiblemente por si se me ocurría recibirla con mi disfraz de cumpleaños e intentaba seducirla a echar un polvo rápido.

Siempre me han gustado las mujeres fuertes, lo cual es una suerte para mí, porque, una vez superados los veinticinco, no existen de otra índole. Las mujeres me fascinan. Toda esa rutina que consiguen solucionar a diario haría a la mayoría de los hombres acurrucarse en un rincón y desear morir, pero las mujeres se vuelven de acero y tiran adelante. Cualquier hombre que afirme que no le gustan las mujeres fuertes se miente a sí mismo sin remedio: le gustan las mujeres fuertes que saben cómo hacer mohines graciosos y poner voces de niña y que acabarán guardando sus pelotas en sus neceseres de maquillaje.

Yo quiero que Holly sea una más entre millones. Quiero que sea todas esas estupideces que a mí me cansan en una mujer, dulce como el diente de león y frágil como el cristal esmerilado. Nadie va a convertir a mi hija en acero. Cuando nació me dieron ganas de salir a la calle y matar a alguien para que le quedara claro para siempre que estaba dispuesto a hacer lo que fuera por ella. En su lugar, la entregué a una familia que, en menos de un año de posar los ojos sobre ella, la había enseñado a mentir y le había roto el corazón.

Holly estaba sentada a lo indio en el suelo de su habitación, delante de su casita de muñecas, dándome la espalda.

– Hola, cielo -la saludé-. ¿Cómo estás?

Un encogimiento de hombros. Llevaba puesto el uniforme del colegio. Con aquella americana de color azul marino, sus hombros se antojaban tan menudos que me habrían cabido en una mano.

– ¿Me dejas entrar un ratito?

Otro encogimiento de hombros. Cerré la puerta a mi espalda y me senté en el suelo, junto a ella. La casa de muñecas de Holly es una obra de arte, una réplica perfecta de una mansión victoriana, con mobiliario minúsculo de factura complicadísima, diminutas escenas de caza colgando de las paredes y criados diminutos sometidos a la opresión social. Se la regalaron los padres de Olivia. Holly había sacado la mesa del comedor y la estaba lustrando furiosamente con un papel de cocina estrujado.

– Cariño -empecé a decir-, está bien que te entristezca lo que le ha pasado al tío Kevin. Yo también estoy muy triste.

Agachó aún más la cabeza. Se había peinado ella misma las trenzas, y se le escapaban mechones de pelo rubio por sitios extraños.

– ¿Quieres preguntarme algo?

Disminuyó el vigor del frotado, sólo un poco.

– Mamá me ha explicado que se ha caído por una ventana.

Tenía la nariz taponada de tanto llorar.

– Así es.

La vi imaginar la escena. Quería cubrirle la cabeza con mis manos y expulsar esa imagen de ella.

– ¿Le dolió?

– No, cielo. Fue instantáneo. Ni siquiera se dio cuenta de lo que estaba pasando.

– ¿Por qué se cayó?

Olivia probablemente, le había explicado que fue un accidente, pero Holly siente una pasión infantil por comprobar doblemente todo. No sé a quién le habrá salido… Yo no tengo escrúpulos en mentir a la mayoría de la gente, pero tengo una conciencia aparte exclusiva para Holly.

– Nadie lo sabe todavía, mi amor.

Sus ojos finalmente viajaron en busca de los míos. Los tenía hinchados, enrojecidos e intensos como un puñetazo.

– Pero vas a descubrirlo, ¿verdad?

– Sí -dije-. Así es.

Me miró fijamente otro segundo; luego asintió con la cabeza y volvió a reconcentrar la atención en la diminuta mesa.

– ¿Estará en el cielo?

– Sí -contesté. Incluso mi conciencia especial para Holly tiene sus límites. Personalmente considero la religión una gilipollez, pero cuando tienes delante a una niña de nueve años sollozando que quiere saber qué le ha ocurrido a su hámster, desarrollas una creencia instantánea por cualquier cosa que alivie la pena de su rostro-. Claro que sí, cariño. Ahora mismo ya estará ahí arriba, sentado en un banco de millones de kilómetros de longitud, bebiéndose una Guinness del tamaño de una bañera y ligando con alguna chica guapa.

Holly emitió un sonido a medio camino entre una risita, un sorbimiento de nariz y un sollozo.

– Papi, ¡no digas tonterías! Que no estoy hablando en broma.

– Yo tampoco. Y estoy seguro de que ahora mismo te está saludando con la mano, diciéndote que no llores.

La voz le tembló aún más.

– No quiero que esté muerto.

– Ya lo sé, cariño. Yo tampoco.

– En el colegio, Conor Mulvey no dejaba de cogerme las tijeras y el tío Kevin me dijo que la próxima vez que lo hiciera le dijera: «Lo que pasa es que te gusto», y que se pondría rojo como un pimiento y dejaría de fastidiarme. Lo hice y funcionó.

– Diez puntos para el tío Kevin. ¿Se lo dijiste?

– Sí. Se rió. Papi, no es justo.

Estaba a punto de romper a llorar otra vez.

– Es una injusticia del tamaño de una catedral, amor mío -le dije-. Ojalá pudiera decirte algo para mejorar la situación, pero no hay nada que decir. En ocasiones suceden cosas terribles y sencillamente no hay nada que pueda hacerse.

– Mamá dice que, si espero un poco, dentro de un tiempo podré pensar en él sin ponerme triste.

– Mamá casi siempre tiene razón -dije-. Esperemos que esta vez también sea así.

– Una vez el tío Kevin me dijo que era su sobrina preferida porque tú eras su hermano favorito. -Vaya por Dios. Alargué el brazo para rodearle los hombros, pero ella se apartó y empezó a frotar con más brío la mesa, remetiendo el papel por todos los diminutos arabescos de madera con la uña de un dedo-. ¿Estás enfadado porque haya ido a casa de los abuelos?

– No, cariño, contigo no.

– ¿Con mamá?

– Sólo un poco. Pero lo solucionaremos.

Holly me miró de soslayo, momentáneamente.

– ¿Vais a volver a gritaros?

Yo me crié con una madre que es cinturón negro en generarte culpabilidad, pero sus tejemanejes más esmerados no son nada en comparación con lo que Holly puede hacerte sin ni siquiera proponérselo.

– Nada de gritos, cielo -la tranquilicé-. Lo que ocurre es que estoy enfadado porque nadie me explicara qué estaba pasando.

Silencio.

– ¿Te acuerdas de lo que hablamos de los secretos? -le pregunté.

– Sí.

– ¿Recuerdas que dijimos que está bien que tengas secretos buenos con tus amigos, pero que, si algo te preocupa, entonces es un mal secreto? ¿Un secreto que tienes que compartir con mamá o conmigo?

– Pero es que no era malo. Son mis abuelos.

– Lo sé, cariño. Lo que intento decirte es que hay otra clase más de secretos. Secretos que, aunque no tengan nada de malo, otras personas tienen derecho a saber. -Seguía con la cabeza gacha y su barbilla empezaba a adoptar ese gesto típico de tozudez-. Pongamos que mamá y yo decidimos irnos a vivir a Australia. ¿Crees que deberíamos decirte adónde vamos? ¿O bastaría con que te metiéramos en un avión en plena noche sin consultarte nada?