Encogimiento de hombros.
– Deberíais decírmelo.
– Porque es asunto tuyo. Porque tienes derecho a saberlo.
– Sí.
– Cuando comenzaste a visitar a mi familia, eso también era asunto mío. Mantenerlo en secreto y ocultármelo no estuvo bien.
No parecía convencida.
– Si te lo hubiera dicho, te habrías enfadado.
– Estoy mucho más enfadado ahora de lo que lo habría estado si alguien me lo hubiera explicado antes. Holly, cielo, siempre es mejor contármelo todo desde el principio. Siempre. ¿De acuerdo? Aunque sean cosas que no me gustan. Mantenerlas en secreto sólo hará que empeore la situación.
Holly colocó con cuidado la mesa en el comedor de la casa de muñecas y la ajustó en su lugar con la punta de un dedo.
– Yo procuro decirte siempre la verdad, aunque te duela un poco -continué-. Ya lo sabes. Y tú tienes que hacer lo mismo conmigo. ¿Te parece justo?
Sin apartar la mirada de la casa de muñecos, Holly musitó:
– Lo siento, papi.
– Ya lo sé, cariño -la reconforté-. No pasa nada. Pero recuerda lo que te he dicho la próxima vez que quieras ocultarme un secreto, ¿vale?
Asintió con la cabeza.
– Así me gusta -dije-. Y ahora explícame cómo te llevas con mi familia. ¿Te ha dado la abuela ese bizcocho casero tan bueno que cocina para merendar algún día?
Un suspiro tembloroso de alivio.
– Sí. Y dice que tengo un pelo muy bonito.
Maldita sea: un cumplido. Yo tenía preparada la artillería para desmentir cualquier crítica, desde el acento de Holly hasta su comportamiento o el color de sus calcetines, pero al parecer mi madre estaba enterneciéndose: a la vejez viruela.
– Y es verdad. ¿Cómo son tus primos?
Holly se encogió de hombros y sacó un elegante piano minúsculo de la casa de muñecas.
– Simpáticos.
– Pero ¿simpáticos en qué sentido?
– Darren y Louise no me hablan mucho porque son mayores, pero con Donna siempre imitamos a nuestros profesores. Una vez nos reímos tanto que la abuela nos dijo que o nos callábamos o vendría la policía y nos detendría.
Eso sonaba más a la madre que yo conocía y evitaba.
– ¿Y qué te parecen la tía Carmel y el tío Shay?
– Me caen bien. La tía Carmel es un poco aburrida, pero cuando el tío Shay está en casa me ayuda a hacer los deberes de matemáticas, porque le expliqué que la señorita O'Donnell me grita si los hago mal.
Y yo que estaba encantado de que por fin entendiera las divisiones…
– Muy amable por su parte -opiné.
– ¿Por qué no vas a verlos tú?
– Es una larga historia, cielo. Demasiado larga para resumirla en una mañana.
– ¿Y podré seguir yendo yo aunque tú no vayas?
– Ya lo veremos -contesté. Todo sonaba idílico, pero Holly seguía sin mirarme. Algo la inquietaba, aparte de lo evidente. Si había visto a mi padre en su estado mental preferido, tenía previsto declarar una guerra santa y, quizás, una nueva batalla por la custodia-. ¿Qué te inquieta, cariño? ¿Te ha incordiado alguno de ellos? -pregunté.
Holly recorrió con una uña el teclado del piano de arriba abajo. Al cabo de un momento cambió de tema:
– La abuela y el abuelo no tienen coche.
No era la respuesta que me esperaba.
– No.
– ¿Por qué?
– Porque no lo necesitan.
Una mirada atónita. Me sorprendió que Holly no hubiera conocido nunca en su vida a alguien que no tuviera coche, lo necesitara o no.
– ¿Y cómo van a los sitios?
– Andando o en autobús. La mayoría de sus amigos viven a sólo unos minutos de distancia y las tiendas están a la vuelta de la esquina. ¿Qué harían con un coche?
Reflexionó sobre ello un minuto.
– ¿Por qué no viven en una casa ellos solos?
– Siempre han vivido donde viven. La abuela nació en ese apartamento. Y no me gustaría estar en la piel de nadie que quisiera echarla de ahí.
– ¿Y cómo es que no tienen ordenador? ¿O lavaplatos?
– No todo el mundo tiene.
– Todo el mundo tiene un ordenador.
Detestaba tener que admitirlo, pero en algún oscuro rincón de mi pensamiento empezaba a tener el pálpito de que enseñarle a Holly de dónde procedía yo no había sido una idea acertada por parte de Olivia y Jackie.
– No -la corregí-. La mayoría de las personas en el mundo no tienen dinero para comprar esas cosas. Incluso hay muchas personas aquí en Dublín que no lo tienen.
– Papi, ¿los abuelos son pobres?
Se le sonrojaron ligeramente las mejillas, como si hubiera pronunciado un insulto.
– Bueno -contesté-. Eso depende de a quién se lo preguntes. Ellos dirían que no. Ahora viven mucho mejor que cuando yo era pequeño.
– Entonces ¿antes eran pobres?
– Sí, cielo. No nos moríamos de hambre ni nada por el estilo, pero éramos bastante pobres.
– ¿Cómo de pobres?
– Pues no íbamos de vacaciones y teníamos que ahorrar para salir al cine. A mí me vestían con la ropa vieja del tío Shay y el tío Kevin heredaba la mía, en lugar de comprarnos ropa nueva. Y los abuelos dormían en la sala de estar porque no teníamos bastantes dormitorios.
Tenía los ojos como platos, como si le estuviera contando un cuento.
– ¿De verdad?
– Sí. Mucha gente vivía así. Y no era el fin del mundo.
– Pero… -balbuceó Holly, ahora ya roja como la grana- Chloe dice que los pobres son todos unos paletos.
No me sorprendió lo más mínimo oír aquello. Chloe es un mal bicho anoréxico que se deshace en risitas falsas nacida de una madre que es otro mal bicho anoréxico que me habla en voz alta y despacio, utilizando lenguaje llano, porque su familia logró salir de las alcantarillas una generación antes que la mía y porque el mal bicho de su esposo, gordo y carente de todo sentido del humor, conduce un Chevrolet Tahoe. Siempre pensé que debíamos vetarle la entrada en casa a toda la familia, pero Liv opina que Holly dejará de ser amiga de Chloe cuando madure un poco. Y por lo que a mí respecta, la oportunidad que se me acababa de presentar la pintaba calva para atajar por fin aquel asunto.
– A ver -dije-. ¿Y qué quiere decir Chloe exactamente con eso?
Mantuve el volumen de la voz, pero Holly me conoce a la perfección y me lanzó una rápida mirada de reojo para comprobar mi expresión.
– No es ningún insulto.
– Lo que no es, desde luego, es una palabra agradable. ¿Qué crees tú que significa?
Un encogimiento de hombros inquieto.
– Bueno, ya lo sabes…
– Cariño, si vas a utilizar una palabra, tienes que saber lo que significa. Venga.
– Pues tontos. Personas que llevan chándal y no trabajan porque son unos vagos y ni siquiera saben hablar bien. Gente pobre.
– ¿Y qué pasa conmigo? -pregunté-. ¿Crees que soy tonto y vago?
– ¡Claro que no! ¡Tú no!
– ¿Aunque toda mi familia fuera pobre como las ratas?
Se estaba aturullando.
– Eso es diferente.
– Exactamente. Puedes ser un cerdo rico tanto como un cerdo pobre, de la misma manera que puedes ser un ser humano decente ya seas rico o pobre. El dinero no tiene nada que ver en ello. Está bien tenerlo, pero no te convierte en quien eres.
– Chloe dice que su madre dice que es superimportante asegurarse de que las personas sepan enseguida que tienes mucho dinero. Si no, no te respetan.
– Chloe y su familia -repliqué yo, perdiendo al fin la paciencia- son lo bastante vulgares como para provocar vergüenza ajena incluso al pobre más paleto.
– ¿Qué significa «vulgar»?
Holly había dejado de toquetear el piano y me miraba absolutamente atónita, con el ceño fruncido, a la espera de que yo la iluminara y confiriera un sentido a toda aquella conversación. Por primera vez en su vida yo no tenía ni la más remota idea de qué contestarle. No sabía cómo explicarle la diferencia entre ser pobre y trabajador o ser pobre y gandul a una cría que pensaba que todo el mundo tenía un ordenador, ni tampoco de cómo explicarle qué significaba ser vulgar a una niña que estaba criándose tomando a Britney Spears como modelo, de la misma manera que no habría sabido cómo explicarle a nadie cómo había logrado que aquella situación degenerara en un embrollo de proporciones descomunales. Lo que me apetecía era acudir en busca de Olivia y rogarle que me indicara cómo librarme de aquel lío, si no fuera porque ése ha dejado de ser el papel de Liv: ahora mi relación con Holly es asunto mío. Al final le arrebaté el piano en miniatura de la mano, lo coloqué de nuevo en la casa de muñecas y me la senté en el regazo.