– Adelante.
– Cuando llevaste la maleta de Rosie a la casa en el número dieciséis, ¿dónde la colocaste exactamente?
La mirada en blanco instantánea, a medio camino entre la terquedad y la imbecilidad, me recordó cuál era mi situación. Nada en el mundo habría conseguido que Imelda olvidara que, en contra de todos los instintos de su cuerpo, estaba hablando con un policía. Respondió lo inevitable:
– ¿Qué maleta?
– Venga ya, Imelda -la reprendí, sonriendo con tranquilidad (una nota en falso y toda mi excursión se iría al garete)-. Rosie y yo llevábamos meses planeando nuestra fuga. ¿Crees que no me había contado cómo pensaba ejecutar su parte?
Lentamente, la mirada imperturbable desapareció del rostro de Imelda, si bien no del todo, pero sí lo suficiente.
– Supongo que no me meteré en ningún follón si hablo de esto. Si me pregunta otra persona, yo nunca vi ninguna maleta.
– No te preocupes, cariño. No pienso causarte ningún problema; simplemente me estás haciendo un favor, y yo te lo agradezco. Lo único que quiero saber es si alguien tocó esa maleta después de que tú la dejaras allí. ¿Recuerdas dónde la dejaste? ¿Y cuándo?
Me miró afiladamente, bajo sus delgadas pestañas, intentando figurarse adónde quería llegar. Finalmente buscó un hueco para dejar su cajetilla de tabaco y contestó:
– Rosie me contó tres días antes que planeabais escaparos. Hasta entonces no me había explicado nada; Mandy y yo imaginábamos que tramabais algo, pero no estábamos seguras de qué. ¿Has visto a Mandy, verdad?
– Sí. Está en plena forma.
– Es una esnob de pacotilla -opinó Imelda mientras accionaba en mechero-. ¿Un pitillo?
– Sí, gracias. Pensaba que Mandy y tú seguíais siendo amigas.
Una risotada de incredulidad. Me acercó el mechero para que me encendiera el cigarrillo.
– Ya no. Ahora es demasiado importante para tratar con gente como yo. La verdad es que no sé si alguna vez fuimos amigas de verdad; simplemente salíamos juntas con Rosie, pero cuando se marchó…
– Tú siempre fuiste su mejor amiga -tercié yo.
Imelda me lanzó una mirada con la que me indicó que. hombres mejores habían intentado enjabonarla y no lo habían conseguido.
– Si hubiéramos sido tan amigas, me habría confesado desde el principio vuestros planes, ¿no crees? Sólo me lo dijo porque su padre la tenía vigilada y no podía sacar de allí sus cosas por sí misma. Solíamos ir y venir del trabajo paseando juntas algunos días, charlando de cosas de chicas. Ya ni siquiera me acuerdo. Aquel día me dijo que necesitaba que le hiciera un favor.
– ¿Cómo sacaste la maleta de casa de los Daly?
– Fue sencillo. Al día siguiente, después de volver del trabajo, el viernes, fui a su casa, les explicamos a sus padres que íbamos a meternos en la habitación de Rosie a escuchar el disco nuevo de Eurythmics y ellos simplemente nos dijeron que no lo pusiéramos muy alto. Lo pusimos al volumen necesario para que no oyeran a Rosie hacer la maleta. -Se le dibujó una leve sonrisa en una comisura de los labios. Por un segundo, allí inclinada hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas y sonriendo para sus adentros tras la cortina de humo del cigarrillo, me recordó a la muchacha de movimientos y labia ágil que solía ser-. Deberías haberla visto, Francis. Andaba bailoteando por toda la habitación, canturreando mientras se cepillaba el pelo… Llevaba puestas en la cabeza las braguitas nuevas que tanto le había costado comprar para que no la vieras con las viejas, que estaban harapientas… Me sacó a bailar con ella. Debíamos parecer un par de idiotas, riendo sin parar, pero conteniéndonos para que a su madre no se le ocurriera entrar a ver por qué armábamos tanto jaleo. Creo que el habérselo confesado a alguien, tras todo aquel tiempo de secretismo, la hacía superfeliz. Estaba en la luna.
Cerré de un portazo la puerta a esa imagen; prefería reservármela para más tarde.
– Vaya -dije-. Me alegra saberlo. Y cuando acabó de hacer la maleta, ¿qué sucedió…?
Su sonrisa se ensanchó más.
– Simplemente agarré la maleta y salí de allí. Te lo prometo. La llevaba tapada con mi chaqueta, pero a nadie se le habría escapado el detalle de haberse detenido a mirar. Salí de la habitación; Rosie me dijo adiós, con voz dulce y alta, y yo me limité a despedirme de los señores Daly con un grito. Estaban en el salón, viendo la tele. El señor Daly volvió la vista después de que yo saliera de la puerta, pero su único objetivo era asegurarse de que Rosie no venía conmigo; ni siquiera vio la maleta. Y me fui de allí.
– Buena jugada de ambas -opiné con una sonrisa-. ¿Y la llevaste directamente al número dieciséis?
– Sí. Era invierno. Había oscurecido y hacía frío, así que todo el mundo estaba en casa. No me vio nadie. -Tenía los ojos entornados tras el humo, estaba recordando-. Te lo juro, Francis, me aterraba entrar en esa casa. Nunca había entrado allí de noche antes, o al menos no sola. Lo peor fueron las escaleras; en las habitaciones aún se filtraba un poco de luz a través de las ventanas, pero las escaleras estaban completamente a oscuras. Había telarañas por todos sitios y la mitad de los escalones temblaban como si el edificio fuera a derrumbarse en cualquier momento. Y se oían ruiditos aquí y allá… Te prometo que pensé que había alguien allí, o un fantasma, observándome. Estaba preparada para empezar a gritar si alguien me agarraba. Salí de allí por patas, como si me quemaran los pies.
– ¿Recuerdas dónde dejaste la maleta?
– Claro que sí. Rosie y yo lo habíamos concertado todo. La dejé detrás de la chimenea del salón de la planta superior, aquella estancia grande, ¿sabes cuál digo? Habíamos quedado en que, si no cabía allí, la colocaría bajo el montón de tablones, metal y basura que había en el rincón del sótano, pero no me apetecía bajar allí a menos que fuera imprescindible. Resultó que cabía perfectamente.
– Gracias, Imelda -dije-. Por ayudarnos. Debería habértelo agradecido hace mucho tiempo, pero más vale tarde que nunca.
– ¿Me dejas que te pregunte algo? ¿O es una conversación de dirección única? -quiso saber ella.
– Como la Gestapo, somos nosotros quienes hacemos las preguntas… Es broma. Esto es una conversación. Dispara.
– Se rumorea que a Rosie y a Kevin los mataron. Que los asesinaron. A los dos. ¿Lo dicen por provocar escándalo o es verdad?
– A Rosie la asesinaron seguro -corroboré-. Pero nadie sabe a ciencia cierta qué le ocurrió a Kevin.
– ¿Cómo la mataron?
Sacudí la cabeza.
– No me lo han dicho.
– Claro. Ya.
– Imelda -dije-, puedes seguir viéndome como un policía si te apetece, pero te garantizo que ahora mismo no hay nadie en el cuerpo que comparta esa opinión. No estoy trabajando en este caso; se supone que ni siquiera debo acercarme a nada relacionado con él. He arriesgado mi placa por el mero hecho de venir a verte. Esta semana no soy policía. Soy el puñetero metomentodo que no deja en paz al personal porque estaba enamorado de Rosie Daly.
Imelda se mordió el labio, con fuerza.
– Yo también la quería, de verdad, la quería con toda mi alma -añadió.
– Ya lo sé. Por eso estoy aquí. No tengo ni idea de qué le sucedió y no confío en que esos polis estén dispuestos a mover el trasero para averiguarlo. Necesito que me echen una mano, Melda.
– No debería estar muerta. Es injusto. De verdad que lo es. Rosie nunca le hizo daño a nadie. Sólo quería… -Imelda guardó silencio, fumó y clavó la vista en sus dedos doblados a través de un agujero en la funda deshilachada del sofá, pero yo la noté pensar y no quise interrumpirla. Al cabo de un rato dijo-: Sencillamente pensé que había sido ella quien había logrado escaparse. -Alcé una ceja en gesto de interrogación. Las envejecidas mejillas de Imelda se tiñeron de un sutil sonrojo, como si hubiera dicho algo estúpido, pero no se detuvo-. Pongamos por ejemplo a Mandy, ¿vale? Es la viva imagen de su madre. Se casó a las primeras de cambio, dejó de trabajar para cuidar de su familia, se convirtió en una buena esposa, en una buena madre, y vive en la misma casa. Juro por Dios que lleva la misma ropa que llevaba su madre. Y lo mismo ha sucedido con todo el mundo a quien conocíamos: se han convertido en sus padres, aunque se dediquen a vociferar que ellos son diferentes. Y mírame a mí. Mira cómo he acabado. -Señaló con la barbilla al lugar donde estábamos-. Tres niñas, tres padres. Probablemente Mandy ya te lo habrá contado. Tenía veinte años cuando nació Isabelle. Directa al paro. Desde entonces no he vuelto a tener un empleo decente. Nunca me he casado. No he conseguido retener a mi lado a ningún hombre durante más de un año. Y la mitad de ellos estaban casados, como bien puedes suponer. Yo tenía un millón de planes cuando era joven, y todos se fueron al traste. En su lugar, me he convertido en mi madre, de la cabeza a los pies, ya no queda nada de mí. Una mañana me levanté transformada en ella, y aquí sigo.