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Ahí seguía sentado, fumando mucho más de lo que Holly habría aprobado, cuando me llegó un mensaje al teléfono. El texto era de mi muchacho, Stephen, y apostaría a que lo había reescrito unas cuatro o cinco veces hasta darse por satisfecho. «Hola, detective Mackey, tengo la información que me solicitó. Atentamente, Stephen Moran (Det).»

Criatura encantadora. Eran casi las cinco de la tarde. Le contesté: «Buen trabajo. Veámonos en el bar Cosmo lo antes posible».

El Cosmo es un antro donde sirven bocadillos, oculto en el laberinto de callejones que parten de la calle Grafton. No sorprenderían allí a ningún muchacho de Homicidios ni muerto, lo cual representaba un gran aliciente. El otro era que el Cosmo es uno de los escasos lugares en la ciudad donde aún contratan a personal irlandés, lo cual significa que nadie se agacha a mirarte directamente. Y hay ocasiones en las que eso resulta de utilidad. Yo suelo reunirme ahí con mis informantes.

Cuando entré en el bar, el chaval ya estaba sentado a una mesa, acariciando una taza de café y haciendo dibujitos con la yema de un dedo en un montoncito de azúcar que se había desparramado. No alzó la vista cuando me senté.

– Me alegra volver a verte, detective. Gracias por contactar conmigo.

Stephen se encogió de hombros.

– Sí. Bueno. Ya le dije que lo haría.

– Vaya. ¿Ocurre algo?

– Todo esto es muy sórdido.

– Te prometo que te respetaré por la mañana.

– En Templerttore nos explicaron que el cuerpo era ahora nuestra familia. Y yo me lo creí, ¿sabe? Me lo tomé en serio.

– Y así es como debe ser. Es tu familia. Y esto es lo que las familias se hacen entre sí, querido. ¿Aún no te has percatado?

– No. No lo he hecho.

– ¡Qué afortunado! Una infancia feliz es algo bello. Pero así es como vivimos la otra mitad. ¿Qué tienes para mí?

Stephen se mordisqueó el carrillo por dentro. Lo observé con atención y lo dejé lidiar por sí sólito con sus problemas de conciencia. Finalmente, por supuesto, en lugar de agarrar su mochila y salir por patas del Cosmo, se inclinó hacia delante y extrajo un delgado archivador verde.

– El informe del forense -apuntó, y me lo entregó.

Pasé las páginas con la uña del pulgar. Los diagramas de las lesiones de Kev me asaltaban la vista, pesos de órganos, contusiones cerebrales… Desde luego, no era la lectura más idónea para una cafetería.

– Bien hecho -le agradecí-. Lo aprecio sinceramente. Resúmemelo en treinta segundos o menos.

Lo desconcerté. Tal vez había notificado alguna defunción a alguna familia previamente, pero sin entrar en detalles técnicos. Al comprobar que yo no parpadeaba, dijo:

– Vaya… Hummm. De acuerdo. Él… quiero decir, el difunto; es decir, su hermano… la víctima se precipitó por una ventana de cabeza. No se han encontrado heridas de lucha ni de defensa, nada que indique la presencia de otra persona. La caída se produjo desde una altura aproximada de seis metros, sobre tierra compacta. Impacto en el suelo con sólo un lado de la cabeza, cerca de la coronilla. La caída le fracturó el cráneo, el impacto le provocó lesiones cerebrales, y se rompió el cuello, cosa que debió de paralizarle la respiración. Una u otra lesión le provocó la muerte. Fue una muerte rápida.

Exactamente lo que le había pedido, pero ello no impidió que simultáneamente me enamorara de la repeinada camarera por hacer su aparición en el momento preciso. Pedí un café y un bocadillo cualquiera. Ella anotó dos veces mal el pedido para demostrar que era demasiado buena para aquel empleo, puso los ojos en blanco molesta por mi estupidez y casi le volcó la taza a Stephen sobre el regazo al arrebatarme de las manos el menú, pero para cuando se fue contoneándose yo ya había logrado destensar la mandíbula, al menos un poco.

– Bueno, ninguna sorpresa. ¿Habéis recibido ya los informes de las huellas dactilares?

Stephen asintió y extrajo otra carpeta, ésta más gruesa. Scorcher había urgido al laboratorio para que le devolvieran los resultados a la mayor brevedad posible. Quería cerrar el caso de una vez por todas.

– Limítate a los fragmentos interesantes.

– El exterior de la maleta era un follón. Todo ese tiempo encajada en el conducto de la chimenea había borrado gran parte de las huellas previas, y luego tenemos las huellas de los obreros de la construcción y las de la familia que… su familia. -Agachó la cabeza avergonzado-. Aún queda alguna huella coincidente con las de Rose Daly, además de una que encaja con las de su hermana Nora, y otras tres desconocidas, probablemente pertenecientes a la misma mano y dejadas en el mismo momento, a juzgar por su ubicación. En el interior tenemos más o menos lo mismo: montones de huellas de Rose en todo aquello que las conserva, montones de huellas de Nora en el walkman, un par de Theresa Daly en el interior de la maleta, cosa que tiene sentido, porque era su maleta, quiero decir, y montones de todos los miembros de la familia Mackey, principalmente de Josephine Mackey. ¿Quién es? ¿Su madre?

– Sí -contesté.

Evidentemente, mi madre se había encargado de deshacer la maleta. Casi podía oírla: «Jim Mackey, aparta tus sucias manos de ese trasto; hay bragas guardadas. ¿Qué eres? ¿Un pervertido?».

– ¿Alguna huella desconocida?

– En el interior no. También hemos encontrado, ehhh…, unas cuantas huellas dactilares suyas en el sobre donde estaban guardados los billetes del ferry.

Incluso después de los últimos días aún me quedaba espacio suficiente para que esa información se me clavara como un puñal afilado: mis huellas de aquella velada inocente en el O'Neill's seguían frescas como si las hubiera dejado ayer tras veinte años de permanecer ocultas en la oscuridad, listas para que los técnicos del laboratorio jugaran con ellas.

– Claro, es normal. No se me ocurrió ponerme guantes cuando los compré. ¿Algo más?

– Eso es todo en lo concerniente a la maleta. Y parece que la nota se limpió. En la segunda página, la que se encontró en 1985, hemos hallado huellas de Matthew, Theresa y Nora Daly, de los tres obreros que la encontraron y la sacaron de allí, y suyas. Ni una sola de Rose. En la primera página, la que encontramos en el bolsillo de Kevin, no hay nada. Ni una sola huella. Está limpia como una patena.

– ¿Y en la ventana de la que cayó?

– Justo el problema contrario: hay demasiadas huellas. En el laboratorio están bastante seguros de que tenemos huellas de Kevin en las dos hojas de vidrio, exactamente donde se esperaría encontrarlas si él hubiera abierto la ventana, y huellas de las palmas de sus manos en el alféizar, donde se apoyó, pero no al cien por cien. Hay demasiadas capas subyacentes de huellas, de manera que los detalles se pierden.

– ¿Algo más que debería saber?

Meneó la cabeza.

– Nada en particular. Han aparecido huellas de Kevin en un par de lugares más: en la puerta del vestíbulo y en la de la estancia desde la que se precipitó, pero en ningún sitio donde no fueran de esperar. La casa al completo está plagada de huellas desconocidas; los del laboratorio aún las están examinando. Hasta ahora algunas han concordado con tipos con antecedentes por delitos menores, pero son todos tipos de la zona que podrían haber ido a holgazanear a esa casa. Hace años, por lo que sabemos.

– Buen trabajo -lo felicité. Cuadré los archivos y me los guardé en mi maletín-. No lo olvidaré. Y ahora, resúmeme la teoría del detective Kennedy relativa a lo ocurrido.

Los ojos de Stephen siguieron mis manos.

– Acláreme de nuevo que no estamos haciendo nada que comprometa la ética…

– No compromete la ética porque tan pronto como acabemos con esto, le sacudiremos el polvo y no quedará ni huella, chaval. Venga, resúmeme lo que te he pedido.

Al cabo de un segundo alzó los ojos y buscó los míos.

– No estoy seguro de qué forma hablar con usted acerca de este caso.

La camarera depositó mi café y los bocadillos en la mesa con bastante mala leche y se largó indignada a prepararse para su primer plano. Ambos la ignoramos.