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– ¿Te refieres al hecho de que yo esté conectado con todo el mundo y con todo lo relacionado con él?

– Exactamente. No debe de ser fácil. Y no me gustaría empeorarlo.

Además tenía tacto. Cinco años más y el jodido chaval estaría dirigiendo el cuerpo.

– Agradezco tu preocupación, Stephen. Pero lo que necesito de ti en estos momentos no es sensibilidad, sino objetividad. Limítate a pensar que este caso no tiene nada que ver conmigo. Simplemente soy un desconocido que pasa por aquí y necesita que le hagan un breve resumen. ¿Crees que serás capaz de hacerlo?

Asintió.

– Sí. Creo que sí.

Me acomodé en la silla y me acerqué el plato del bocadillo.

– Estupendo. Sorpréndeme.

Stephen se tomó su tiempo, lo cual me pareció una buena estrategia: ahogó su bocadillo en kétchup y mayonesa, redispuso sus patatas fritas y se aseguró de ordenarse el pensamiento. Luego dijo:

– Bien. La teoría del detective Kennedy es la siguiente: Durante la tarde del 15 de diciembre de 1985, Francis Mackey y Rose Daly planean encontrarse al final de la calle de Faithful Place y fugarse juntos. La fuga llega a oídos del hermano de Mackey, Kevin…

– ¿Cómo?

No imaginaba a Imelda sincerándose con un adolescente de quince años.

– Ese punto no está claro, pero es evidente que alguien la mató, y Kevin es quien mejor encaja. Ése es uno de los factores que respaldan la teoría del detective Kennedy. De acuerdo con todos los interrogados, Francis y Rose habían mantenido la fuga en el más estricto de los secretos; nadie tenía ni idea de lo que planeaban. Kevin, sin embargo, ostentaba una posición privilegiada: compartía habitación con Francis. Pudo haber visto algo.

Mandy había mantenido el pico cerrado.

– Digamos que esa opción está descartada. No había nada que ver en esa habitación.

Stephen se encogió de hombros.

– Yo procedo de la zona de North Wall. Diría que en Liberties la cosa funciona igual, o al menos funcionaba igual en el pasado: todo el mundo se conoce, todo el mundo habla y se entromete en los asuntos de los demás; los secretos no existen. Déjeme que le diga algo: me asombraría que nadie tuviera noticia de esa fuga. De verdad que me dejaría boquiabierto.

– De acuerdo. Dejemos esa parte en una nebulosa. ¿Y a continuación?

El hecho de concentrarse en resumirme el informe lo había relajado un poco; volvíamos a encontrarnos en su zona de seguridad.

– Kevin decide interceptar a Rose antes de que se encuentre con Francis. Quizá queda con ella en verse o quizá sabe qué ella necesitará recoger esa maleta. Sea como fuere, se encuentran, probablemente en algún punto de la casa número dieciséis de Faithful Place. Empiezan a discutir, él pierde los nervios, la agarra por el cuello y le sacude la cabeza contra la pared. A juzgar por la opinión de Cooper, todo habría sucedido muy rápidamente, en cuestión de segundos. Cuando Kevin recobra la cordura, es demasiado tarde.

– ¿Y el móvil? ¿Por qué iba a querer interceptarla, por no mencionar ya el discutir con ella?

– Desconocido. Todo el mundo afirma que Kevin estaba muy apegado a Francis y es posible que no quisiera que Rose se lo arrebatara. O tal vez fuera envidia sexuaclass="underline" estaba justo en esa edad en la que uno no sabe aún lidiar con esas sensaciones. Según dicen, Rose era una belleza. Quizás había rechazado a Kevin, o quizás habían tenido una aventura a escondidas.

De repente Stephen recordó con quién estaba hablando, enrojeció como la grana, dejó de hablar y me miró con aprensión.

«Recuerdo a Rosie -había dicho Kevin-. Su cabello, su risa y su forma de caminar…»

– La diferencia de edad era un poco grande para que eso ocurriera -objeté yo-. Estamos hablando de quince y diecinueve años, no lo olvides. No obstante, te concedo que a él podía gustarle Rosie. Continúa.

– Bien. El móvil no tiene por qué ser de peso; me refiero a que, por lo que sabemos, Kevin no tenía planeado matarla. Todo apunta a que fue una muerte accidental. Cuando cae en la cuenta de que está muerta, arrastra el cadáver hasta el sótano (a menos que ya estuvieran allí) y la entierra bajo el hormigón. Kevin era un muchacho fuerte para su edad; había trabajado a media jornada en una obra de construcción ese verano, transportando material. Tenía fuerza suficiente para mover esas losas.

Otra mirada fugaz. Me saqué un pedacito de jamón de una muela y observé a Stephen de manera insulsa.

– En un momento dado en medio de todo el embrollo, Kevin encuentra la nota que Rose pretendía dejar a su familia y se da cuenta de que puede utilizarla en beneficio propio. Esconde la primera página y deja la segunda donde está. La idea es que, si Francis se fuga de todos modos, todo el mundo revertirá automáticamente al plan originaclass="underline" ambos se han escapado juntos y ahí está la nota para los padres que lo demuestra. En cambio, si Francis regresa a casa al no presentarse Rose o si se pone en contacto con su familia en algún momento, todo el mundo pensará que esa nota iba destinada a él y que ella ha escapado sola.

– Y durante veintidós años -observé yo-, eso es exactamente lo que sucede.

– Sí. Entonces aparece el cuerpo de Rose, se inicia una investigación y Kevin cae preso del pánico. Según todos los interrogados, el último par de días se lo vio muy nervioso, cada vez más. Al final cede a la presión. Recupera la primera hoja de donde fuera que la había ocultado todo este tiempo, pasa una última noche con su familia, luego regresa al lugar donde asesinó a Rose y…, bueno…

– Reza sus oraciones y se lanza de cabeza por la ventana del último piso. Justicia cósmica.

– Supongo que más o menos, sí.

Stephen me observaba disimuladamente por encima de su café para comprobar si estaba enfadado.

– Bien hecho, detective. Claro, conciso y objetivo -lo reconforté yo.

Exhaló un rápido suspiro de alivio, como si acabara de librarse de un examen oral y atacó su bocadillo.

– ¿De cuánto tiempo disponemos antes de que esa versión se convierta en el Evangelio según Kennedy y ambos casos se den por cerrados? -quise saber.

Sacudió la cabeza.

– De unos cuantos días a lo sumo. Aún no ha enviado el expediente a los capos; seguimos recopilando pruebas. El detective Kennedy es meticuloso. Me refiero a que, aunque baraje esta teoría, no creo que vaya a limitarse a encajarla en el caso y darlo por concluido. Por lo que asegura, parece que vamos (me refiero a mí y al resto de agentes móviles) a continuar en Homicidios al menos hasta finales de esta semana.

Lo cual, básicamente, me concedía tres días de margen de acción. A nadie le gusta retroceder. Una vez el caso se diera oficialmente por cerrado, necesitaría aparecer con una filmación de vídeo firmada por un notario en la que se viera a otra persona cometiendo ambos asesinatos para que se reabriera.

– Seguro que lo pasáis en grande -bromeé-. ¿Qué opinas tú, personalmente, de la teoría del detective Kennedy?

Sorprendí a Stephen con la guardia baja. Tardó un segundo en poder tragarse el bocado que estaba masticando.

– ¿Yo?

– Claro, encanto. Yo ya me conozco cómo trabaja Scorcher. Tal como te expliqué en su día, lo que me interesa es lo que tú puedes ofrecerme. Aparte de tus fabulosas habilidades como mecanógrafo.

Se encogió de hombros.

– No es trabajo mío…

– Claro que lo es; ése es precisamente tu trabajo. ¿A ti te encaja esa teoría?

Stephen dio otro bocado al sándwich para tener tiempo de reflexionar la respuesta. Tenía la mirada clavada en su plato, de tal manera que sus ojos quedaban fuera de mi campo de visión.

– Haces bien, Stevie. No olvides que mi perspectiva del caso podría estar influida por mis implicaciones personales, o por el dolor que estoy pasando o sencillamente porque estoy majadero, sin más, factores todos que me podrían convertir en una mala persona con la que compartir tus pensamientos más íntimos. Pero, aun así, apuesto a que no es la primera vez que se te pasa por la mente que el detective Kennedy podría estar equivocado -añadí.