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Y allí estaba yo, compuesto y sin nada que hacer hasta que Nora Daly decidiera que era hora de meterse en la cama. Ni siquiera podía fumarme un cigarrillo, no fuera que alguien viera el resplandor: Matt Daly era de los que persiguen a los merodeadores con un bate de béisbol por el bien de la comunidad. Por primera vez en lo que se me antojaban meses, lo único que podía hacer era permanecer quieto.

En Faithful Place la actividad disminuía para dar la bienvenida a la noche. Un televisor proyectaba imágenes parpadeantes sobre la pared de los Dwyer; a través de alguna ventana se filtraba una música suave, una voz femenina dulce y nostálgica que cantaba sus penas a aquellos jardines. En la casa del número siete, luces navideñas multicolor y Papá Noeles rechonchos centellaban en las ventanas, y uno de los vástagos de la actual cosecha de adolescentes de Sallie Hearne gritó: «¡Déjame en paz! ¡Te odio!», y cerró una puerta de un portazo. En la planta superior del número cinco, los pijos anestesiados metían a su hijo en la cama: papá lo llevaba en brazos a su inmaculada habitación envuelto en un pequeño albornoz blanco tras darle un baño, meciéndolo en el aire y haciéndole cosquillitas en la barriga, mientras mamá reía y se agachaba a aventar las mantas. Justo al otro lado de la calle suponía que mi madre y mi padre estarían en estado catatónico viendo la televisión, envueltos en sus pensamientos personales e inimaginables, calculando si podrían irse a dormir sin necesidad de hablarse antes.

El mundo se me antojaba letal aquella noche. Normalmente disfruto del peligro; no hay nada como el peligro para centrarse, pero esta vez era diferente. La tierra se plegaba y ondulaba bajo mis pies como un músculo portentoso que nos hacía volar a todos por los aires y me demostraba (por si me quedaba alguna duda) quién mandaba aquí y quién estaba a un millón de kilómetros fuera de lugar en este juego. El delicado escalofrío del aire era otro recordatorio: todo en lo que crees se sustenta en la nada, todas las reglas establecidas pueden cambiar por un capricho momentáneo y el traficante siempre, siempre gana. No me habría asombrado que el número siete se hubiera desplomado sin más sobre los Hearne y sus Papas Noeles, o que el número cinco hubiera ardido con una llamarada espectacular y hubiera quedado reducido a cenizas pijas de tonos pastel. Pensé en Holly intentando descifrar en la torre de marfil que yo me había esforzado en construirle cómo podía existir el mundo sin el tío Kevin; pensé en el encantador Stephen con su abrigo nuevo batallando por no creer en lo que yo le estaba enseñando acerca de su trabajo, y en mi madre, que había tomado la mano de mi padre en el altar y había engendrado a sus hijos creyendo que era una buena idea. Pensé en mí, en Mandy, en Imelda y en los Daly, sentados en silencio, cada uno en su rincón, aquella noche, intentando definir qué forma dar a los últimos veintidós años sin Rosie vagando por el mundo, cada uno conteniendo su propia marea.

Teníamos dieciocho años y estábamos en el Galligan's, de madrugada, un sábado por la noche de primavera, la primera vez que Rosie me dijo «Inglaterra». Toda mi generación tiene una anécdota u otra relacionada con el Galligan's, y quienes no la tienen se apropian de alguna de otra persona. Todo adulto de mediana edad de Dublín explicaría alegremente cómo salió por patas de allí cuando la policía hizo una redada a las tres de la madrugada, o el día en que invitó a U2 a una bebida en este bar antes de que se hicieran famosos, o que conoció a su esposa o le rompieron la piñata bailando punk o fumó tantos porros que se quedó dormido en los aseos y no lo encontraron hasta el fin de semana siguiente. Aquel antro era una ratonera, además de un edificio peligroso sin salida de incendios: pintura negra desconchada, sin ventanas y con grafitos de Bob Marley, del Che Guevara o de la celebridad de turno pintados en las paredes. Pero abría hasta tarde… más o menos: no tenía licencia para vender cerveza, lo cual te obligaba a escoger entre dos clases de vino alemán pegajoso, que en cualquiera de los casos te ponían empalagoso y te dejaban una resaca letal. Además, daba pábulo a una especie de ruleta musical en directo que hacía que uno nunca supiera qué le deparaba la noche. Los jóvenes de hoy en día no pondrían un pie allí ni muertos. Pero a nosotros nos encantaba.

Rosie y yo habíamos acudido a ver un concierto de una banda nueva de glam-rock llamada Lipstick On Mars que a ella le habían recomendado, así como al resto de grupos que tocaran aquella noche. Bebíamos el mejor vino blanco alemán y bailábamos hasta marearnos. A mí me encantaba mirar a Rosie mientras bailaba, contemplar el contoneo de sus caderas, los latigazos de su cabello y su risa curvándole los labios: Rosie nunca ponía una mirada absorta mientras bailaba, como hacían otras chicas, siempre tenía una expresión. Todo apuntaba a que iba a ser una noche divertida. La banda no era Led Zeppelin, pero cantaban letras inteligentes, llevaban un batería estupendo y tenían ese brillo temerario que proyectaban las bandas de música de entonces, cuando nadie tenía nada que perder y el hecho de no tener absolutamente ninguna posibilidad en el mundo de convertirte en alguien famoso no importaba, porque dejarte el alma en tu banda era lo único que evitaba que te convirtieras en otro energúmeno deprimido, parado y sin futuro anclado en una habitación amueblada. Y esa sensación les confería algo especiaclass="underline" una chispa de magia.

El bajista rompió una cuerda para demostrar que tocaba en serio y, mientras la cambiaba, Rosie y yo nos dirigimos a la barra para pedir otro vino.

– Ponnos más de esa porquería -le dijo Rosie al camarero, mientras se abanicaba con la camiseta.

– ¿Está bueno, a que sí? Creo que lo elaboran con jarabe para la tos, lo dejan unos días en el armario para orear la ropa y lo sacan al mercado.

Al camarero le caíamos bien.

– Está más malo de lo habitual. Os han vendido un lote caducado. No tienes nada decente, ¿verdad?

– Si no te vale con esto, cielo, puedes dejar a tu novio, esperar a que cerremos y yo te llevo a un sitio mejor.

– ¿Te sacudo yo o dejo que lo haga tu chica?

La novia del camarero llevaba cresta y tatuajes en los brazos. También nos caía muy bien.

– Mejor sacúdeme tú. Seguro que ella tiene más fuerza.

Nos guiñó el ojo y se dirigió a la caja en busca de mi cambio.

– Tengo noticias -anunció Rosie.

Sonaba seria. Me olvidé del camarero y empecé a sumar frenéticamente fechas en mi cabeza.

– ¿Sí? ¿Qué?

– Alguien se jubila de la cadena de producción en la fábrica Guinness's el mes que viene. Mi padre dice que ha estado promocionándome cada vez que se le presenta la oportunidad y que, si quiero, el empleo es mío.

Recuperé el aliento.

– Vaya, ¡genial! -dije. Me habría costado lo mío alegrarme por cualquier otra persona, sobre todo si el señor Daly estaba involucrado, pero Rosie era mi novia-. Es fantástico. Me alegro por ti.

– No lo voy a aceptar.

El camarero me deslizó el cambio por la barra; lo recogí.

– ¿Qué? ¿Por qué no?

Rosie se encogió de hombros.

– No quiero tener que agradecerle nada a mi padre. Quiero labrarme mi futuro yo sola. Y además…

La banda arrancó de nuevo con una ráfaga feliz de batería desbocada que enmudeció el resto de su frase. Rosie se echó a reír y me señaló con el dedo hacia el fondo del bar, donde normalmente se oían hasta los pensamientos. La tomé de la mano que le quedaba libre y me abrí camino a través de un montón de chicas que bailaban dando botes con guantes sin dedos y los ojos pintados como mapaches, orbitadas por tipos inarticulados convencidos de que, si se acercaban lo suficiente, quizá tuvieran alguna posibilidad de pegarse el lote con alguna de ellas.

– Aquí -dijo Rosie, encaramándose a la cornisa de una ventana tapiada-. Tocan bien, ¿verdad?

– Sí, son geniales -contesté.