Me había pasado esa semana internándome en lugares aleatorios preguntando si tenían un empleo para mí y como única respuesta había recibido risotada tras risotada. En el restaurante más asqueroso del planeta tenían una vacante como friegaplatos y yo había empezado a albergar esperanzas, dando por supuesto que a ninguna persona en sus cabales le apetecería ocuparla, pero el gerente me había rechazado al ver mi dirección, aludiendo sin sutilezas a la desaparición de parte del inventario. Desde hacía meses, Shay no dejaba pasar un solo día sin hacer un comentario jocoso acerca de «Míster COU» y la inutilidad de toda su educación para traer un salario a la mesa. Y el camarero acababa de destripar mi último billete de diez libras. Así que cualquier banda que tocara lo bastante alto y rápido como para ayudarme a poner la mente en blanco me parecía fabulosa.
– Geniales no son. Están bien, pero no matan.
Rosie señaló el techo con la mano en la que sostenía la copa. En el techo del Galligan's había un puñado de focos, la mayoría de ellos rotos y reducidos a fluorescentes, atados con algo parecido a alambre para atar fardos. Un tipo llamado Shane se ocupaba de ellos. Si te colocabas demasiado cerca de la sala de luces con una bebida en la mano, amenazaba con propinarte un puñetazo.
– ¿Qué? ¿Las luces?
Shane había conseguido generar una especie de efecto de luces plateadas intermitentes que conferían al grupo un cuasi glamour tenso y sórdido. Al menos uno de los integrantes de la banda iba a disfrutar de algo de acción después de su actuación.
– Sí. Shane. Él sí que es bueno. Él es quien hace que parezcan buenos. Esta cuadrilla son todo fachada; si les quitas las luces y la ropa, no serían más que cuatro tipos haciendo el subnormal.
Solté una carcajada.
– Eso pasa con todos los grupos…
– Más o menos, sí. Supongo. -Rosie me miró de soslayo, casi con timidez, por encima del borde de su copa-. ¿Puedo decirte algo, Francis?
– Adelante.
Me fascinaba la mente de Rosie. Si hubiera podido meterme dentro, me habría pasado allí alegremente el resto de mi vida deambulando, disfrutando sólo con mirar.
– Yo quiero dedicarme a eso.
– ¿A llevar las luces para grupos de música?
– Sí. Ya sabes cuánto me gusta la música. Siempre he querido trabajar en esta industria, desde que era cría. -Yo lo sabía y todo el mundo lo sabía: Rosie era la única niña en todo Faithful Place que se había gastado en discos la recolecta de la Confirmación, pero era la primera vez que mencionaba lo de las luces-. No se me da nada bien cantar y no tengo ni un pelo de artista; no sabría escribir canciones ni tocar la guitarra ni nada de eso. Lo que me gustaría hacer es esto. -Alzó la barbilla hacia los haces entrecruzados de luces.
– ¿Sí? ¿Por qué?
– Porque sí. El objetivo del técnico es hacer que esa banda sea mejor. Punto y final. No le importa si esta noche suenan mejor o peor, o si hay sólo doce personas entre el público, o si alguien se da cuenta de lo que está haciendo: al margen de lo que ocurra, ocupará su puesto y hará que parezcan mejores de lo que son. Si hace bien su trabajo, puede conseguir que parezcan muchísimo mejores. Y eso me gusta.
El brillo de sus ojos me hacía feliz. Tenía el pelo alborotado de bailar; se lo alisé.
– Pues sí, es un buen trabajo.
– Y me gusta que sea importante hacer un trabajo brillante. Yo nunca he hecho nada así. A nadie le importa un carajo si coso excelentísimamente bien; mientras no lo haga mal, ningún problema. Y en la fábrica Guinness pasaría lo mismo. Me gustaría ser buena en algo, realmente buena, y que importara.
– Puedo meterte a hurtadillas entre bambalinas en el Gaiety y dejar que manejes los interruptores -bromeé, pero Rosie no se rió.
– Imagínatelo. Esto no es más que un conciertillo de nada; imagina lo que serías capaz de hacer en un concierto de verdad, en una sala grande. Si trabajaras para una buena banda que va de gira, tocarías un equipo distinto cada par de días…
– No pienso permitir que te vayas de gira con una pandilla de estrellas del rock -aclaré-. No podría controlar qué más tocarías.
– Pero es que tú también podrías venir. Podrías trabajar montando escenarios.
– Vaya, eso ya me gusta más. Acabaría teniendo unos músculos que haría que incluso los Rolling Stones se lo pensaran antes de entrarle a mi chica -y saqué bola.
– ¿Te apetecería?
– ¿Podría probar a las fans?
– ¡Guarro! -me reprendió Rosie divertida-. Claro que no. No a menos que yo pueda catar a las estrellas de rock. Hablo en serio: ¿te apetecería trabajar montando escenarios o en algo por el estilo?
Lo preguntaba de verdad; quería saberlo.
– Sí, lo haría sin pensármelo dos veces. Suena superbien: viajar, escuchar buena música, no aburrirse nunca… Aunque dudo que se me presente la oportunidad.
– ¿Por qué?
– Vamos. ¿Cuántas bandas de Dublín pueden pagar a un montador de escenarios? ¿Crees que éstos pueden? -Señalé con la cabeza a los Lipstick On Mars, que no parecían capaces ni de costearse el billete de autobús para regresar a casa, por no mencionar ya al personal de refuerzo para su posible gira-. Su máxima ayuda será el hermano pequeño de uno de los componentes, que se dedicará a meter la batería en el maletero de la furgoneta del padre de alguien.
Rosie asintió.
– Diría que con la iluminación ocurre lo mismo: unos cuantos conciertos y buscarán a alguien con experiencia. Para formarse en esto no hay cursos ni empleos en prácticas ni nada por el estilo. Ya me he informado.
– No me sorprende.
– Pero imaginemos que nos apeteciera de verdad dedicarnos a esto, ¿vale? Al margen de lo que costara. ¿Por dónde empezarías?
Me encogí de hombros.
– Desde luego, no en Dublín -continuó-. Quizás en Londres o en Liverpool. En Inglaterra, sin lugar a dudas. Buscaría alguna banda que pudiera costearse alimentarme mientras aprendo el oficio y luego me abriría camino sola.
– Sí, yo también lo veo así.
Rosie dio un sorbito a su vino y se recostó de nuevo en el hueco de la pared, con la mirada clavada en la banda. Luego sugirió como si tal cosa:
– Pues vayámonos a Inglaterra.
Por un instante me pareció haber oído mal. La miré de hito en hito. Al comprobar que no parpadeaba, pregunté:
– ¿Hablas en serio?
– Sí.
– Venga -rezongué-. ¿Hablas en serio? ¿No me tomas el pelo?
– Hablo completamente en serio. ¿Por qué no?
Tuve la sensación de que había prendido un almacén de fuegos artificiales en mi interior. El espectacular riff del final del batería retumbó en mis huesos como una inmensa y espectacular cadena de explosiones y me costaba ver con claridad. Lo único que fui capaz de articular fue:
– Tu padre se va a poner hecho un energúmeno.
– Sí. ¿Y? De todas maneras se va a poner hecho una furia cuando descubra que seguimos siendo novios. Al menos de este modo no tendremos que oírlo. Otra buena razón para marcharse a Inglaterra: cuanto más lejos, mejor.
– Claro -dije-. Guau. Vaya. ¿Y cómo…? No tenemos dinero. Necesitaremos comprar los billetes y tendremos que pagar un alquiler y… uf… madre mía.
Rosie balanceaba una pierna mientras me observaba atentamente, sin dejar de sonreír.
– Ya lo sé, tonto. No hablo de fugarnos esta noche. Tendremos que ahorrar.
– Tardaremos meses.
– ¿Tienes algo mejor que hacer?
Quizá fuera por el vino, pero tenía la sensación de que aquel lugar se abría bajo mis pies y de que las paredes estaban revestidas de flores de colores que no había visto jamás. El suelo retumbaba al ritmo de los latidos de mi corazón. La banda acabó con una floritura, el cantante se golpeó en la frente con el micrófono y el público enloqueció. Yo aplaudí como por inercia. Cuando el ruido amainó y todo el mundo, banda incluida, se dirigió a la barra, le pregunté: