Le arranqué una sonrisa reticente.
– Casi, sí. Estaba segura de que mi padre bajaría en cualquier momento… Me siento como si tuviera dieciséis años y me hubiera descolgado por la tubería.
En medio de aquel jardín oscuro de tonalidades azules invernales, con el rostro recién lavado para meterse en la cama y la melena suelta, no parecía mucho mayor de esa edad.
– ¿Fue así como pasaste tu salvaje juventud? ¡Qué chica más rebelde!
– ¿Yo? Uf, ¡qué va! Ya me habría gustado, pero con el padre que tengo… Yo fui una niña buena. Me perdí todo eso. Pero mis amigas me lo contaban.
– En tal caso, tienes todo el derecho del mundo a recuperar el tiempo perdido -le aseguré-. Y ya que nos ponemos, prueba uno de éstos. -Saqué el paquete de cigarrillos, lo abrí y se lo ofrecí con una reverencia-. ¿Un bastoncillo de cáncer?
Nora lo miró dubitativa.
– No fumo.
– Y no existe razón alguna para que empieces a hacerlo. Pero esta noche no cuenta. Esta noche tienes dieciséis años y eres una chica rebelde. De haberlo sabido, habría traído una botella de sidra barata.
Al cabo de un momento vi cómo se le curvaba lentamente de nuevo una comisura de los labios.
– ¿Por qué no? -preguntó, se dejó caer a mi lado y cogió un pitillo.
– Buena chica.
Me incliné hacia delante y le encendí el cigarrillo, sonriéndole con los ojos. Le dio una calada demasiado fuerte y le sobrevino un ataque de tos, mientras yo la abanicaba y ambos ahogábamos risitas, señalábamos hacia la casa, nos hacíamos callar mutuamente y reíamos aún más fuerte.
– ¡Vaya! -exclamó Nora, enjugándose los ojos, cuando recobró el aliento-. No estoy hecha para esto.
– Dale caladas cortas -la tranquilicé-. Y no te tragues el humo. Recuerda: eres una adolescente, así que esto no va de inhalar nicotina, sino de parecer que se es guay. Observa al experto. -Me repantingué en el banco a lo James Dean, me deslicé un cigarrillo en la comisura de los labios, lo encendí y saqué la mandíbula para exhalar el humo en una larga bocanada-. ¿Lo ves?
Reía de nuevo.
– Pareces un gánster.
– Esa es la idea. Pero, si prefieres parecer una sofisticada estrella de cine en ciernes, también podemos intentarlo. Siéntate recta. -Lo hizo-. Cruza las piernas. Ahora baja la barbilla, mírame de reojo, frunce los labios y… -Le dio una calada, hizo una floritura extravagante con la muñeca y exhaló el humo mirando hacia el cielo-. Impecable -la felicité-. Te declaro la joven alocada más interesante del barrio. Felicidades.
Nora rió y repitió el gesto.
– Sí que lo soy, ¿a que sí?
– Sí. Te desenvuelves como pez en el agua. Siempre supe que ocultabas una chica traviesa en tu interior.
Al cabo de un momento preguntó:
– ¿Solíais encontraros aquí Rosie y tú?
– No, qué va… Yo temía demasiado a tu padre.
Asintió con la cabeza, mientras examinaba la punta candente de su cigarrillo.
– Esta noche pensaba en ti.
– ¿Sí? ¿Y eso por qué?
– Por lo de Rosie. Y por lo de Kevin. ¿Acaso no has venido a hablar de eso?
– Sí -dije con cautela-. Más o menos. Me he figurado que si alguien podía hacerse una idea de lo que han significado estos últimos días…
– La echo de menos, Francis. Mucho.
– Ya lo sé, cielo. Yo también.
– Jamás había pensado que… Antes sólo la echaba de menos de vez en cuando, cuando tuve a mi hijo y ella no estaba allí para verlo, o cuando mamá y papá me ponían de los nervios y me habría encantado poder telefonearla y ponerlos de vuelta y media. El resto del tiempo apenas pensaba en ella, ya no. Tenía otras cosas en que pensar. Pero cuando descubrimos que estaba muerta, no podía dejar de llorar.
– Yo no soy de los que lloran -aclaré-, pero sé a qué te refieres.
Nora sacudió la ceniza sobre la gravilla, donde su padre no pudiera detectarla por la mañana. Luego, con un deje doloroso y la voz rota, me explicó:
– Mi marido no lo entiende. No comprende por qué estoy triste. Hace veinte años que la vi por última vez y estoy hecha polvo… Dice que tengo que recomponerme o, de lo contrario, acabaré contagiándole la tristeza al niño. Mi madre toma Valium y mi padre opina que debo cuidar de ella, porque ella es quien ha perdido a una hija… Yo no podía dejar de pensar en ti. Imaginaba que eres la única persona que quizá no pensaría que soy tonta.
– Yo sólo vi a Kevin unas cuantas horas en los últimos veintidós años y, aun así, me duele horrores. No creo que seas tonta en absoluto.
– Tengo la sensación de no ser la misma persona. ¿Sabes a qué me refiero? Durante toda mi vida, cuando me preguntaban si tenía algún hermano, yo contestaba: «Sí, sí, tengo una hermana mayor». Ahora tendré que decir: «No, soy sólo yo». Me siento como si fuera hija única.
– No tienes por qué no hablar de ella con otras personas.
Nora sacudió la cabeza con tanta fuerza que el pelo le azotó el rostro.
– No, no pienso mentir acerca de esto. Eso ha sido lo peor: llevo mintiendo toda mi vida sin ni siquiera saberlo. Todas las veces que le he dicho a alguien que tenía una hermana he mentido. Ya era hija única. Lo he sido todo este tiempo.
Pensé en Rosie en el O'Neill's, clavando sus tacones en el suelo mientras fantaseaba con la idea de casarnos: «No me importa. No pienso fingir algo así. O estamos casados o no lo estamos; poco importa lo que piensen los demás»…
– No hablo de mentir -la corregí con voz pausada-. Me refiero a que Rosie no tiene por qué desvanecerse en la nada. Puedes decir: «Tenía una hermana mayor. Se llamaba Rosie. Murió».
Nora se estremeció.
– ¿Tienes frío?
Negó con la cabeza y apagó el cigarrillo en una piedra.
– Estoy bien, gracias.
– Eh, trae aquí -dije, cogiéndole la colilla y guardándola en el cajetín de cigarrillos-. Una buena rebelde no deja huellas de sus travesuras adolescentes para que su padre la descubra.
– ¡Qué importa! Tampoco sé por qué me preocupo tanto. Ahora ya no puede castigarme. Soy una mujer hecha y derecha; si quiero marcharme de esta casa, puedo hacerlo.
Había dejado de mirarme. La estaba perdiendo. Un minuto más y recordaría que, de hecho, era una treintañera respetable con un marido, un hijo y una buena dosis de sentido común, y que ninguna de estas características era compatible con estar fumando con un extraño a medianoche en un jardín trasero.
– Lo llaman vudú parental -comenté con una sonrisa-. Dos minutos con tus padres y regresas a tu infancia. Mi madre sigue metiéndome miedo de Dios, aunque te aseguro que no tendría inconveniente en sacudirme con una cuchara de palo por crecidito que esté. Eso a ella le importa bien poco.
Nora rió y dejó ir un suspiro renuente.
– Yo no aceptaría que mi padre intentara castigarme.
– Claro, te pondrías a gritarle que dejara de tratarte como a una niña, igual que cuando tenías dieciséis años. Tal como he dicho, vudú parental.
Esta vez rió de verdad y se apoyó en el banco, relajada.
– Y algún día nosotros haremos lo mismo con nuestros hijos.
No me interesaba que pensara en su hijo.
– Hablando de tu padre -empecé a decir-, quería disculparme por el comportamiento del mío la otra noche.
Nora se encogió de hombros.
– Fue cosa de los dos.
– ¿Viste por qué empezaron a pelearse? Yo estaba hablando con Jackie y me perdí todo el jugo. En un momento todo iba de fábula y al siguiente los dos estaban dispuestos a protagonizar una escena de Rocky.
Nora se ajustó el abrigo, arrebujándose el cuello alrededor de la garganta.
– Yo tampoco lo vi -dijo.
– Pero tienes una ligera idea de sobre qué iba todo el asunto, ¿verdad?
– Los hombres piensan que con unas cuantas copas encima lo saben todo; y ambos estaban pasando por un mal trago… Cualquier detalle podría haber hecho que saltara la chispa.