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– Nora, tardé media hora en conseguir que mi padre se calmara. Antes o después, si esto continúa igual, le dará un ataque de corazón. No sé si la mala sangre que se tienen es por mi culpa, por el hecho de que saliera con Rosie y tu padre no lo aceptara, pero, si ése es el problema, al menos me gustaría saberlo para poder actuar antes de que mate a mi padre -dije, en un tono duro pero dolido.

– ¡Francis, por favor, no digas tonterías! ¡Claro que no es culpa tuya! -Tenía los ojos como platos y me agarraba con fuerza del brazo: por fin había tocado la tecla exacta de la culpabilidad-. Créeme, no tiene nada que ver con eso. Nunca se han llevado bien. Ni siquiera de jóvenes, mucho antes de que tú empezaras a salir con Rosie, mi padre nunca… -Mantuvo la frase al fuego, como un carbón candente, y apartó la mano de mi brazo.

– Mi padre nunca ha hablado bien de Jimmy Mackey. ¿Es eso lo que ibas a decir?

Nora contestó:

– Lo de la otra noche no fue culpa tuya. Eso es todo lo que iba a decir.

– Entonces ¿de quién puñetas es la culpa? Estoy perdido, Nora. Estoy sumido en la oscuridad, me ahogo y nadie levanta un dedo para ayudarme a salir a la luz. Rosie ha muerto. Kevin ha muerto. La mitad de Faithful Place piensa que soy un asesino. Tengo la sensación de estar enloqueciendo. He venido en tu busca porque pensaba que tú eras la única persona que podía tener una ligera idea de por lo que estoy pasando. Te lo suplico, Nora. Explícame qué demonios sucede.

Tengo la habilidad de la multitarea; el hecho de estar intentando tocarle la fibra sensible no obstaba para que hablara con absoluta sinceridad. Nora me observaba; en medio de la noche, sus ojos resplandecían enormes y atribulados.

– No sé por qué empezaron a pelearse, Francis -dijo al fin-. Si tuviera que apostar por una causa, diría que es porque tu padre estaba hablando con mi madre.

Tan fácil como eso. De repente, como engranajes encajando y echando a rodar, docenas de recuerdos nimios de mi infancia se arremolinaron en mi pensamiento y encajaron en su lugar como piezas de un rompecabezas. Había sopesado un centenar de explicaciones, cada una más enrevesada e improbable que la siguiente (desde que Matt Daly había delatado a mi padre por una de sus actividades menos legales hasta alguna contienda por una herencia de antaño pasando por quién robó la última patata en la época de la Gran Hambruna), pero jamás se me había ocurrido pensar que la causa era lo único que suscita prácticamente toda pelea entre dos hombres, en particular entre dos depravados: una mujer.

– ¿Mi padre y tu madre tuvieron algo? -pregunté.

Vi sus pestañas parpadear, con un movimiento rápido y avergonzado. Estaba demasiado oscuro para asegurarlo, pero apostaría a que se estaba ruborizando.

– Creo que sí. Nadie me lo ha explicado nunca abiertamente, pero… estoy casi segura.

– ¿Cuándo?

– ¡Uf! Hace siglos. Antes de casarse. No es que tuvieran un lío ni nada de eso. Sólo fueron cosas de críos.

Lo cual, como yo sabía mejor que la mayoría del resto de los humanos, no hacía que dejara de importar.

– ¿Y qué sucedió?

Esperé a que Nora me describiera actos inenarrables de violencia, probablemente con estrangulamientos incluidos, pero se limitó a sacudir la cabeza.

– No lo sé, Francis. No lo sé. Ya te he dicho que nadie me ha hablado de ello. He sido yo quien se ha ido haciendo una composición de lugar, tirando de hilos, de aquí y de allá.

Me agaché hacia delante, apagué el cigarrillo en la grava y guardé la colilla en el paquete.

– Vaya, vaya -dije-. Llámame tonto, pero jamás lo hubiera dicho.

– ¿Por qué…? No veo por qué te interesa.

– ¿Te refieres a que no ves por qué me interesa lo que ocurre aquí después de que no haya movido el culo por regresar en los últimos veintitantos años?

Seguía observándome fijamente, preocupada y perpleja.

La luna había salido; bajo la fría luz mortecina, el jardín se antojaba prístino e irreal, como un limbo simétrico de casas apareadas.

– Nora, contéstame a algo. ¿Crees que soy un asesino? -pregunté.

Sentía pavor ante su respuesta, de tanto como deseaba que fuera negativa. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que debería levantar el vuelo y esfumarme de allí; ya había conseguido todo cuanto tenía que ofrecerme y cada segundo adicional era una mala idea. Nora respondió sin más:

– No. Nunca lo he creído.

Algo se retorció en mi interior.

– Pues parece ser que mucha gente piensa que sí.

Sacudió la cabeza.

– Una vez, cuando aún era una niña, debía de tener cinco o seis años, saqué a la calle uno de los gatitos recién nacidos de la gata de Sallie Hearne para jugar con él y una pandilla de niños grandes me lo quitaron sólo para fastidiarme. Se lo lanzaban de uno a otro. Yo no dejaba de gritar… Entonces llegaste tú y les hiciste parar: me devolviste el gato y me dijiste que lo llevara a casa de los Hearne. Probablemente tú no te acuerdes.

– Sí lo recuerdo -la corregí. La súplica tácita en sus ojos: necesitaba que ambos compartiéramos aquel recuerdo y, de todas las cosas que Nora necesitaba, aquélla era la única que yo podía proporcionarle-. Claro que lo recuerdo.

– No me imagino que alguien que actúa así sea capaz de hacerle daño a nadie; no a propósito. Tal vez sea una ingenua.

Otra vez el retortijón, esta vez más doloroso aún.

– Claro que no eres ingenua -la reconforté-. Simplemente eres buena. Muy buena.

Bajo aquella luz parecía una niña, un fantasma… Parecía una imagen pavorosa de una Rosie en blanco y negro arrancada de un delgado fragmento de una película vieja parpadeante o de un sueño. Sabía que, si la tocaba, se desvanecería, en un abrir y cerrar de ojos volvería a convertirse en Nora y desaparecería para siempre. La sonrisa en sus labios podría haberme arrancado el corazón del pecho.

Le acaricié el cabello con la yema de los dedos. Notaba su respiración rápida y cálida contra el interior de mi muñeca.

– ¿Dónde has estado? -le pregunté en voz baja, cerca de su boca-. ¿Dónde has estado todo este tiempo?

Nos agarramos como niños perdidos en el bosque, llevados por el fuego y desesperados. Mis manos conocían de memoria las suaves y tórridas curvas de sus caderas, su recuerdo regresó a mi encuentro procedente de algún lugar remoto de mi mente que yo había dado por perdido para siempre. No sé a quién buscaba ella; me besó con tanta fuerza que noté sabor a sangre. Olía a vainilla. Rosie olía a gotas de limón y a sol y al disolvente etéreo que utilizaban en la fábrica para limpiar las manchas de los tejidos. Hundí mis dedos en los frondosos rizos de Nora y noté sus pechos contra mi torso; por un segundo pensé que estaba llorando.

Fue ella quien se apartó. Tenía las mejillas al rojo vivo y respiraba entrecortadamente mientras se alisaba el jersey.

– Tengo que irme -dijo.

– Quédate -le rogué, y la agarré de nuevo.

Juro que lo dudó un instante. Luego negó con la cabeza y me apartó las manos de su cintura.

– Me alegro de que hayas venido esta noche -dijo.

«Rosie se habría quedado», estuve a punto de gritarle; lo habría hecho de haber pensado que cabía alguna posibilidad de que me hubiera hecho algún bien. En su lugar, me recosté en el banco, respiré hondo y noté como mi corazón empezaba a ralentizarse. Luego le giré la mano a Nora y le di un beso en la palma.

– Yo también -confesé-. Gracias por bajar a verme. Ahora entra en casa antes de que me vuelva loco. Felices sueños.

Tenía el pelo alborotado y los labios hinchados y tiernos a causa de los besos.

– Que tengas un buen viaje de regreso a casa, Francis.

Se puso en pie y atravesó el jardín, cerrándose con fuerza el abrigo alrededor de la cintura.

Se deslizó en el interior de la casa y cerró la puerta a su espalda sin volver la vista atrás. Yo permanecí sentado en aquel banco, contemplando su silueta deslizarse bajo la luz de la lámpara tras la cortina de su dormitorio, hasta que las rodillas dejaron de temblarme y pude trepar de nuevo las tapias y poner rumbo a casa.