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Capítulo 17

En el contestador había un mensaje de Jackie en el que me pedía que la llamara cuando pudiera: «Nada importante. Sólo… bueno, ya sabes, llámame. Adiós». Sonaba exhausta y mayor de lo que jamás la había oído. Yo estaba tan destrozado que una parte de mí temía posponer aquella llamada hasta la semana siguiente, dado lo que había ocurrido al ignorar los mensajes de Kevin, pero era una hora infame de la madrugada y el teléfono les habría provocado un infarto de miocardio tanto a ella como a Gavin. Me metí en la cama. Al desnudarme, aún pude percibir el perfume del cabello de Nora impregnado en el cuello de mi jersey.

El miércoles por la mañana me desperté tarde, alrededor de las diez, con la sensación de estar varias veces más cansado que antes de acostarme. Hacía unos cuantos años que no alcanzaba mi cumbre del dolor, mental o físico. Se me había olvidado cuánto agota. Me desprendí de una o dos capas de pelusa cerebral a base de agua fría y café solo, y telefoneé a Jackie.

– Ah, hola, Francis.

Su voz seguía teniendo un tono apagado, incluso más acusado. Aunque hubiera tenido el tiempo o la energía para tratar con ella el tema de Holly, no me habría sentido con corazón de hacerlo.

– Hola, cielo. Acabo de oír tu mensaje.

– Ah… sí. Lo pensé luego, quizá no debería… No quería asustarte ni hacerte creer que había pasado nada más. Sólo quería… No sé. Saber cómo lo llevabas.

– Sé que desaparecí pronto el lunes por la noche. Debería haberme quedado.

– Quizá sí. Pero ahora ya está hecho. De todos modos, ya no hubo más dramas: todo el mundo bebió más, cantó un poco más y se marchó a su casa.

Se oía una densa capa de ruido de fondo: cháchara, voces femeninas y un secador de pelo.

– ¿Estás en el trabajo?

– Claro. ¿Por qué no? Gav no podía tomarse el día libre, y no me apetecía quedarme sola en casa… Además, si Shay y tú estáis en lo cierto con respecto al estado del país, será mejor que mantenga contentas a mis clientas, ¿no?

Pretendía ser un chiste, pero Jackie no tenía energía para darle el retintín necesario.

– No te castigues, cielo. Si estás hecha polvo, vete a casa. Yo diría que tus clientas habituales no te dejarían ni por dinero ni por amor.

– Nunca se sabe. Además, no, estoy bien. Todo el mundo me trata muy bien. Saben lo ocurrido, porque lo han leído en los periódicos y porque me ausenté ayer, así que me traen tazas de té y me dejan hacer pausas para fumar cuando lo necesito. Estoy mejor aquí. ¿Dónde estás tú? ¿No has ido a trabajar?

– Me he tomado unos días libres.

– Eso está muy bien, Francis. Trabajas demasiado duro. Haz algo agradable. Lleva a Holly a algún sitio.

– De hecho, mientras disfruto de mi tiempo libre, me encantaría tener una conversación con mamá -tercié-. Nosotros dos solos, sin papá cerca. ¿Hay alguna hora del día especialmente propicia para ello? No sé, ¿hay algún momento en el que papá acostumbre a salir a comprar o a ir al pub?

– La mayoría de los días sí. Pero… -Notaba el esfuerzo que estaba haciendo por concentrarse-. Ayer le dolía muchísimo la espalda. Y yo diría que hoy también. Casi no podía salir de la cama. Y cuando le duele tanto, normalmente se pasa el día durmiendo. -Traducción: algún médico le había dado unos somníferos que mi padre aderezaba con el vodka escondido bajo la tabla del suelo y eso lo tumbaba durante unas horas-. Mamá estará en casa todo el día, al menos hasta que regrese Shay, por si necesita algo. Llámala; estará encantada de verte.

– Sí, lo haré -convine-. Dile a Gav que te cuide mucho, ¿de acuerdo?

– Se está portando de maravilla, de verdad. No sé qué haría sin él… Escucha, ¿quieres venir a vernos a casa esta noche? ¿Quieres cenar con nosotros?

Pescado frito con patatas y salsa de lástima: sonaba delicioso.

– Ya tengo planes -contesté-. Pero gracias, cielo. Quizás en otro momento. Será mejor que regreses al trabajo antes de que a alguien se le queden verdes las mechas.

Jackie intentó reírme la ocurrencia, pero no lo consiguió.

– Sí, será mejor que sí. Cuídate mucho, Francis. Saluda a mamá de mi parte. -Y desapareció entre la niebla de ruido de secador de pelo, cháchara y tazas de té azucarado.

Jackie tenía razón: cuando llamé al interfono, mamá apareció en la puerta de casa. También parecía agotada y había perdido peso desde el sábado: le faltaba al menos un michelín. Me observó durante un momento, mientras decidía qué camino tomar. Luego soltó:

– Tu padre está dormido. Vamos a la cocina y no hagas ruido.

Giró sobre sus talones y regresó ruidosa y pesadamente escaleras arriba.

Tenía que arreglarse el pelo.

El piso apestaba a alcohol derramado, a ambientador y a limpiametales. El altar de Kevin era aún más deprimente bajo la luz diurna; las flores estaban medio marchitas, los recordatorios se habían volcado y las velas eléctricas empezaban a atenuarse y parpadear. Débiles ronquidos de satisfacción llegaban, desde el dormitorio.

Mamá había esparcido todos y cada uno de los objetos de plata que poseía sobre la mesa de la cocina: cubertería, broches, marcos de fotografías y misteriosas porquerías seudoornamentales que a todas luces habían dado miles de vueltas en el tiovivo de los regalos que nadie quiere antes de acabar allí. Pensé en Holly, con los ojos hinchados de tanto llorar mientras frotaba enérgicamente el mobiliario de su casa de muñecas.

– Dame -dije, al tiempo que agarraba un paño-. Te echaré una mano.

– Seguro que lo rompes todo, con esas manazas que tienes…

– Déjame intentarlo. Si ves que lo hago mal, me enseñas.

Mamá me miró con recelo, pero la oferta era demasiado buena para dejarla pasar.

– Bueno, supongo que no hay ningún daño en que hagas algo útil. Voy a prepararte una taza de té.

No era una pregunta. Agarré una silla y empecé por la cubertería, mientras mi madre trajinaba en los armarios. La conversación que deseaba mantener con ella habría funcionado mejor de haberse tratado de una charla entre madre e hija, pero, como no disponía del material para cambiarme de sexo, pensé que compartir los quehaceres domésticos al menos nos encauzaría hacia la onda correcta. De no haber estado ocupada con la plata, se me habría ocurrido otra cosa que limpiar.

Mamá dijo, a modo de salva de apertura:

– El lunes por la noche te fuiste sin más.

– Tenía que irme. ¿Cómo has estado estos días?

– ¿Cómo crees que he estado? Si tanto te interesaba saberlo, haber estado aquí.

– No puedo ni imaginar lo que esto está siendo para ti -dije, palabras que pueden sonar a fórmula, pero no por ello son menos ciertas-. ¿Puedo hacer algo por ti?

Arrojó bolsas de té en la tetera.

– Estamos perfectamente, gracias. Los vecinos se han portado de maravilla: nos han traído comida para quince días y Marie Dwyer me ha dejado guardar los recipientes en su congelador. Hemos vivido sin tu ayuda todo este tiempo, sobreviviremos un poco más.

– Ya lo sé, mamá. Pero, si se te ocurre algo que necesites, házmelo saber. ¿Vale? Lo que sea.

Mamá dio media vuelta y me apuntó con la tetera.

– Te diré lo que puedes hacer. Puedes agarrar a tu amigo ese, como se llame, por el pescuezo y decirle que envíe a tu hermano a casa. No puedo acudir a la funeraria para los preparativos, no puedo ir a ver al padre Vincent para organizar la misa, no puedo decirle a nadie cuándo enterraré a mi hijo porque un imbécil con cara de Popeye no quiere decirme cuándo liberará el cadáver, según sus palabras, indeseable. Como si nuestro Kevin fuera de su propiedad…