– Ya lo sé -contesté-. Te prometo que haré cuanto esté en mi mano. Pero su intención no es hacerte este trago aún más difícil. Sencillamente está cumpliendo con su trabajo con la máxima celeridad posible.
– Su trabajo es asunto suyo, no mío. Si nos hace esperar más, tendremos que usar un ataúd cerrado. ¿Se te ha ocurrido pensarlo?
Podría haberle dicho que el ataúd probablemente tendría que ser cerrado de todos modos, pero me dio la sensación de que ya habíamos alcanzado la meta de aquella línea de conversación.
– Me han explicado que has conocido a Holly -comenté.
Una mujer de menos valía habría puesto cara de culpabilidad, aunque fuera por un instante, pero mi madre no. Levantó la barbilla con gesto indignado.
– ¡Y ya era hora! Esa niña podría haberse casado y haberme dado bisnietos antes de que tú hubieras movido un dedo por traerla aquí. ¿Acaso pensabas que, si esperabas el tiempo necesario, me habría muerto antes de que te decidieras a presentarnos?
Se me había pasado por la cabeza.
– Te tiene cariño -apunté-. ¿Qué te parece?
– Es la viva estampa de su madre. Son encantadoras, ambas. Mucho mejores de lo que te mereces.
– ¿Has conocido a Olivia? -Alcé mi sombrero a Liv mentalmente por haber esquivado el tema con tanta habilidad.
– Sólo la he visto dos veces. Trajo a Holly y a Jackie a vernos. ¿Qué pasa? ¿No te bastaba una chica de Liberties?
– Ya me conoces, mamá. Me gusta apuntar alto.
– Y mira adonde te ha llevado eso. ¿Ahora estáis divorciados o sólo separados?
– Divorciados. Hace un par de años.
– Puf. -Mi madre frunció los labios-. Yo nunca me divorcié de tu padre.
A lo que yo podría haber contestado a muchos niveles.
– Es verdad -me limité a decir.
– Ahora ya no puedes comulgar.
La conocía demasiado como para caer en esa trampa, pero nadie te conoce como tu familia.
– Mamá, aunque quisiera comulgar, cosa que no pretendo hacer, a la iglesia le resbala que me divorcie y entre en coma, siempre y cuando no mantenga relaciones con cualquiera que no sea Olivia. El problema serán las encantadoras muchachas con las que me he acostado desde entonces.
– No seas cochino -me cortó mi madre-. Yo no soy ninguna sabihonda como tú, y no conozco los entresijos, pero sí sé algo: el padre Vincent no te daría la comunión en la iglesia donde fuiste bautizado. -Me enseñó un dedo triunfante. Al parecer, se había anotado un tanto ganador.
Me recordé que necesitaba mantener aquella conversación más de lo que necesitaba tener la última palabra.
– Probablemente tengas razón -accedí en actitud mansa.
– Por supuesto que la tengo.
– Al menos no estoy educando a Holly para que sea una pagana. Ella sí va a misa.
Pensé que mencionar a Holly volvería a enternecer a mi madre, pero en esta ocasión sólo conseguí que se le encrespara aún más la espalda; era una mujer impredecible.
– ¡Por mí como si es pagana! ¡No me invitaste a su Primera Comunión! ¡Mi primera nieta!
– Mamá, es tu tercera nieta. Carmel tiene dos niñas mayores que ella.
– Pero es la primera que lleva nuestro apellido. O al menos eso parece. No sé a qué juega Shay; podría tener una docena de novias y nunca lo sabríamos; jamás en su vida nos ha presentado a ninguna, y te juro por Dios que estoy a punto de darme por vencida con él. Tu padre y yo creíamos que Kevin sería quien… -Se mordió el labio y subió el volumen de la ceremonia del té, depositando con estrépito las tazas en platillos y echando galletas en una bandeja. Al cabo de un rato añadió-: Y supongo que ya no volveremos a ver a Holly.
– Mira -dije, sosteniendo en alto un tenedor-. ¿Ha quedado bien limpio?
Lo miró de soslayo.
– No. Tienes que limpiar también entre los dientes.
Trajo los utensilios del té a la mesa, me sirvió una taza y empujó la leche y el azúcar hacia mí.
– Le he comprado a Holly un regalito para Navidad. Un vestidito de terciopelo muy bonito -dijo al fin.
– Aún faltan un par de semanas -respondí yo-. Veamos cómo lo llevamos.
Fui incapaz de leer su mirada de soslayo, pero lo dejó ahí. Asió otro paño, se sentó frente a mí y agarró un objeto de plata que perfectamente podía ser un tapón para botellas.
– Bébete el té -me ordenó.
El té estaba lo bastante fuerte como para saltar de la tetera y asestarte un puñetazo. Todo el mundo estaba en sus puestos de trabajo y la calle se hallaba sumida en un silencio casi sepulcral; únicamente se escuchaba el suave repiqueteo de la lluvia y el lejano murmullo del tráfico. Mi madre limpió a conciencia varios objetos de plata indefinidos; yo acabé con la cubertería y me enfrasqué en un marco fotográfico cubierto de unas bonitas flores que yo nunca dejaría limpias de acuerdo con los estándares de mi madre, pero al menos sabía lo que era. Cuando tuve la sensación de que el ambiente se había sosegado, dije:
– ¿Puedo preguntarte algo? ¿Es verdad que papá tuvo un amorío con Theresa Daly antes de que tú aparecieras en escena?
Mamá alzó la cabeza de súbito y me miró atentamente. Su expresión no cambió, pero un sinfín de cosas espantosas recorrieron sus ojos.
– ¿Quién te ha dicho eso? -quiso saber.
– Así que es verdad…
– Tu padre es un imbécil. Y, si no te has dado cuenta, es que tú también lo eres.
– Bueno, sí me había dado cuenta. Simplemente no sabía que era imbécil hasta ese punto…
– Ésa siempre andaba buscando problemas, intentando llamar la atención, riéndose como una tonta por la calle, gritando y armando escándalo con sus amigas.
– Y a papá le encantaba…
– ¡Les encantaba a todos! Los hombres son todos tontos; se vuelven locos con esas tonterías. Tu padre, Matt Daly y la mitad de los hombres de Liberties, todos iban detrás de Tessie O'Byrne como perrito falderos. Y ella se dejaba hacer: les daba cancha a tres o cuatro de ellos al mismo tiempo y, cuando le parecía que no le prestaban la suficiente atención, rompía con ellos. Y los muy tontos volvían arrastrándose a por más.
– Bueno, no sabemos lo que nos conviene -observé yo-. Y menos de jóvenes. Papá debía de ser un chiquillo por entonces, ¿me equivoco?
Mamá respondió con desdén:
– Lo bastante mayor como para darse cuenta. Yo era tres años más niña y te aseguro que podría haberle dicho que aquel asunto acabaría en lágrimas.
– ¿Tú ya le tenías echado el ojo? -pregunté.
– Claro que sí. ¿Qué te crees? No creerías… -Sus dedos se habían ralentizado sobre el adorno-. Ahora no lo creerías, pero en aquella época tu padre era guapísimo. Tenía una bonita cabellera rizada y esos ojos azules… ¡Y menuda risa! Tenía una risa preciosa.
Ambos miramos involuntariamente hacia fuera de la puerta de la cocina, en dirección a la habitación. Mi madre dijo, y aún se percibía que aquel nombre le sabía al helado de la temporada entre los labios:
– Jimmy Mackey podría haber escogido a cualquier chica del barrio.
Le sonreí.
– ¿Y apostó por ti?
– Yo no era más que una cría. Tenía quince años cuando empezó a pretender a Tessie O'Byrne y yo no era como las muchachas de hoy, que parecen veinteañeras antes de cumplir los doce; aún no tenía la figura definida, no llevaba maquillaje, no tenía ni idea de… Intentaba que intercambiáramos alguna miradita cuando lo veía de camino al trabajo por la mañana, pero tu padre nunca volvía la vista para mirarme. Estaba loco por Tessie. Y a ella era el chico que más le gustaba.
Jamás en la vida me habían explicado nada de aquello y apostaba lo que fuera a que a Jackie tampoco o, de lo contrario, me lo habría contado. Mi madre no es del tipo de personas que comparten sus sentimientos; si le hubiera formulado aquella pregunta una o dos semanas antes, no me habría llevado a ningún sitio. Kevin la había dejado rota, en carne viva. Y hay que aprovechar las ocasiones cuando se presentan.