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– Me alegro de haberte visto. ¡Vuelve pronto!

Detrás de ella, mi padre chilló con voz flemática:

– ¡Josie!

Incluso supe exactamente cómo habría descubierto dónde estaría aquella noche Rosie. La única vía de acceso a esa información había sido Imelda, y sólo se me ocurría un motivo para que mi padre hubiera andado cerca de ella. Siempre había dado por supuesto que cuando desaparecía durante un par o tres de días era bebida lo que buscaba. Ni siquiera después de todo lo que había hecho se me ocurrió jamás que pudiera ponerle los cuernos a mi madre; de haberlo imaginado, habría supuesto que se lo impediría cualquier incapacidad provocada por el alcohol. Mi familia es un baúl lleno de sorpresas.

Imelda pudo explicarle a su madre lo que Rosie le había confesado, ya fuera por complicidad entre mujeres, por buscar afecto o quién sabe por qué, o podría haber insinuado algo cuando mi padre andaba por su casa, quizá sólo una pista para hacerse pasar por más lista que el tipo que se estaba follando a su madre. Pero, tal como ya he aclarado, mi padre no tiene un pelo de tonto. Debió de sumar dos más dos.

En esta ocasión, cuando llamé al interfono de Imelda nadie contestó. Retrocedí unos pasos y observé su ventana: algo se movió tras el visillo. Hice sonar el interfono durante tres minutos seguidos hasta que por fin conseguí que descolgara el auricular.

– ¡¿Qué?!

– Hola, Imelda. Soy Francis. Sorpresa.

– Esfúmate.

– Vamos, Melda, sé buena chica. Tenemos que hablar.

– No tengo nada que hablar contigo.

– Pues qué desgracia. Porque no tengo ningún otro sitio adonde ir, de manera que voy a sentarme a esperarte al otro lado de la calle, en mi coche, el tiempo que haga falta. Es el Mercedes plateado del 1999. Cuando te aburras de este jueguecito, ven a verme, tendremos una charlita y luego te dejaré en paz para el resto de tu vida. Sin embargo, si soy yo quien se aburre primero, empezaré a formular preguntas sobre ti a tus vecinos. ¿Te ha quedado claro?

– Vete al infierno.

Colgó. Imelda era tozuda. Me figuré que tardaría al menos dos horas, quizá tres, en ceder y venir en mi busca. Me dirigí a mi coche, puse un compacto de Otis Redding y abrí la ventana para compartir mi música con los vecinos. Podían pensar que se trataba o bien de un policía o bien de un camello o de un cobrador del frac, pero seguramente ninguna de las tres opciones les pareciera conveniente.

A esas horas, en Hallows Lane reinaba el silencio. Un anciano en un andador y una viejecita que andaba puliendo su plata mantuvieron una larga conversación de desaprobación acerca de mí, y un par de madres buenorras me miraron de reojo al regresar de sus compras. Un tipo con un traje chaqueta resplandeciente y un montón de problemas se pasó cerca de cuarenta minutos frente a la puerta de Imelda, balanceándose adelante y atrás y usando todas las neuronas que le quedaban en el cerebro para gritar «¡Deco!» con todas sus fuerzas en dirección a la ventana superior a intervalos de diez segundos, pero Deco tenía cosas mejores que hacer y finalmente el tipo se largó de allí. En torno a las tres, alguien que no podía ser otra que Shania subió no sin grandes esfuerzos las escaleras frontales y entró en la casa del número diez. Isabelle llegó poco después. Era el vivo retrato de Imelda en los años ochenta, incluso tenía aquel mismo ángulo desafiante en la barbilla y ese caminar cimbreante con largas piernas de folladora; no pude descifrar si me suscitaba pena o me daba esperanzas. Cada vez que las sucias cortinas de encaje se movían, yo saludaba con la mano.

Poco después de las cuatro, cuando empezaba a oscurecer y Genevieve había regresado ya de la escuela y yo había pasado a escuchar James Brown, oí un tamborileo con los dedos en la ventana del copiloto. Era Scorcher.

«Se supone que ni siquiera debo acercarme a nada relacionado con este caso -le había confesado a Imelda-. He arriesgado mi placa por el mero hecho de venir a verte.» No estaba seguro de si despreciarla por chivata o admirarla por sus recursos. Apagué la música y bajé la ventanilla.

– Detective. ¿Qué puedo hacer por usted?

– Abre la puerta, Frank.

Alcé las cejas, fingiendo sorpresa ante su adusto tono, pero me incliné hacia la puerta y la abrí. Scorcher entró en el coche y la cerró con fuerza.

– Arranca el motor -me ordenó.

– ¿Escapas de algo? Puedes esconderte en el maletero si ése es tu deseo…

– No estoy de humor para bromas. Voy a sacarte de aquí antes de que intimides a esas pobres muchachas más de lo que ya lo has hecho.

– No soy más que un hombre metido en su coche, Scorch. Estoy aquí sentado contemplando con nostalgia mi viejo barrio. ¿Qué tiene eso de intimidatorio?

– Conduce.

– Bien. Conduciré si antes respiras hondo unas cuantas veces. Mi seguro no cubre los ataques de corazón a terceros. ¿Trato hecho?

– No me obligues a detenerte. Solté una carcajada.

– Vaya, Scorchie, eres una joya. Siempre se me olvida por qué me gustas tanto. ¿Qué te parece si nos arrestamos el uno al otro? -Me zambullí entre el tráfico y me dejé llevar por la corriente-. Pero cuéntame… ¿A quién he estado intimidando?

– A Imelda Tierney y a sus hijas, como bien sabes. La señora Tierney dice que entraste a la fuerza en su piso ayer y que tuvo que amenazarte con un cuchillo para que te fueras.

– ¿Imelda? ¿Llamas a Imelda «muchacha»? Madre mía, Scorcher, pero si tiene cuarenta y tantos años. El término políticamente correcto para las mujeres de esa edad hoy en día es «mujer».

– Sus hijas son muchachas. La más pequeña tiene sólo once años. Dicen que has estado sentado aquí toda la tarde haciéndoles gestos obscenos.

– No he tenido el placer de conocerlas. ¿Son muchachas agradables? ¿O se parecen a su madre?

– ¿Qué te dije la última vez que nos vimos? ¿Qué fue lo único que te pedí que hicieras?

– Apartarme de tu camino. Y lo entendí perfectamente, alto y claro. Lo que no acabo de entender es en qué momento te has convertido tú en mi jefe. La última vez que lo comprobé, mi jefe estaba mucho más gordo que tú y ni por asomo era tan guapo.

– No necesito ser tu puñetero jefe para ordenarte que mantengas las narices alejadas de mi caso. Es mi investigación, Frank; son mis órdenes. Y te las has saltado.

– Denúnciame. ¿Necesitas mi número de placa para hacerlo?

– Vaya, Frank, qué divertido. Es hilarante. Sé perfectamente que tú las reglas te las pasas por el forro. Sé que crees que eres inmune. Y quizá tengas razón; no sé cómo funcionan las cosas en la Secreta. -A Scorcher no le sentaba bien la indignación: le duplicaba el tamaño de su ya de por sí ancha barbilla y hacía que se le marcara peligrosamente una vena en la frente-. Pero quizá deberías recordar que me he estado esforzando cuanto he podido por hacerte un favor con este caso, por todos los diablos. Me he apartado kilómetros de mi trabajo por ti. Y, llegados a este punto, la verdad es que no entiendo por qué me he molestado tanto. Si sigues fastidiándome a cada oportunidad que se te presente, puede ser que cambie de proceder.

Me contuve de frenar en seco y estamparle la cabeza contra el parabrisas.

– ¿Favor? ¿Te refieres a decir que la muerte de Kevin fue accidental?

– No solamente a decirlo. Así constará en el certificado de defunción.

– Ostras, déjame que te felicite. ¡Guau! Estoy desbordado de gratitud, Scorch. De verdad te lo digo.

– Esto no va sólo de ti, Frank. Es posible que te importe un bledo si la muerte de tu hermano queda registrada como accidente o como suicidio, pero apuesto a que a tu familia sí le importa.

– Ah, no, no, no. Ni se te ocurra seguir por ese camino… Por lo que respecta a mi familia, no tienes ni la más remota idea de a qué te enfrentas, amiguito. Porque, aunque te sorprenda, tú no eres el dueño de su universo: mi familia creerá exactamente lo que le apetezca creer, al margen de lo que ni tú ni Cooper indiquéis en el certificado de defunción. Mi madre, por ejemplo, me ha pedido que te informe de que, y no hablo en broma, fue un accidente de tráfico. Y además, si toda mi familia ardiera en un incendio, te aseguro que no echaría sobre ellos ni una meada para extinguir el fuego. Me da absolutamente igual lo que piensen que le ocurrió a Kevin.