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La gente tiene la mala costumbre de infravalorarme, y a mí me encanta, pero me sorprendió que Imelda lo hiciera: no parecía la clase de persona que pasa por alto el lado menos dúctil de la naturaleza humana. En su lugar, yo me habría asegurado de pegarme como una lapa a un tipo desagradable con un arma, de la forma que fuera, durante al menos unos días, pero el jueves por la mañana el hogar de las Tierney parecía haber recobrado la normalidad. Genevieve salió arrastrándose hacia la escuela mordisqueando un KitKat, Imelda puso rumbo a New Street y regresó cargada con dos bolsas de plástico e Isabelle salió visiblemente ofendida hacia un lugar que requería llevar el cabello recogido en una coleta y una camisa blanca impoluta; no había rastro alguno de ningún guardaespaldas, ni armado ni sin armar. Esta vez nadie me vio mirar.

Alrededor de las doce, del mediodía, un par de adolescentes con sendos bebés llamaron al interfono; Shania salió a su encuentro y se dirigieron todas a pie a mirar escaparates, a hurtar en tiendas o a lo que sea que hicieran juntas. Una vez estuve seguro de que no iba a regresar porque se había olvidado el tabaco, forcé la cerradura de la puerta principal y subí al piso de Imelda.

Estaba viendo algún programa de tertulias con el volumen a todo trapo; invitados aullándose entre sí y el público clamando sangre. La puerta estaba forrada de cerraduras, pero cuando asomé el ojo por la rendija comprobé que sólo había una echada. Me llevó unos diez segundos forzarla. La televisión camufló el sonido de la puerta al abrirse.

Imelda estaba sentada en el sofá envolviendo regalos de Navidad, lo cual habría constituido una imagen adorable de no haber sido por la bazofia televisiva y por el hecho de que la mayoría de esos regalos fueran prendas Burberry falsas. Yo había cerrado ya la puerta y me acercaba hacia ella por la espalda cuando algo (mi sombra, una tabla del suelo) la hizo volver la vista. Tomó aire para gritar, pero antes de que pudiera empezar a hacerlo yo le había tapado la boca con una mano y le sostenía las muñecas con el otro antebrazo sobre el regazo. Me acomodé en el brazo del sofá y le susurré al oído:

– Imelda, Imelda, Imelda… Y pensar que me habías jurado que no eras una delatora… Estoy terriblemente decepcionado contigo.

Me clavó un codazo en la barriga y, cuando la agarré con más fuerza, intentó morderme la mano. La reduje de manera aún más contundente, echándole la cabeza hacia atrás, hasta que el cuello se le arqueó y noté cómo se le aplastaban los dientes contra el labio.

– Cuando aparte la mano, quiero que pienses en dos cosas. La primera es que yo estoy mucho más cerca que ninguna otra persona. La segunda es lo que pensaría Deco, el vecino de arriba, si supiera que hay un soplón en su edificio, porque le sería muy, muy sencillo averiguar de quién se trata. ¿Crees que te lo cobraría personalmente a ti o pensaría que Isabelle es más suculenta? ¿O quizá Genevieve? Dímelo tú, Imelda. Yo desconozco su gusto.

Se le incendiaron los ojos de pura rabia, como a un animal atrapado. Si hubiera podido arrancarme el pescuezo de un mordisco, lo habría hecho.

– Entonces ¿qué? ¿Vas a gritar?

Al cabo de un momento sus músculos empezaron a relajarse lentamente y negó con la cabeza. La solté, tiré al suelo un puñado de Burberrys que había en un sillón y me acomodé.

– Vaya -exclamé-. ¡Qué escena más hogareña!

Imelda se frotó suavemente la mandíbula.

– Capullo -dijo.

– No me has dejado otra alternativa, guapa. Te brindé dos oportunidades distintas para que hablaras conmigo como una persona civilizada, pero no: tú has querido que fuera de este modo.

– Mi hombre regresará a casa en cualquier momento. Es guarda de seguridad. Si yo fuera tú, no me gustaría verme metido en un jaleo con él.

– Es curioso, porque anoche no estaba en casa y no hay nada en este salón que apunte a que exista. -Aparté los Burberry de una patada para poder estirar las piernas-. ¿Por qué mentirías acerca de algo así, Imelda? No me digas que me tienes miedo…

Se estaba hundiendo en su rincón del sofá, con las piernas y los brazos cruzados y tensos, pero mi comentario la sacó de sus casillas.

– Eso querrías tú, Francis Mackey. Me las he visto con otros mucho más duros que tú.

– Estoy seguro de que es cierto. Y, si no has sabido hacerlo tú sólita, seguro que habrás acudido corriendo a alguien para que te ayude. Fuiste a echar pestes de mí a Scorcher Kennedy… Calla, cierra la maldita boca, y no intentes negármelo. No me hizo ninguna gracia que lo hicieras. Pero lo solventé sin complicaciones. Ahora, lo único que tienes que hacer es decirme a quién le fuiste explicando lo de Rosie conmigo, y, ¡bingo!, todo estará perdonado.

Imelda se encogió de hombros. De fondo, los babuinos de la tele seguían dándose porrazos con las sillas del plató; me incliné hacia delante, sin apartar la vista de Imelda, por si acaso, y desenchufé el aparato dándole un tirón al cable.

– No te he oído-le expliqué.

Otro encogimiento de hombros.

– Creo que he sido más que paciente. Pero ¿ves esto? ¿Ves lo que ha pasado? Pues es el último resquicio de mi paciencia, guapita de cara. Míralo muy detenidamente. Porque es infinitamente mejor que lo que viene a continuación.

– ¿Y qué?

– Que creía que te habían advertido acerca de mí.

Percibí el destello de terror cruzarle el rostro.

– Ya sé lo que van diciendo por ahí. ¿A quién crees tú que asesiné, Imelda? ¿A Rosie o a Kevin? ¿O a ambos?

– Yo nunca he dicho…

– Mira, yo apuesto a que crees que fue a Kevin. ¿Me equivoco? Creí que él había matado a Rosie, así que lo arrojé por esa ventana. ¿Es eso lo que has imaginado?

Imelda tenía el suficiente sentido común como para no contestar.

Mi voz se elevaba a cada instante, pero me importaba un pimiento que Deco y sus coleguitas drogadictos me oyeran. Llevaba toda la semana esperando a dar por fin con una oportunidad para perder los estribos.

– Respóndeme a algo: ¿es que eres tan tonta, tan increíblemente estúpida como para andarte con jueguecitos con alguien que le haría algo así a su propio hermano? No estoy de humor para que me fastidien, Imelda, y ayer te pasaste toda la tarde jodiéndome. ¿Crees que fue buena idea?

– Sólo quería…

– Y aquí estás, jodiéndome otra vez. ¿De verdad intentas deliberadamente forzarme? ¿Acaso pretendes que estalle? ¿Es eso lo que quieres?

– No…

Me había puesto en pie y tenía las manos agarradas como zarpas al respaldo del sofá, una a cada lado de su cabeza y el rostro tan cerca del de ella que podía oler las patatas fritas con aroma a queso y cebolla en su aliento.

– Permíteme que te explique algo, Imelda. Utilizaré un vocabulario sencillo para que lo entienda esa cabeza de zoquete que tienes. Juro por Dios que en los próximos diez minutos vas a responder a mi pregunta. Sé que preferirías mantenerte fiel a la historia que le contaste a Kennedy, pero te digo de antemano que desestimes esa opción. Tu única alternativa es decidir si quieres responder con unas cuantas hostias de por medio o sin ellas.

Intentó agachar la cabeza para apartarla de la mía, pero la tenía cogida con una mano de la barbilla y la obligaba a mirarme.

– Y antes de decidirlo, piensa bien en esto: ¿cuánto me costaría perder la cabeza y retorcerte el pescuezo como a una gallina? Por aquí ya todo el mundo cree que soy poco menos que Hannibal Lecter. ¿Qué más podría perder? -Quizá ya estuviera dispuesta a hablar, pero no le brindé esa oportunidad-. Tu amigo el detective Kennedy quizá no sea el mayor de mis fans, pero es policía, como yo. Si apareces molida a palos o, Dios no lo quiera, más muerta que viva, ¿no crees que intentará proteger a los suyos? ¿En serio crees que se preocuparía más por una golfa tonta de atar por cuya vida nadie daría un duro en este mundo? Te dejaría tirada en menos que canta un gallo, Imelda, porque no eres más que una mierda.