Conocía la expresión de su rostro, la mandíbula flácida, los ojos negros y ciegos demasiado abiertos para pestañear. La había visto en mi madre cientos de veces, en el mismísimo instante en que sabía que la iban a pegar. Pero no me importaba. Pensar en cuánto me habría gustado romperle el pescuezo a Imelda con un solo movimiento de la muñeca casi me provocó arcadas.
– No te importó abrir tu sucia bocaza para responder a todo el mundo. Y ahora te aseguro por mi vida que vas a abrirla para contestarme a mí. ¿A quién le hablaste de Rosie y de mí? ¿A quién, Imelda? ¿A la puta de tu madre? ¿A quién coño le dijiste…?
Casi podía oírla soltándome como un gran escupitajo viscoso de veneno: «Al borracho de tu padre, al asqueroso chuloputas de tu padre», y estaba listo para eso, preparado para encajar el golpe cuando abrió su ancha y roja boca y casi me aulló en la cara:
– ¡Se lo dije a tu hermano!
– ¡Y un cuerno, puta mentirosa! Esa es la bazofia que le vendiste a Scorcher Kennedy y él se la tragó. ¿Acaso te parezco tonto, eh? ¡Dime!
– A Kevin no, imbécil, ¿qué iba a andar haciendo yo con Kevin? A Shay. Se lo dije a Shay.
Se hizo el silencio en aquel salón, un silencio colosal y perfecto como un alud de nieve, como si no hubiera un solo ruido en todo el mundo. Transcurrido lo que pudo ser un largo rato caí en la cuenta de que estaba sentado en el sillón de nuevo y completamente entumecido, como si la sangre hubiera dejado de circularme por el cuerpo. Y un rato después me di cuenta de que alguien en el piso de arriba había encendido la lavadora. Imelda se había achicado entre los cojines del sofá. El terror que reflejaba su rostro me reveló cuál debía de ser mi expresión.
– ¿Qué le dijiste? -pregunté.
– Francis… Lo siento, de verdad. No pensé…
– ¿Qué le dijiste, Imelda?
– Sólo que… tú y Rosie… teníais pensado fugaros.
– ¿Cuándo se lo dijiste?
– El sábado por la noche, en el pub. La víspera de que os marcharais. Pensé que a aquellas alturas ya no haría ningún daño, era demasiado tarde para que nadie intentara deteneros…
Tres muchachas apoyadas en la verja, repeinándose sus melenas, brillantes y agitadas cual potrancas salvajes, inquietas ante el abismo de la noche en la noche en la que todo podía suceder.
Y al parecer casi todo había sucedido.
– Si me das otra puñetera excusa de mierda -la advertí-, voy a atravesar ese televisor robado de una patada.
Imelda se calló.
– ¿Le dijiste adonde íbamos a ir?
Un rápido asentimiento con la cabeza.
– ¿Y dónde habías dejado la maleta?
– Sí. No en qué habitación… sólo le dije que estaba en el número dieciséis.
La sucia luz invernal blanca que se filtraba a través de los visillos se ensañaba con ella. Encogida en una esquina del sofá, en aquel salón sobrecalentado que apestaba a grasa, a cigarrillos y a basura, parecía un saco de huesos recubierto de piel grisácea. No fui capaz de imaginar nada que aquella mujer pudiera haber querido que hubiera merecido todo lo que había echado a perder.
– ¿Por qué, Imelda? ¿Por qué demonios se lo explicaste?
Un gesto de indiferencia. Y entonces la respuesta se abalanzó sobre mí como una lenta ola al ver la trémula mancha roja salpicarle las mejillas…
– Tiene que ser una broma… -comenté-. ¿Estabas enamorada de Shay?
Otro encogimiento de hombros, más fuerte y espinoso esta vez. Aquellas muchachas vestidas de alegres colores gritando y pegándose en broma: «Mandy me ha pedido que te pregunte si a tu hermano le gusta ir al cine y no mirar la película».
– Siempre creí que era a Mandy a quien le gustaba.
– A ella también. A todas. A Rosie no, pero a muchas de nosotras sí. Shay tenía donde escoger.
– ¿Y vendiste a Rosie para atraer su atención? ¿Es eso lo que tenías en mente cuando me aseguraste que la querías?
– Eso no es justo. Yo nunca quise que…
Arrojé el cenicero contra el televisor. Era pesado y lo lancé con tal ímpetu que reventó la pantalla en mil pedazos con un crujido impresionante y una explosión de cenizas, colillas y añicos de vidrio. Imelda exhaló algo a medio camino entre un grito ahogado y un aullido y se apartó de mí arrastrándose, protegiéndose el rostro con el brazo. Motas de ceniza llenaron el aire, descendieron en espiral y se aposentaron en la alfombra, la mesilla de café y el pantalón de chándal de Imelda.
– ¿Y bien? -pregunté-. ¿Qué te había advertido?
Sacudió la cabeza. Tenía una mano presionada con fuerza contra la boca: alguien la había enseñado a no gritar.
Aparté las resplandecientes pintitas de vidrio y encontré los cigarrillos de Imelda en la mesilla de café, bajo una bola de cinta verde.
– Vas a decirme lo que le explicaste, palabra por palabra, con toda la precisión con que seas capaz de recordar. No te dejes nada. Si no recuerdas algo seguro, dilo; no la jodas. ¿Está claro?
Imelda asintió, con fuerza, sin destaparse la boca. Encendí un cigarrillo y me recosté en el sillón.
– Bien -dije-. Adelante, habla.
Podría haberlo contado yo mismo. El pub estaba cerca de la calle Wexford, Imelda no recordaba el nombre.
– Teníamos previsto salir a bailar, Mandy, Rosie y yo, pero Rosie tenía que regresar a casa pronto (su padre estaba en pie de guerra), así que no quería pagar la entrada a la discoteca. Entonces decidimos ir a tomar unas cervezas antes…
Imelda había ido a la barra a buscar su ronda cuando detectó a Shay. Empezó a charlar con él; me la imaginaba toqueteándose el pelo, sacando una cadera, calentándolo. Shay había empezado a flirtear con ella automáticamente, pero a él le gustaban más guapas, más refinadas y mucho menos bocazas, y cuando le sirvieron las cervezas que había pedido las cogió y dio media vuelta para regresar junto con sus amigos a su rincón. Ella simplemente intenta atraer su atención.
– ¿Qué ocurre, Shay? ¿Acaso te gustan los hombres, como dice Francis?
– Mira quién habla -había replicado Shay-. ¿Cuándo fue la última vez que ese gilipollas tuvo una novia? -había preguntado y había echado a andar.
Pero Imelda lo cortó con un:
– Que tú sepas…
Se detuvo en seco.
– ¿Cómo?
– Tus amigos aguardan sus cervezas. No los hagas esperar.
– Ahora mismo regreso. Espérame aquí.
– Ya veremos…
Y por supuesto que lo había esperado. Rosie se había reído de ella cuando les había llevado las bebidas apresuradamente a la mesa y Mandy fingió estar indignada («Me estás robando el novio»), pero Imelda les enseñó el dedo y regresó corriendo a la barra a tiempo para acomodarse allí, con tranquilidad, beberse su cerveza a sorbitos y desabrocharse un botón de la camisa antes de que Shay regresara. El corazón le latía a mil por hora. Shay nunca había vuelto la vista para mirarla antes de aquel día.
Él inclinó la cabeza hacia ella y la miró con aquellos intensos ojos azules que nunca le fallaban, se sentó en un taburete y deslizó una de sus rodillas entre las de ella, la invitó a la siguiente copa y le recorrió los nudillos con un dedo cuando se la acercó. Imelda estiró la historia tanto como pudo para retenerlo junto a ella, pero al final le desembuchó todo el plan allí mismo, en la barra: le contó lo de la maleta, el punto de encuentro, el ferry, la habitación amueblada en Londres, los empleos en la industria de la música, la boda íntima; todos y cada uno de los secretos que Rosie y yo habíamos pasado meses construyendo, fragmento a fragmento, y manteniéndolos en secreto, como tesoros, protegiéndolos con nuestra vida. Imelda se sentía una basura por traicionar a su amiga; ni siquiera se atrevía a ponerse de pie para mirar hacia donde Rosie estaba hablando y riendo a carcajadas con Mandy. Veintidós años después, seguía ruborizándose cuando hablaba de ello. Pero lo había hecho.