Era una historia tan patética, una nadería de tal calibre, el tipo de cosa por el que las chicas se pelean y de la que se olvidan al día siguiente. Y, sin embargo, nos había conducido hasta aquella semana y hasta aquella sala de estar.
– Y sólo por preguntar -añadí-: ¿Te echó Shay un polvo rápido al menos después de todo?
Imelda no me miraba, pero el rojo de sus mejillas se encendió aún más.
– Ah, bueno. Detestaría pensar que te metiste en el embrollo de traicionarnos a Rosie y a mí en vano. Así por lo menos, ya ves, dos personas han acabado muertas y un puñado de vidas han acabado hechas pedazos, pero, eh, al menos tú te tiraste a quien querías.
Con un fino hilillo de voz preguntó:
– ¿Quieres decir… que a Rosie la asesinaron por lo que le conté a Shay?
– ¡Vaya! ¡Eres un genio, Imelda!
– Francis. ¿La…? -Le temblaba todo el cuerpo, como a un caballo asustado-. ¿Fue Shay quien…?
– ¿He dicho yo tal cosa?
Negó con la cabeza.
– Bien visto. Préstame mucha atención, Imelda: si vas por ahí cotilleando lo que acabamos de hablar, si se lo cuentas ni que sea a una persona, te arrepentirás el resto de tu vida. Ya has conseguido arruinar la reputación de uno de mis hermanos; no pienso tolerar que lo hagas también con el otro.
– No le diré nada a nadie. Te lo juro, Francis.
– Eso incluye a tus hijas. Por si lo de ser un chivato viene de familia. -Se estremeció-. Tú nunca hablaste con Shay y yo nunca he estado aquí. ¿Entendido?
– Sí. Francis… Lo siento. Dios, lo lamento muchísimo. Jamás pensé…
– Mira lo que has hecho -la corté. Fue lo único que me salía de la boca-. Por el amor de Dios, Imelda. Mira lo que has hecho.
Y la dejé allí, con la vista perdida en la ceniza, en los añicos de cristal y en el vacío.
Capítulo 19
Aquella noche duró una eternidad. Estuve a punto de telefonear a mi encantadora amiguita del laboratorio de la Científica, pero no hay nada como un compañero que sabe demasiadas cosas acerca de cómo murió tu ex para arruinar un polvo alegre. Pensé en ir al bar, pero no tenía sentido a menos que planeara ponerme como una cuba, cosa que se me antojó una pésima idea. Incluso barajé durante un buen rato la idea de telefonear a Olivia y preguntarle si podía ir a su casa, pero me figuré que probablemente ya había forzado demasiado mi suerte aquella semana. Acabé en el Ned Kelly de la calle O'Connell, jugando partida tras partida en los billares del cuarto trasero con tres tipos rusos que no hablaban demasiado inglés pero que sabían detectar las señales internacionales de un hombre en apuros. Cuando el Ned cerró, regresé a casa y me senté en el balcón, donde fumé como una carretilla hasta que el trasero empezó a congelárseme, momento en el cual decidí entrar en el salón y mirar cómo unos chavales blancos llenos de falsas ilusiones hacían gestos de rapero en un reality show hasta que se hizo lo bastante de día para desayunar. Cada cinco minutos intenté con todas mis fuerzas apagar el interruptor que iluminaba los rostros de Rosie, Kevin y Shay en mi cabeza.
No era al Kev adulto al que veía, sino al crío con la cara sudorosa que había compartido colchón conmigo tanto tiempo que aún podía notar sus pies metidos entre mis espinillas para calentárselos en invierno. Había sido el más guapo de nosotros con diferencia, un querubín rubio salido de un anuncio de cereales; Carmel y sus amigas solían sacarlo de paseo como si fuera un muñeco de trapo, le cambiaban la ropa, lo atiborraban de golosinas y ensayaban con él a ser madres algún día. Él permanecía tumbado en los cochecitos de juguete de ellas, boca arriba, con una gran y feliz sonrisa en el rostro, deleitado con ser el centro de atención. Incluso a aquella edad, Kev adoraba a las mujeres. Esperaba que alguien hubiera explicado a sus múltiples novias con el tacto requerido por qué no regresaría a verlas nunca más.
Y no era la Rosie resplandeciente con su primer amor y sus grandes planes quien me venía a la cabeza; era Rosie enfadada. Una tarde de otoño, cuando a mis diecisiete años, Carmel, Shay y yo estábamos fumando en los escalones de la entrada a casa. En aquel entonces, Carmel fumaba y me dejaba gorronearle tabaco durante los meses de escuela, cuando yo no trabajaba y no podía costearme comprarme el mío propio. El aire olía a humo de turba, a bruma y a Guinness, y Shay silbaba entre dientes una canción para sí mismo. Entonces empezaron los gritos.
Era el señor Daly y estaba hecho un basilisco. Su voz no nos llegaba clara, pero pudimos captar lo esenciaclass="underline" que no pensaba permitir que lo humillaran bajo su propio techo y que alguien iba a recibir una buena bofetada si no se andaba con cuidado. Mis tripas se transformaron en un bulto de hielo sólido.
– Una libra a que ha sorprendido a su hijita con algún jovenzuelo -apostó Shay.
Carmel chasqueó la lengua.
– No seas guarro.
– Acepto la apuesta -pronuncié sin alterarme.
Rosie y yo llevábamos saliendo más de un año. Nuestros amigos lo sabían, pero lo manteníamos en relativo secreto para que no se extendiera demasiado: sólo lo necesario para poder divertirnos y andar por ahí, nada serio. A mí me fastidiaba bastante, pero Rosie insistía en que a su padre no le haría ninguna gracia, y lo decía convencida. Parte de mí se había pasado el año esperando a que aquella tarde me estampara un bofetón en plena cara.
– Pero si tú no tienes una libra…
– Es que no la necesitaré.
Las ventanas del vecindario empezaban a abrirse: los Daly discutían menos que cualquier otra familia del barrio, así que aquello era un escándalo de primera categoría.
– ¡No tienes ni puñetera idea de lo que pasa! -gritó Rosie.
Di una última calada al pitillo, apurándolo hasta el filtro.
– Me debes una libra -le dije a Shay.
– Te la daré cuando cobre.
Rosie salió hecha una furia del número tres, pegó un portazo lo bastante contundente como para que las viejecitas cotillas regresaran a sus guaridas a disfrutar del escándalo en privado, y se dirigió hacia nosotros. Recortado contra aquel día de un cielo gris otoñal, su cabello parecía a punto de incendiar el aire y hacer que todo Faithful Place estallara en mil pedazos.
– Hola, Rosie. Estás guapísima, como siempre -dijo Shay.
– Y tú estás igual de gilipollas que siempre también. Francis, ¿podemos hablar?
Shay silbó; Carmel estaba boquiabierta.
– Sí, claro – le contesté y me puse en pie-. Vamos a dar una vuelta.
Lo último que oí a mis espaldas, cuando girábamos la esquina con la calle Smith, fue la risa más obscena de Shay.
Rosie llevaba las manos metidas hasta el fondo de los bolsillos de su chaqueta tejana y caminaba tan rápido que me costaba seguirle el paso.
– Mi padre lo ha descubierto -me indicó, mascullando las palabras.
Yo lo había visto venir, pero ello no obstó para que me sentara como un mazazo.
– ¡Joder! -exclamé-. Eso me ha parecido. ¿Cómo ha sido?
– Cuando estuvimos en el Neary's. Debería haber sabido que no era un lugar seguro; mi prima Shirley y sus amigas lo frecuentan y tiene una boca del tamaño de la puerta de una iglesia. La muy zorra nos vio. Se lo contó a su madre, su madre se lo contó a la mía y a mi madre le faltó tiempo para explicárselo a mi padre.
– Y se ha puesto hecho una furia…
Rosie explotó:
– ¡Pedazo de cabrona! ¡Maldita gilipollas! La próxima vez que vea a Shirley le voy a cruzar la cara de un bofetón. Mi padre no atiende a razones, ha sido igual que hablarle a una pared.
– Rosie, tranquilízate…
– Me ha advertido que no le vaya llorando cuando aparezca preñada, abandonada y cubierta de morados. Dios, Frank, me daban ganas de matarlo. Te lo juro…