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– Y entonces ¿qué haces aquí? ¿Sabe tu padre que…?

– Sí, claro que lo sabe -respondió Rosie-. Me ha enviado a dar una vuelta contigo para poner fin a nuestra relación.

Ni siquiera tuve conciencia de haberme detenido en medio de la acera hasta que Rosie giró la cabeza para comprobar dónde estaba.

– No pienso hacerlo, tonto. ¿De verdad crees que te dejaría porque mi padre me diga que lo haga? ¿Es que te has vuelto idiota?

– ¡Joder! -exclamé. Poco a poco el corazón se me deslizó de nuevo a su sitio-. ¿Es que quieres provocarme un infarto? Pensaba que… Por Dios…

– Frank -regresó a mi lado y entrelazó sus dedos con los míos, con tanta fuerza que casi me dolía-, no voy a romper contigo, ¿entendido? Simplemente no sé qué hacer.

Habría dado un riñón por ser capaz de dar con la respuesta mágica.

Salí con la oferta más caballeresca que se me ocurrió.

– Iré a hablar con tu padre. De hombre a hombre. Le explicaré que no pretendo hacerte daño.

– Eso ya se lo he dicho yo. Cientos de veces. Pero él cree que lo único que quieres es llenarme la cabeza de pájaros para meterte en mis bragas y que yo soy idiota y me lo trago todo. ¿Crees que te escuchará? Si no me escucha ni a mí…

– Pues se lo demostraré. Una vez compruebe con sus propios ojos que te trato bien…

– ¡No tenemos tiempo! Me ha dicho que o rompo contigo esta noche o me echa de casa, y lo hará, te juro que lo hará. A mi madre se le rompería el corazón, pero a él le importa un bledo. Y si él le dice que no vuelva a verme siquiera, que Dios la ampare, te aseguro que ella lo obedecerá.

Tras diecisiete años con mi familia, mi solución por defecto a cualquier cosa era mantener la boca cerrada.

– Pues dile que lo has hecho. Que me has dejado. Nadie tiene por qué saber que seguimos siendo novios.

Rosie se quedó inmóvil; noté los engranajes de su mente moverse a toda velocidad.

Al cabo de un momento preguntó:

– ¿Durante cuánto tiempo?

– El que haga falta hasta que se nos ocurra un plan mejor o hasta que tu padre se calme, no lo sé. Si seguimos juntos lo suficiente, algo tiene que cambiar.

– Quizá. -Seguía pensando atropelladamente, con la cabeza gacha sobre nuestras manos entrelazadas-. ¿Crees que lo conseguiremos? La gente de por aquí es tan chismosa…

– No digo que vaya a ser fácil -contesté-. Tendremos que explicarle a todo el mundo que hemos cortado y conseguir que suene creíble. No podremos dejarnos ver juntos. Y tú siempre estarás preocupada por si tu padre nos descubre y te echa de casa.

– Me importa un comino. Pero ¿qué hay de ti? Tú no tienes por qué andar por ahí escapándote a hurtadillas; tu padre no intenta convertirte en una monja. ¿Crees que merece la pena?

– Pero ¿se puede saber qué pregunta es ésa? -repliqué-. Rosie, yo te quiero.

Me quedé perplejo. Jamás lo había dicho antes. Y sabía que nunca volvería a decirlo, no de verdad; sabía que sólo se tiene una oportunidad en la vida. A mí se me presentó de la nada, una nublada tarde otoñal, bajo la luz amarillenta de una farola reflejándose en el pavimento mojado y brillante, con los fuertes dedos de Rosie entrelazados a los míos.

Rosie abrió la boca y exclamó:

– ¡Oh! -Luego emitió algo parecido a una risa maravillosa, incontenible, sin aliento.

– Ya lo he dicho -anuncié.

– Bueno, en ese caso… -Otro semiestallido de risa-. En ese caso, de acuerdo.

– ¿De acuerdo?

– Sí. Yo también te quiero. Encontraremos una solución. ¿Verdad?

Me había quedado sin palabras; no podía pensar en nada más que no fuera estrecharla entre mis brazos. Un anciano pasó paseando a su perro junto a nosotros y farfulló algo acerca de armar jaleo, pero yo no habría podido moverme ni aunque lo hubiera querido. Rosie presionó su rostro contra el hueco de mi cuello; noté sus pestañas rozarme la piel y luego el rastro de humedad que dejaron en su estela.

– Claro que sí -contesté entre su cálido cabello, y estaba convencido de que así sería porque guardábamos en la manga la carta del triunfo, el comodín que se impondría a toda la baraja-. Encontraremos una salida.

Regresamos a casa, después de haber paseado y haber hablado hasta extenuarnos, para iniciar el cauteloso y crucial proceso de convencer a todo Faithful Place de que habíamos pasado a ser historia. Aquella noche, de madrugada, pese a la larga e ingeniosa espera que habíamos planeado, nos citamos en la casa del número dieciséis. Nos daba exactamente igual que fuera peligroso citarnos a aquella hora. Nos tumbamos sobre los chirriantes tablones del suelo y Rosie nos cubrió con la suave mantita azul que siempre llevaba con ella, y aquella noche no pronunció un «¡Para!» en ningún momento.

Aquella noche fue uno de los motivos por los que jamás imaginé que Rosie pudiera estar muerta. Por la ira que la invadía cuando se enfadaba: podrías haber encendido una cerilla con sólo rozarle la piel, podrías haber iluminado varios árboles de Navidad, habría sido posible divisarla desde el espacio. Y que todo eso se hubiera desvanecido en la nada, que hubiera desaparecido para siempre, se me antojaba impensable.

Si se lo pedía, Danny el Fósforos incendiaría la tienda de bicicletas y apañaría artísticamente todas las pruebas para que Shay pareciera el culpable. Si no, conocía a varios tipos capaces de dejar a Danny a la altura del betún que harían un fantástico trabajo, coronado con el grado de dolor que yo solicitase, para asegurarse de que ni una sola de las piezas de recambio de Shay volviera a aparecer nunca en la vida.

El problema es que yo no quería contar con Danny el Fósforos ni con la Brigada de los Tornillos ni con nadie más. Scorcher estaba descartado: si necesitaba a Kevin para ocupar el papel del malo de la película, podía quedárselo. Olivia tenía razón: ya nada de lo que nadie dijera podía herir a Kev, y la justicia había descendido varios peldaños en mi lista de deseos navideños. Lo único en el mundo que yo quería en aquellos momentos era a Shay. Cada vez que me asomaba por el Liffey, lo veía en su ventana, en medio de aquella maraña de luces, fumando y devolviéndome la mirada al otro lado del río, aguardando pacientemente a que fuera a su encuentro. Jamás había deseado a ninguna chica, ni siquiera a Rosie, tanto como lo deseaba entonces a él.

El viernes por la tarde le envié un mensaje de móvil a Stephen: «En el mismo lugar, a la misma hora». Llovía, esa aguanieve densa que te empapa toda la ropa y te cala el frío en los huesos.

El Cosmo estaba abarrotado de personas cansadas y cargadas con las bolsas de las compras que albergaban la esperanza de entrar de nuevo en calor si se guarecían allí el tiempo suficiente. Esta vez sólo pedí un café. Ya sabía que aquel encuentro no iba a prolongarse mucho.

Stephen parecía un poco inseguro acerca de qué estábamos haciendo allí, pero era demasiado educado para preguntar.

– Aún no nos ha llegado el desglose de las llamadas telefónicas de Kevin -me informó.

– Ya lo suponía. ¿Sabes cuándo tienen previsto cerrar la investigación?

– Nos han dicho que probablemente el martes. El detective Kennedy dice que… bueno… piensa que contamos con suficientes pruebas para dar el caso por concluido. Por ahora, simplemente estamos ordenando el papeleo.

– Tengo la impresión de que has oído hablar de la encantadora Imelda Tierney -observé.

– Sí, bueno…

– El detective Kennedy piensa que su declaración es la pieza final del rompecabezas, encaja a la perfección, ahora ya lo puede envolver todo en un bonito paquetito, hacerle unos preciosos lazos y presentárselo a la Fiscalía General del Estado. ¿Estoy en lo cierto?

– Más o menos, sí.

– ¿Y qué opinas tú?

Stephen se rascó el pelo y se le quedaron algunos mechones de punta.

– Por lo que ha explicado el detective Kennedy, y corríjame si me equivoco -empezó a decir-, diría que Imelda Tierney está bastante cabreada con usted.