Выбрать главу

– No te equivoques. No pretendo protegerte. No tendría ningún inconveniente en que arriesgaras tu carrera de aquí al 2012, así que mucho menos hasta el próximo martes, si pensara aunque sólo fuera por un segundo que podría reportarnos algún beneficio. Pero no lo creo.

– Usted quiso que me implicara en este caso, prácticamente me empujó a ello… Pues bien, ahora ya estoy implicado y no pienso tirar la toalla. No vale cambiar de opinión cada pocos días: ve a buscar el palo, Stephen, suelta el palo, Stephen, ve a buscar el palo, Stephen… Yo no soy ni su chapero ni el del detective Kennedy.

– En realidad -lo corté-, sí que lo eres. Te voy a tener vigilado, Stevie, amiguito, y si intuyo siquiera que sigues metiendo las narices donde no te llaman, voy a sacar ese informe de la autopsia y ese informe de huellas dactilares, se los voy a llevar al detective Kennedy y le voy a explicar cómo los he obtenido. Entonces tú entrarás a formar parte de su lista negra, formarás parte de mi lista negra y es más que probable que te destinen a una comisaría en el culo del mundo. Así que te lo repito una vez más: aléjate de este caso. ¿Lo has entendido?

Stephen estaba demasiado estupefacto y era demasiado joven para camuflar su conmoción; me devolvía una mirada con una mezcla desnuda y abrasadora de ira, diversión y asco. Precisamente lo que yo quería: cuanto más altanero se pusiera conmigo, menos desagradable me resultaría, pero eso no impedía que aun así me doliera.

– Sinceramente, no lo entiendo -dijo, con una sacudida de cabeza-. De verdad que no lo entiendo.

– Pues así están las cosas -respondí yo, al tiempo que echaba mano de mi cartera.

– No necesito que me invite al café. Ya me pago yo el mío.

Si le golpeaba con excesiva contundencia en el ego, me arriesgaba a que Stephen se dedicase a solventar el caso sólo para demostrarse que aún tenía un par bien puestos.

– Tú mismo -dije-. Y Stephen. -Tenía la cabeza gacha, mientras rebuscaba en sus bolsillos-. Detective. Necesito que me mires a los ojos. -Esperé hasta que accedió y me miró a la cara a regañadientes, y entonces añadí-: Has hecho un trabajo excelente. Sé que no es así como ninguno de ambos queríamos que acabara, pero lo único que puedo decirte es que no olvidaré lo que has hecho. Cuando necesites algo de mí (y lo necesitarás), te devolveré el favor con creces.

– Tal como ya he dicho, me las apaño bien sólito.

– Ya lo sé, pero a mí también me gusta saldar mis deudas, y estoy en deuda contigo. Ha sido un placer trabajar contigo, detective. Espero que volvamos a encontrarnos en el futuro.

No intenté darle la mano. Stephen me lanzó una mirada sombría e inexpresiva, dejó de malas maneras un billete de diez libras en la mesa (lo cual suponía un gesto nada desdeñable para alguien con un sueldo de novato) y se enfundó el abrigo. Yo permanecí donde estaba y dejé que fuera él quien se largara primero.

Y allí estaba de nuevo, en el mismo sitio en el que había estado una semana antes, el coche estacionado delante de casa de Liv para recoger a Holly y pasar con ella el fin de semana. Tenía la sensación de que habían transcurrido años.

Olivia iba vestida con un discreto modelo de color caramelo, en lugar de con el sobrio vestido corto negro de la semana pasada, pero el mensaje era el mismo: Dermo el Pseudopedófilo estaba de camino y era su día de suerte. En esta ocasión, en cambio, en lugar de levantar una barricada en la puerta, me la abrió de par en par y me condujo rápidamente hasta la cocina. Cuando estábamos casados yo sentía pavor ante los gestos de «Tenemos que hablar» de Liv, pero a estas alturas ya casi los acogía con agrado. Eran mucho mejores que su habitual «No tengo nada que hablar contigo» con las manos caídas a los lados.

– ¿Aún no está lista Holly? -pregunté.

– Está en el baño. Hoy dejaban entrar a una amiga en las clases de hip hop de Sarah y ha ido con ella; acaba de regresar a casa y está sudada como un pollo. Estará lista dentro de unos minutos.

– ¿Cómo lo lleva?

Olivia suspiró mientras se pasaba una mano pensativa por su peinado inmaculado.

– Creo que está bien. O al menos todo lo bien que podemos esperar. Anoche tuvo una pesadilla y ha estado bastante callada hoy, pero no parece… No sé. Se lo ha pasado en grande en la clase de hip hop.

– ¿Está comiendo bien? -pregunté.

Cuando me marché de casa, Holly se declaró en huelga de hambre durante un tiempo.

– Sí. Pero ya no tiene cinco años; ahora ya no muestra sus sentimientos tan a las claras. Lo cual no significa que no los tenga. ¿Intentarás hablar con ella? Quizá tú consigas averiguar algo más de cómo lo lleva.

– De manera que se lo está guardando para ella -especulé, con mucha menos crueldad de la que era capaz-. Me pregunto dónde habrá aprendido a hacerlo.

Las comisuras de los labios de Olivia se tensaron.

– Cometí un error. Un error terrible. Ya lo he reconocido, me he disculpado por ello y estoy haciendo cuanto está en mi mano por enmendarlo. Créeme: nada de lo que puedas decir me hará sentir peor por haberla herido.

Saqué un taburete y aparqué mi trasero sobre él pesadamente, no para incordiar a Olivia, esta vez no, sino simplemente porque estaba tan molido que incluso sentarme durante dos minutos en una cocina que olía a tostadas con mermelada de fresa me parecía una bendición del cielo.

– La gente se hace daño todo el tiempo. Así es la vida. Al menos tus intenciones eran buenas. No todo el mundo puede alegar lo mismo.

La tensión se había extendido a los hombros de Liv.

– No todo el mundo se hace daño -replicó.

– Sí, Liv, sí se lo hace. Padres, amantes, hermanos y hermanas, todo el mundo. Cuanto más te quieres, más daño te produces.

– Bueno, a veces sí. Por supuesto. Pero hablar de ello como si fuera una ley inapelable de la naturaleza… eso es escurrir el bulto, Frank, y lo sabes.

– Permíteme que te sirva una refrescante copa de realidad. La mayoría de las personas disfrutan de lo lindo machacándoles la cabeza a los demás. Y el mundo se encargará de poner en su sitio a esa reducida minoría que pone todo su patético empeño en no hacerlo.

– A veces me gustaría que pudieras oírte -comentó Olivia con frialdad-. Pareces un adolescente. ¿Es que no te das cuenta? Un adolescente autocompasivo con demasiados discos de Morrissey.

Buscaba una vía de escape.

Tenía la mano en el pomo de la puerta y yo no quería que se marchara de allí. Quería que permaneciera en aquella acogedora cocina y discutiera conmigo.

– Hablo por experiencia -apunté-. Quizás haya gente en el mundo que lo más destructivo que hace en su vida es prepararse tazas de chocolate caliente con churros, pero, personalmente, yo nunca me he encontrado a nadie así. Si tú sí, te ruego que me alumbres el camino. Soy una persona abierta de miras. Nómbrame una relación que hayas visto, sólo una, que no haya causado daño.

Si hay algo que se me da de maravilla es hacer discutir a Olivia. Soltó el pomo de la puerta, se apoyó en la pared y cruzó los brazos.

– Está bien -contestó-. De acuerdo. Esa tal Rose. Cuéntame: ¿te hirió en algún momento? No me refiero a la persona que la asesinó. Me refiero a ella. A Rose.

Otra cosa que se me da de maravilla con Liv es arrepentirme de haber iniciado una discusión.

– Creo que ya he tenido más que suficiente de Rose Daly por una semana, si no te importa cambiar de tema.

– No te abandonó, Frank -continuó Liv-. No lo hizo. Y antes o después vas a tener que aceptarlo.

– Déjame adivinar. ¿Quién te lo ha contado? ¿La bocazas de Jackie?

– Yo no necesitaba que Jackie viniera a explicarme que una mujer te había hecho daño o que al menos tú pensabas que así había sido. Lo he sabido prácticamente desde que nos conocimos.

– Detesto hacer estallar tu burbuja, Liv, pero tus dones telepáticos hoy están de capa caída. Quizás otro día.