La idea de estar en la misma habitación que Shay y no poder pegarle hasta quedarme sin fuerzas me exaltaba. Imaginé que había crecido como un hombre mono, en la selva, dando vertiginosos saltos porque Rosie necesitaba que así fuera y me acordé de mi padre diciéndome que un hombre debería saber por qué daría la vida. Uno debe hacer todo lo que su mujer o sus hijos necesiten, aunque parezca mucho más duro que morir.
– Ya sé lo que vamos a hacer -anuncié al fin-. El domingo por la tarde iremos a casa de tu abuela, aunque sólo sea un ratito. Seguramente se hablará mucho del tío Kevin, pero te garantizo que cada uno lo hará a su manera: no se pondrán todos a llorar todo el rato ni pensarán que estás haciendo nada malo si no lloras, aunque no derrames una sola lágrima. ¿Crees que eso te ayudará a aclararte tus ideas?
Holly pareció animarse. Fijó su mirada en mí, en lugar de en Clara.
– Sí. Probablemente.
– Estupendo -añadí. Algo parecido a agua gélida descendió por mi columna vertebral, pero iba a tener que afrontar aquello como un niño grande-. Pues entonces trato hecho.
– ¿En serio? ¿Seguro?
– Sí. Voy a enviarle un mensaje a tu tía Jackie ahora mismo para que le diga a la abuela que iremos a verlos.
– Bien -dijo Holly con otro hondo suspiro, y en esta ocasión noté sus hombros relajarse.
– Y ahora a dormir, que un buen sueño te resultará muy reparador y mañana lo veremos todo con otros ojos.
Se tumbó boca arriba y se colocó a Clara bajo la barbilla.
– ¿Me arropas?
La arropé con el edredón, remetiéndolo con fuerza, aunque no demasiada, a su alrededor.
– Y nada de pesadillas esta noche, ¿vale, amor mío? Sólo están permitidos los sueños bonitos. Es una orden.
– Vale. -Ya se le cerraban los ojos y sus dedos, enroscados en el cabello de Clara, empezaban a aflojarse-. Buenas noches, papi.
– Buenas noches, cielo.
¿Cómo era posible que se me hubiera escapado algo así? Había dedicado casi quince años luchando por mantenerme tanto a mí como a mis chicos y chicas vivos sin pasar por alto una sola señaclass="underline" el olor del papel recién quemado en el aire cuando se entra en una habitación, el matiz tosco y animal de una voz en una llamada telefónica informal… Ya era bastante lamentable que no los hubiera percibido en Kevin, pero cómo era posible, cómo en el mundo, que se me hubieran pasado por alto en Holly. Debería haberlos percibido como una luz parpadeante alrededor de los muñecos de peluche, llenando su acogedor dormitorio como un gas venenoso: peligro.
Me levanté de la cama, apagué la luz y aparté la mochila de la escuela para que no le bloqueara la lamparilla que le dejábamos encendida por la noche. Me miró y murmuró algo; me incliné sobre ella para darle un beso en la frente y ella se acurrucó aún más bajo el edredón y exhaló un suspiro de satisfacción. La miré largamente, con su pálido cabello enroscado sobre la almohada y sus pestañas proyectando sombras puntiagudas sobre sus mejillas. Luego salí sin hacer ruido de la habitación y cerré la puerta a mi espalda.
Capítulo 20
Cualquier policía que ha trabajado en la Secreta sabe que no hay nada en el mundo como el día antes de incorporarse a una nueva misión. Me figuro que es la misma sensación que deben experimentar los astronautas durante la cuenta atrás y los regimientos de paracaidistas cuando se alinean para saltar del avión. La luz se vuelve deslumbrante e irrompible como el diamante y cada rostro que uno ve es tan bello que te roba el aliento. Tienes el pensamiento claro y cristalino y cada segundo se extiende ante tus ojos como un majestuoso y cálido paisaje. Y de repente, todo lo que te ha desconcertado durante meses cobra sentido. Podrías pasarte el día bebiendo y seguirías completamente sobrio; los crucigramas crípticos te resultan más fáciles que un rompecabezas para niños. Y ese día dura cien años.
Hacía mucho tiempo que no me infiltraba como agente encubierto en un caso, pero reconocí la sensación en el mismísimo instante en que me desperté el sábado por la mañana. La divisé en el balanceo de las sombras en el techo de mi dormitorio y la saboreé en los posos de mi café. Lenta y tenazmente, mientras Holly y yo hacíamos volar su cometa en el parque Phoenix y mientras la ayudaba con sus deberes de inglés y mientras nos cocinábamos demasiados macarrones con demasiado queso, las piezas se colocaron en su sitio en mi pensamiento. A primera hora de la tarde del domingo, cuando ambos entramos en mi coche y pusimos rumbo al otro lado del río, yo ya sabía lo que iba a hacer.
Faithful Place lucía un aspecto ordenado e inocente, como un lugar de ensueño rebosante de una pálida luz alimonada que flotaba sobre los adoquines agrietados. Holly me dio un apretoncito en la mano.
– ¿Qué ocurre, cielo? -pregunté-. ¿Has cambiado de idea?
Negó con la cabeza.
– Aún estás a tiempo. Si no quieres ir, dímelo y vamos al videoclub a buscar una película llena de princesas y hadas madrinas y un cucurucho de palomitas más grande que tu cabeza y santas pascuas.
No se rió; ni siquiera me miró. Se limitó a darle un tironcito de las asas a la mochila para colocársela mejor en la espalda, me estiró de la mano y ambos pusimos el pie en la acera, bajo aquella inquietante y pálida luz dorada.
Mamá se había esmerado para que aquella tarde saliera bien. Se había puesto a hornear como una posesa y no quedaba ni un solo hueco que no estuviera cubierto de montañas de galletas de jengibre y tartas de mermelada; había hecho sonar el toque de corneta a primera hora del día y había enviado a Shay, a Trevor y a Gavin a comprar un abeto de Navidad tan ancho que no cabía por la puerta principal. Cuando Holly y yo llegamos, Bing cantaba en la radio, los hijos de Carmel estaban perfectamente dispuestos alrededor de la decoración del árbol navideño y todo el mundo tenía entre las manos una humeante taza de chocolate caliente; incluso habían instalado a papá en el sofá con una manta sobre las rodillas, cosa que le confería un aspecto patriarcal y casi sobrio. Fue como adentrarse en un anuncio de los años cincuenta. Toda aquella farsa grotesca estaba inevitablemente condenada al fracaso: todo el mundo parecía desdichado y Darren empezaba a lucir una mirada estrábica que me indicó que estaba a punto de estallar, pero yo entendía perfectamente lo que mi madre intentaba hacer. Me habría llegado al corazón… de no haberse anticipado ella y haber salido sin más por peteneras para decirme que me estaban saliendo unas patas de gallo espantosas alrededor de los ojos y que en un tiempo breve tendría una cara como un mondongo.
Yo no lograba apartar los ojos de Shay. Se comportaba como si tuviera unas décimas de fiebre: estaba inquieto y muy rojo, con los pómulos más marcados que de costumbre y un fulgor peligroso en los ojos. Sin embargo, lo que me llamó la atención fue la actividad en la que andaba ocupado. Despatarrado en una butaca, conversaba sobre golf con Trevor, hablando atropelladamente mientras se rascaba con fuerza una rodilla. La gente cambia, pero, por lo que yo sabía, Shay despreciaba el golf tan sólo un poco menos de lo que despreciaba a Trevor. Sólo había un motivo por el que se dejaría enzarzar voluntariamente con ambos a la vez: la desesperación. Shay (y lo consideré una información de utilidad) estaba en baja forma.
Nos abrimos paso con denuedo entre el alijo de adornos de mi madre (nunca te interpongas entre una madre y su decoración). Conseguí preguntarle a Holly en voz baja, camuflado bajo una figurilla de Papá Noel, si se lo estaba pasando bien.
– Genial -contestó ella con valentía, y se zambulló entre sus primos antes de que pudiera formularle más preguntas.
La cría asimilaba rápidamente las costumbres familiares. Empecé a ensayar con el pensamiento la sesión de rendir parte.
Una vez mamá estuvo satisfecha con que el nivel de alerta hubiera alcanzado el color naranja, Gavin y Trevor llevaron a los niños a Smithfield a ver el poblado navideño.