– Hay que hacer bajar todas estas galletas de jengibre -explicó Gavin mientras se daba unas palmaditas en la barriga.
– Las galletas de jengibre no tienen nada que ver -lo cortó mamá-. Si estás engordando, Gavin Keogh, no es por culpa de mis dotes culinarias.
Gav murmuró algo y dirigió una mirada de angustia a Jackie. Su modo de demostrar compasión e infundirnos sensación de unión familiar en un momento tan difícil resultaba espeluznante. Carmel blindó a los críos del frío con abrigos, bufandas y gorros de lana (Holly se colocó en medio de la fila, entre Donna y Ashley, como si también fuera hija de Carmel), y se marcharon. Los observé desde la ventana del salón, mientras descendían en pandilla por la calle. Holly llevaba a Donna cogida del brazo con tanta fuerza que parecían gemelas siamesas. No volvió la vista para despedirse de mí con la mano.
La reunión familiar no salió tal como Gav había planeado: nos desplomamos todos delante del televisor, sin intercambiar palabra, hasta que mamá se recuperó de su bombardeo de decoración y arrastró a Carmel a la cocina para trajinar con todos aquellos dulces horneados y film transparente. Antes de que la pescaran, le propuse a Jackie en voz baja:
– Salgamos a fumar un pitillo.
Me miró con recelo, como una niña que sabe que cobrará una colleja cuando se quede a solas con su madre.
– Venga, pórtate como toda una mujer -la insté-. Cuanto antes acabemos con esto…
Fuera hacía frío y reinaba la paz y la tranquilidad. El cielo sobre los tejados viraba del blanco azulado al lila. Jackie se desplomó en su sitio de siempre, en el peldaño inferior de las escaleras, hecha una maraña de largas piernas y botas de charol moradas, y extendió una mano.
– Dame un cigarrillo antes de empezar a echarme la bronca. Gav siempre se lleva nuestro paquete.
– Explícame una cosa -la invité en un tono conciliador una vez le hube encendido el cigarrillo y otro para mí-. ¿En qué diablos estabais pensando Olivia y tú?
Jackie tenía la barbilla erguida, lista para discutir, y por un inquietante segundo me pareció la viva estampa de Holly.
– Pensé que a Holly le gustaría conocer a su familia. Y me parece que Olivia pensaba lo mismo. Y no andábamos muy equivocadas, ¿no crees? ¿La has visto con Donna?
– Sí, la he visto. Se llevan muy bien. Y estaban muy guapas juntas. Pero también la he visto destrozada por lo de Kevin. Lloraba tanto que le costaba respirar. Y así no estaba tan guapa, te lo aseguro.
Jackie contempló las volutas del humo de su cigarrillo extenderse sobre las escaleras.
– Todos estamos destrozados -dijo al fin-. Ashley también lo está, y sólo tiene seis años. Pero así es la vida. A ti te preocupaba que Holly viviera entre algodones, ¿no es cierto?, que no conociera la vida de verdad. Pues yo diría que esto es una buena dosis de vida de verdad.
Lo cual probablemente fuera cierto, pero estar en lo cierto quedaba fuera del menú cuando se trataba de Holly.
– Si mi hija necesita una dosis adicional de realidad de vez en cuando, hermanita -repliqué-, prefiero dársela yo mismo. O al menos que quien vaya a dársela me lo notifique con antelación. ¿Te parece una chaladura?
– Debería habértelo dicho -convino Jackie-. Para eso no tengo excusa.
– Y entonces ¿por qué no lo hiciste?
– Quería hacerlo, te lo prometo, siempre, pero… Al principio pensé que no tenía sentido preocuparte, porque quizá ni siquiera salía bien. Simplemente se me ocurrió traer a Holly de visita un día y contártelo después…
– Y así yo podría darme cuenta de la idea tan fabulosa que habías tenido y venir a casa con un gran ramo de flores para mamá en una mano y otro para ti en la otra, y todos juntos celebraríamos una gran fiesta y viviríamos felices y comeríamos perdices. ¿Era ése el plan?
Se encogió de hombros. Si seguía así, le iban a llegar los hombros a las orejas.
– Porque Dios sabe que eso ya habría resultado bastante empalagoso, pero habría sido infinitamente mejor que esto. ¿Qué te hizo cambiar de idea… durante… espera, que tengo que recogerme la mandíbula del suelo antes de poder decir esto…, durante todo un año?
Jackie seguía sin mirarme. Se revolvió en el escalón, como si le estuviera haciendo daño.
– No te burles de mí, por favor -me rogó.
– Créeme, Jackie: no estoy de humor para bromas.
– Estaba asustada, ¿vale? Por eso no te dije nada -contestó al fin.
Tardé un momento en asegurarme de que no me estaba tomando el pelo.
– ¡Venga ya! ¿Qué diablos pensabas que iba a hacer? ¿Pegarte?
– No he dicho eso…
– Entonces ¿qué? No puedes lanzar un bombazo como ése y luego andarte con remilgos. ¿Cuándo, en toda mi vida te he dado algún motivo para tenerme miedo?
– Pues ahora mismo, sin ir más lejos. Tendrías que verte la cara… y cómo me hablas, como si me odiaras con todo tu ser… No me gusta la gente que echa broncas, grita y se pone hecha una fiera. Nunca me ha gustado. Ya lo sabes.
No pude contenerme:
– Suena como si me equipararas con papá.
– Ah, no, no, Francis. Sabes perfectamente que no me refería a eso.
– Más vale que no. No vayas por ese camino, Jackie.
– No pienso hacerlo. Sólo es que… No tenía valor para decírtelo. Y es mi culpa, toda mía, no tuya. Lo siento. De verdad, de verdad que lo siento.
Sobre nosotros se abrió una ventana de golpe y mamá asomó la cabeza.
– ¡Jacinta Mackey! ¿Vas a quedarte ahí sentada como la reina de Saba mientras tu hermana y yo te servimos el plato en la mesa? ¿Quieres que te sirvamos la comida en una bandeja de oro?
– Es culpa mía, mamá -grité yo-. Quería hablar un rato con ella y le he pedido que saliera. Luego fregamos nosotros los platos, ¿vale?
– Pufff. Otro que vuelve como si fuera el dueño de la casa, dando órdenes a diestro y siniestro, lustrando la plata y fregando los platos, como si a él la mantequilla no se le derritiera en la boca…
Por suerte, mi madre prefería no fastidiarme demasiado, no fuera a ser que me diera por agarrar a Holly y largarnos de allí. Volvió a meter la cabeza, aunque seguí oyéndola refunfuñar hasta que la ventana se cerró de un golpe.
En Faithful Place empezaban a encenderse las luces para la noche. No éramos los únicos que nos habíamos excedido con los adornos de Navidad; la casa de los Hearne parecía como si alguien hubiera disparado contra la gruta de Papá Noel con un bazuca: espumillones, renos y luces parpadeantes colgaban del techo, y elfos maníacos y ángeles de mirada sensiblera recubrían hasta el último centímetro de pared; en la ventana habían escrito un Feliz Navidad con spray de nieve. Incluso los pijos habían colocado un elegante abeto de madera rubia, con sus ornamentos de factura sueca.
Pensé en regresar a este mismo lugar cada domingo por la noche y observar Faithful Place avanzar por los ritmos familiares del año. Primavera y los críos vestidos de Primera Comunión correteando de casa en casa, exhibiendo sus trajes y comparando sus botines; el viento estival, las furgonetas de helados tintineando y todas las chicas con el escote al descubierto; admirar el nuevo reno de los Hearne en estas mismas fechas el año próximo, y el siguiente. El mero pensamiento me provocó un ligero mareo, como si estuviera medio borracho o luchara contra una dosis generosa de gripe. Y, conociéndola, mi madre encontraría algo nuevo por lo que refunfuñar cada semana.
– Francis -dijo Jackie con vacilación-. ¿Estás enfadado?
Tenía preparado un rapapolvo de primera categoría, pero la idea de pertenecer a aquella familia había hecho que mis fuerzas se desvanecieran en un instante. Primero Olivia y ahora esto: con la edad me estaba volviendo un blando.
– No -contesté-. No te preocupes. Pero te advierto que cuando tengas hijos les voy a comprar un tambor y un cachorro de San Bernardo a cada uno.