Выбрать главу

– Habla por ti -le dijo Shay.

– Somos familia, cielo -dije yo-. Esto es lo que hacen las familias.

– Por una vez, Don Sabelotodo tiene razón -apuntó Shay.

Carmel lloraba a moco tendido.

– No paro de pensar en los cinco aquí sentados el viernes pasado… Estaba flotando de felicidad, de verdad. Jamás se me ocurrió que sería la última vez, ¿sabéis? Creí que no era más que el principio.

– Te entiendo -la sosegó Shay-. ¿Podrías intentar serenarte, cielo? Hazlo por mí, vamos.

Se enjugó una lágrima con un nudillo, pero no consiguió dejar de llorar.

– Que Dios me perdone, pero sabía que algo malo iba a pasar después de lo de Rosie. ¿Vosotros no? Simplemente me esforcé por no pensar en ello. ¿Creéis que esto es mi merecido?

– Carmel, venga ya -la reprendimos todos al unísono.

Carmel hizo un amago de añadir algo más, pero su intento quedó enmarañado en un patético cruce entre un trago de saliva y un sollozo inmenso.

A Jackie empezó a temblarle la barbilla también. En cualquier momento aquello iba a convertirse en una fiesta del llanto.

– Dejadme que os diga qué me jode a mí. Me siento fatal por no haber estado aquí el domingo pasado por la noche, la noche en que Kevin… -Sacudí la cabeza contra la verja y dejé la frase a medias-. Fue nuestra última oportunidad -añadí, con la vista clavada en un cielo cada vez más oscurecido-. Debería haber estado aquí.

La mirada cínica de soslayo que me lanzó Shay me indicó que él no había picado, pero las chicas tenían los ojos abiertos como platos, se mordían los labios y rebosaban compasión. Carmel pescó un pañuelo y pospuso el resto de sus lágrimas para después, ahora que un hombre necesitaba atención.

– Ah, Francis -lamentó Jackie, alargando el brazo para darme unas palmaditas en la rodilla-. ¿Cómo ibas a saberlo?

– Eso no es lo que importa. Lo que realmente importa es que primero me perdí veintidós años de su vida y luego me perdí las últimas horas de su existencia. Ojalá… -Sacudí la cabeza, busqué a tientas otro cigarrillo e hice varios intentos hasta conseguir encenderlo-. No importa -continué, tras darle un par de largas caladas para intentar controlar mi voz-. Venga, contádmelo todo. Explicadme cosas de esa noche. ¿Qué me perdí?

Shay soltó un bufido que le mereció sendas miradas atónitas de las chicas.

– Espera que piense un minuto -dijo Jackie-. Fue otra noche más, ya me entiendes. Nada especial. ¿Verdad, Carmel?

Las dos se miraron fijamente, mientras intentaban recordar. Carmel se sonó la nariz.

– A mí me pareció que Kevin estaba un poco raro. ¿A vosotros no?

Shay negó con la cabeza con gesto de repugna y les volvió la espalda, como si quisiera alejarse de todo.

– A mí me dio la sensación de que estaba estupendamente -opinó Jackie-. Estuvo jugando afuera con Gav y los niños al fútbol.

– Pero fumaba mucho. Después de cenar, Kevin nunca fuma a menos que esté nervioso.

Ahí lo teníamos. Las oportunidades de mantener conversaciones íntimas de tú a tú en casa de mi madre escaseaban («Kevin Mackey, ¿qué diantres andáis cuchicheando los dos? Si es tan interesante, todos queremos oírlo…»). Si Kevin había necesitado hablar con Shay, y el pobre idiota debió de andar persiguiéndolo al comprobar que yo ignoraba sus llamadas (no debió de ocurrírsele nada más astuto), seguramente había salido a fumar un cigarrillo con él en aquellas mismas escaleras.

Y debió de liarla. Debió de andar toqueteando su cigarrillo, hurgando y balbuceando hasta soltar todas las piezas sueltas que se deslizaban en su pensamiento. Todos aquellos gestos raros debieron de concederle a Shay el tiempo necesario para recuperarse y soltar una carcajada: «Por todos los santos, tío, ¿en serio intentas convencerte de que yo maté a Rosie Daly? Lo has malinterpretado todo. Si quieres saber lo que ocurrió realmente… -Y una rápida mirada hacia la ventana, mientras apagaba la colilla en las escaleras-. Ahora no, no hay tiempo. ¿Por qué no quedamos aquí después? Regresa después de marcharte. No llames a mi casa o mamá querrá saber qué tramamos y los bares estarán cerrados a esa hora. Nos encontraremos en el número dieciséis. No tardaremos mucho, ¿de acuerdo?».

Es lo que yo habría hecho de haber estado en la piel de Shay, y me habría resultado igual de fácil. A Kevin seguramente no le habría entusiasmado la idea de regresar al número dieciséis, sobre todo en noche cerrada, pero Shay era mucho más listo que él y estaba infinitamente más desesperado, y Kevin siempre había sido fácil de convencer. Jamás se le habría ocurrido temer a su propio hermano, no con esa clase de temor. Para haberse criado en nuestra familia, Kevin era tan inocente que parecía tonto de remate.

– Créeme, Francis, no pasó nada extraordinario -explicó Jackie-. Habían jugado un partido de fútbol y luego cenamos y vimos un poco la tele… Kevin estaba perfectamente. No te culpes, por favor.

– ¿Sabéis si llamó por teléfono o recibió alguna llamada? -pregunté.

Shay me miró de reojo un instante, con ojos entrecerrados y analíticos, pero mantuvo la boca cerrada.

– Se estaba enviando mensajitos con alguna chica, creo que con Aisling -explicó Carmel-. Yo le dije que no se aprovechara de ella, pero Kevin me respondió que yo no tenía ni idea de cómo eran las cosas hoy en día… Me hablaba con un deje de superioridad increíble, de verdad. A eso me refiero al decir que estaba raro. La última vez que lo vi y… -Se le había apagado la voz y ahora sonaba herida; en cualquier momento rompería a llorar de nuevo.

– ¿Nadie más?

Las chicas sacudieron la cabeza.

– Vaya -dije yo. Jackie preguntó:

– ¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso habría alguna diferencia?

– Elemental, querido Watson -pronunció Shay mirando al dorado cielo-. ¿Acaso lo dudas?

– Expongámoslo de esta manera -contesté yo-: He escuchado un montón de explicaciones distintas para lo que les ocurrió a Rosie y a Kevin. Y ninguna de ellas me convence.

– Ni a nadie -apostilló Jackie.

Carmel desconchó unas burbujas de pintura de la verja con una uña.

– Los accidentes ocurren -dijo-. A veces todo sale terriblemente mal sin razón alguna, ¿sabes?

– No, Melly, no lo sé. A mí ésa me parece otra más de las explicaciones que han intentado que me trague a la fuerza: un gran zurullo apestoso de mierda que ni Rosie ni Kevin merecen. Y no estoy de humor para tragármelo.

Carmel replicó, con una certeza que atemperó su voz como una roca:

– Nada va a mejorar las cosas, Francis. Todos estamos destrozados y ninguna explicación en el mundo podría arreglarlo. ¿Por qué no lo dejas de una vez?

– Lo haría, pero mucha otra gente no, y una de las principales teorías me sitúa como el principal malhechor. ¿Crees que puedo olvidarlo sin más? ¿No eras tú quien decía que quería que siguiera viniendo por aquí? Pues reflexiona un poco sobre las implicaciones de hacerlo. ¿Quieres acaso que pase cada domingo en una calle cuyos vecinos creen que soy un asesino?

Jackie se revolvió en su escalón.

– Ya te lo he dicho. No son más que habladurías. Las aguas volverán a su cauce -me tranquilizó.

– Entonces, si yo no soy el malo y Kevin tampoco, decidme. ¿Qué ha ocurrido exactamente? -pregunté.

Se produjo un largo silencio. Los escuchamos venir antes de verlos: voces de niños entretejiéndose, el rápido murmullo de sus correteos en algún punto entre el resplandor de la larga luz vespertina en la parte alta de la carretera. Emergieron de dicho resplandor dibujando una maraña de siluetas negras, los hombres altos como farolas, los niños borrosos y parpadeantes unos contra otros. Holly gritó:

– ¡Papi!

Y yo levanté una mano para saludarla, aunque me resultaba imposible descifrar cuál de aquellas figuras era. Sus sombras se prolongaban sobre el asfalto frente a ellos y proyectaban formas misteriosas a nuestros pies.