El hecho de haber tenido que convencer a toda su familia, a toda la familia de Julian, a todos sus compañeros de trabajo y a todos sus amigos, en primer lugar, de que no estaba embarazada, y en segundo lugar, de que jamás habría bebido alcohol durante un hipotético embarazo, fue para ella una humillación. Un insulto. Y aun así, siguió percibiendo escepticismo en todos ellos. Lo único que funcionó, lo que realmente acabó por convencerlos a todos, fue el siguiente número de US Weekly, donde apareció una fotografía tomada furtivamente a Brooke, mientras compraba en el supermercado Gristedes de su barrio. No cabía duda de que el vientre parecía más plano, pero eso no era lo importante. En la foto aparecía con una cesta, en cuyo interior había plátanos, un pack de cuatro yogures, una botella de agua mineral, un envase de detergente y una caja de Tampax. Por si el mundo estaba interesado en saberlo, eran Tampax Pearl, superabsorbentes, y la caja estaba rodeada por un grueso círculo de rotulador negro, sobre un pie de ilustración que gritaba: «¡No hay bebé para los Alter!», como si la revista hubiera llegado al fondo de la cuestión, tras un ingenioso trabajo detectivesco.
Gracias a aquella gran labor de investigación periodística, el mundo entero pudo saber que Brooke no estaba embarazada, pero tenía reglas más abundantes de lo normal. Nola encontró todo el asunto tremendamente divertido, pero Brooke no podía parar de pensar que todos, desde su novio del instituto hasta su abuelo de noventa años (por no hablar de todos y cada uno de los adolescentes, las amas de casa, los pasajeros de las aerolíneas, los clientes de los supermercados, las clientas de las peluquerías y todos los suscriptores de la revista, de una punta a otra de Estados Unidos), estaban al corriente de los detalles de su ciclo menstrual. ¡Pero si ni siquiera había visto al fotógrafo! Desde aquel día, empezó a comprar por Internet todos los artículos que guardaban relación con el sexo, la regla o la digestión.
Afortunadamente, la hija de Randy y de Michelle, Ella, resultó ser la distracción que tanta falta le hacía. Llegó como una bendición del cielo, dos semanas después del drama de Today, y tuvo la amabilidad de presentarse justo por Halloween, por lo que Julian y ella tuvieron la excusa perfecta para no asistir a la fiesta de disfraces de Leo. Brooke no pudo más que sentir una enorme gratitud hacia su sobrina. Entre la historia del parto repetida hasta la saciedad (la rotura de aguas en un restaurante italiano, la carrera hasta el hospital sólo para esperar otras doce horas más y la promesa de Campanelli, el dueño del restaurante, de que invitaría a comer a Ella siempre que quisiera, por el resto de su vida), las lecciones sobre ropita y pañales, y el recuento de deditos para ver que no faltara ni sobrara ninguno, la atención se desplazó hacia la pequeña, y Brooke y Julian dejaron de ser el centro, al menos dentro de la familia.
Julian y ella se portaron como unos tíos ejemplares: llegaron al hospital antes incluso de que naciera el bebé, llevando consigo dos docenas de bagels neoyorquinos y suficiente salmón ahumado para alimentar a toda la maternidad. Hasta Julian parecía encantado con el acontecimiento, tanto que llegó a susurrarle a Ella al oído que sus manitas diminutas parecían hechas para tocar el piano. Brooke siempre recordaría el nacimiento de la pequeña Ella como el último paréntesis de dichosa calma, antes de la tempestad infernal que estaba a punto de desencadenarse.
10 Hoyuelos de chico corriente
El teléfono móvil de Brooke empezó a sonar justo cuando acababa de subir el pavo de diez kilos al apartamento y había conseguido depositarlo sobre la encimera de la cocina.
– ¿Diga? -contestó, mientras se disponía a despejar el frigorífico de todo lo que no fuera esencial, para dejar espacio al ave gigantesca.
– ¿Brooke? Soy yo, Samara.
La llamada la sorprendió con la guardia baja. Samara nunca jamás la había llamado antes. ¿Querría preguntar qué les había parecido la portada de Vanity Fair? La revista acababa de llegar a los quioscos y Brooke no podía dejar de mirarla. En la foto aparecía el Julian de toda la vida: con vaqueros, camiseta blanca ceñida y uno de sus gorros de lana favoritos, sonriendo de esa manera que realzaba los hoyuelos tan bonitos que tenía en las mejillas. Era, con diferencia, el más mono de todo el grupo.
– ¡Ah, hola! ¿No te parece que ha salido genial en la portada de Vanity Fair? No es que me sorprenda, claro, pero está tan…
– Brooke, ¿tienes un minuto?
Obviamente, no era una llamada de cortesía para hablar de la portada de una revista, y si aquella mujer intentaba decirle que Julian no iba a poder asistir a la primera fiesta de Acción de Gracias que celebraban en su casa como anfitriones, entonces, sencillamente, Brooke la mataría.
– Eh, sí… Espera un segundo. -Cerró el frigorífico y se sentó junto a la mesa diminuta, lo que le recordó que aún debía llamar para preguntar si la mesa y las sillas alquiladas estaban efectivamente en camino-. Bueno, ya está. ¿Qué querías decirme?
– Brooke, han escrito un artículo, y lo que dicen no es agradable -le anunció Samara, con su habitual estilo seco y cortante, aunque para noticias como aquélla, casi resultaba reconfortante.
Brooke intentó quitarle importancia a la noticia con una broma.
– Se diría que últimamente siempre hay alguien escribiendo un artículo Después de todo, soy la embarazada que empina el codo, ¿no te acuerdas? ¿Qué dice Julian?
Samara se aclaró la garganta.
– Todavía no se lo he contado. Sospecho que se molestará mucho y por eso quería hablar contigo primero.
– ¡Dios mío! ¿Qué dicen de él? ¿Se burlan de su pelo? ¿Se meten con su familia? ¿O ha aparecido alguna zorra de su pasado, que pretende…?
– No dicen nada de Julian, Brooke. Es sobre ti.
Se hizo un silencio. Brooke sintió que las uñas se le clavaban en las palmas de las manos, pero no podía evitarlo.
– ¿Qué dicen de mí? -preguntó finalmente, con la voz convertida casi en un susurro.
– Un montón de mentiras insultantes -respondió Samara con frialdad-. Quería que lo supieras por mí, y decirte también que tenemos a todo nuestro gabinete jurídico trabajando en ello, para desmentirlo todo. Nos lo estamos tomando muy en serio.
Brooke no conseguía articular ni una sola palabra. Tenía que ser algo realmente espantoso, para que Samara les diera tantas vueltas a unas mentiras publicadas en un periódico sensacionalista. Finalmente, dijo:
– ¿Dónde está? Tengo que verlo.
– Saldrá en el número de mañana de Last Night, pero ya está disponible en Internet. Brooke, recuerda por favor que todos te apoyamos, y te prometo que…
Por primera vez posiblemente desde la adolescencia (y sin duda alguna por primera vez en una conversación con cualquiera que no fuera su madre), Brooke le colgó el teléfono a mitad de la frase y se fue directamente al ordenador. Encontró la web en cuestión de segundos y sufrió un sobresalto cuando vio en la página de inicio una fotografía enorme de Julian y de ella, cenando en la terraza de un restaurante. Se devanó los sesos, intentando adivinar dónde podían estar, hasta que vio el cartel de la calle, al fondo. ¡Claro! Era el restaurante español donde habían cenado la noche en que Julian volvió por primera vez a casa, después de haberse marchado en medio de la fiesta de cumpleaños de su padre. Empezó a leer.
La pareja que comparte una paella en una mesa al aire libre del Hell's Kitchen de Manhattan tiene un aspecto de lo más normal, pero los entendidos reconocieron en seguida al nuevo compositor y cantante favorito de América, Julian Alter, y a quien es su mujer desde hace varios años, Brooke. El primer álbum de Alter ha dinamitado las listas de éxitos y sus hoyuelos de chico corriente le han hecho ganar legiones de admiradoras en todo el país. Pero ¿quién es esa mujer que tiene a su lado? ¿Y cómo se está tomando la reciente fama de Julian?