– He hablado con Samara y me ha asegurado que el gabinete jurídico de Sony está preparando un…
– Julian, no quiero hablar de eso, en serio -repitió ella-. Todo lo que han publicado es horrible, odioso y falso (o al menos eso espero), y no puedo hacer nada al respecto. Mañana vamos a dar una cena de Acción de Gracias. Habrá nueve personas en casa, contándonos a nosotros, y necesito empezar a prepararlo todo.
– Brooke, no quiero que pienses ni por un segundo que…
– Sí, ya lo sé. Sigue en pie lo de mañana, ¿no?
Contuvo el aliento.
– ¡Claro que sí! Salgo en el primer vuelo, de modo que llegaré en torno a las ocho e iré directamente a casa desde La Guardia. ¿Quieres que compre algo por el camino?
Brooke cerró el horrible artículo y abrió la lista de la compra para el día de Acción de Gracias.
– Creo que ya lo tengo todo, aunque tal vez… un par de botellas de vino más, una de tinto y otra de blanco.
– Desde luego, nena. Dentro de poco estaré en casa y podremos hablar de todo eso, ¿de acuerdo? Te llamaré más tarde.
– Hum. De acuerdo.
La voz de Brooke sonó fría y distante, y aunque Julian no había tenido la culpa, no podía evitar cierto resentimiento.
Cuando colgaron, Brooke pensó en llamar primero a Nola y después a su madre; pero en seguida decidió que la mejor manera de tratar el problema era no tratarlo en absoluto. Llamó a la empresa que le alquilaba la mesa, saló el pavo, lavó las patatas para el puré del día siguiente, preparó la salsa de arándanos y partió los espárragos. Después, llegó el momento de la limpieza general y la reorganización del apartamento, que emprendió a los sones de un viejo cedé de hip-hop de cuando iba al instituto. Tenía pensado ir a hacerse la manicura en tomo a las cinco; pero cuando miró por la ventana, vio que al menos dos y quizá hasta cuatro hombres con cámaras, a bordo de Escalades, estaban acechando en la calle. Se miró las cutículas, volvió a echar un vistazo a los fotógrafos y llegó a la conclusión de que no merecía la pena.
Cuando se metió en la cama aquella noche, con Walter a su lado, había conseguido convencerse de que todo el alboroto no tardaría en caer en el olvido. A la mañana siguiente, el artículo fue lo primero que le vino a la cabeza, pero logró reprimir el pensamiento. ¡Había tanto que hacer el día de Acción de Gracias! Faltaban apenas cinco horas para que empezaran a llegar los invitados. Cuando Julian llegó a casa, poco después de las nueve, Brooke insistió en cambiar de tema.
– Pero, Rook, no me parece sano que evitemos hablar de esto -dijo él, mientras ayudaba a colocar contra la pared todo el mobiliario del cuarto de estar, para dejar espacio a la mesa alquilada.
– Sencillamente, no sé qué podemos decir. No es más que un montón de mentiras, y sí, desde luego, me preocupa (y me duele mucho) leer ese tipo de cosas sobre mí y mi matrimonio, pero a menos que haya algo de cierto en lo que dice el artículo, no veo la necesidad de darle más vueltas…
Lo miró con expresión inquisitiva.
– No hay ni una sola palabra que sea cierta: ni la basura acerca de mis padres, ni eso de que yo no creo que tú seas la mujer de mi vida. Todo es mentira.
– Entonces, centrémonos en el día de hoy, ¿de acuerdo? ¿A qué hora han dicho tus padres que se irán? No quiero que Neha y Rohan lleguen antes de que ellos se hayan marchado. No creo que quepamos todos al mismo tiempo.
– Vendrán a la una a tomar una copa, y les dije que tienen que irse antes de las dos. ¿He hecho bien?
Brooke recogió una pila de revistas y las escondió en el armario del pasillo.
– Perfecto. Los demás llegarán a las dos. Dime una vez más que no debo sentirme culpable por echarlos.
Julian resopló.
– No los echamos. Están invitados en casa de los Kamen. No querrán quedarse ni un minuto más allá de las dos, créeme.
Brooke no tenía por qué preocuparse. Los Alter llegaron exactamente a su hora, accedieron a beber únicamente del vino que habían llevado («No, por favor. Guardad las otras botellas para vuestros invitados. ¿No os parece mejor beber el bueno ahora?»), hicieron un solo comentario despectivo sobre el apartamento («Tiene su encanto, ¿verdad? Lo que me sorprende es que hayáis conseguido vivir aquí tanto tiempo») y se marcharon quince minutos antes de lo previsto. Treinta segundos después de haberse ido, volvió a sonar el timbre.
– Subid -dijo Brooke a través del intercomunicador.
Julian le apretó la mano.
– Será fantástico.
Brooke abrió la puerta del pasillo y su madre entró apresuradamente, sin apenas saludar.
– La nena se ha quedado dormida -declaró, como si estuviera anunciando la llegada del presidente y la primera dama-. ¿Dónde podemos acostarla?
– Bueno, veamos. Como vamos a comer en el cuarto de estar y supongo que no querrás dejarla en el baño, sólo queda un lugar posible. ¿No puedes ponerla en nuestra cama? -preguntó Brooke.
Randy y Michelle se materializaron detrás, con la pequeña Ella en un asiento portátil.
– Todavía es pequeña para darse la vuelta, así que probablemente estará bien -dijo Michelle, mientras se inclinaba para saludar a Julian con un beso.
– ¡Ni hablar! -exclamó Randy, que venía arrastrando algo semejante a una tienda de campaña plegada-. Para eso he traído la cuna de viaje. De ningún modo vais a ponerla en la cama.
Michelle miró a Brooke, como diciendo: «¿Quién puede contrariar a un papá sobreprotector?», y las dos se echaron a reír. Randy y la madre de Brooke llevaron a Ella al dormitorio y Julian empezó a servir el vino.
– Entonces… ¿estás bien? -preguntó Michelle.
Brooke cerró el horno, dejó sobre la encimera la perilla que usaba para bañar el pavo con la salsa y se volvió hacia Michelle.
– Sí, estoy muy bien. ¿Por qué lo dices?
Su cuñada de repente pareció contrita.
– Perdona, no debería haber sacado el tema, pero ese artículo era tan… malévolo.
Brooke hizo una inspiración profunda.
– Ah, sí, claro. Pensaba que nadie lo habría leído todavía. ¡Como la revista ni siquiera ha salido!
– ¡Oh, estoy segura de que nadie más lo ha leído! -exclamó Michelle-. Me lo pasó una amiga que es una fanática de las webs de cotilleos. Nadie lee tanto como ella.
– Entiendo. ¿Te importaría llevar esto al cuarto de estar? -preguntó Brooke, mientras le daba a Michelle una bandeja de quesos, con cuenquitos de mermelada de higo y una variedad de galletas saladas.
– Desde luego -respondió Michelle.
Brooke supuso que habría captado el mensaje, pero su cuñada dio dos pasos fuera de la cocina, se volvió y dijo:
– ¿Sabes? Hay un tipo que nos llama a menudo para hacernos preguntas sobre vosotros dos, pero nosotros nunca le decimos nada.
– ¿Qué? -preguntó Brooke, con la voz temblando por el pánico que hasta aquel momento había logrado controlar-. ¿Recuerdas que os pedimos que no hablarais de nosotros con ningún periodista? Ni por teléfono, ni en persona, ni de ninguna otra manera.
– Claro que lo recuerdo. Nosotros nunca hablaríamos de vosotros, pero te lo digo para que sepas que hay gente que busca información.
– Sí, ya lo sé. Y a juzgar por la exactitud de lo que han publicado, se ve que no se han molestado mucho en encontrar fuentes fidedignas -dijo Brooke, mientras se servía otra copa de vino blanco.
La voz de su madre interrumpió el silencio incómodo y Michelle salió apresuradamente con el queso.
– ¿Qué está pasando aquí? -preguntó, al tiempo que le daba a Brooke un beso en el pelo-. ¡Me ha alegrado tanto que organizaras tú la cena! Me sentía un poco sola, todos los años, cuando tu hermano y tú os ibais a casa de tu padre.
Brooke no le dijo que sólo se había ofrecido para organizar la cena de Acción de Gracias porque su padre y Cynthia estaban invitados a casa de la familia de Cynthia en Arizona. Por otro lado, daba gusto sentirse como una auténtica persona mayor, aunque sólo fuera por un día.