Las lanzaderas corrían a través de los grandes telares de madera que sujetaban una trama hilada a mano, al ritmo de la grave canción que entonaban los enormes simios. El ruido de las lanzaderas y el bajo y átono gruñido, acompañaron a Robert y a su grupo hasta que llegaron al centro del refugio.
De vez en cuando, los tejedores soltaban la lanzadera para mover las manos a modo de conversación con un compañero. Robert conocía lo suficiente el lenguaje de las manos como para seguir parte de la charla, pero los gorilas parecían hablar un dialecto bastante distinto del que utilizaban los chimps pequeños. Era un lenguaje sencillo pero, a su modo, elegante, con un estilo totalmente propio.
Era evidente que no eran chimps aumentados de tamaño sino una raza completamente distinta, un camino diferente hacia la sapiencia.
Cada grupo de gorilas consistía en un cierto número de hembras adultas, sus pequeños, unos cuantos mozalbetes y un inmenso macho de espalda plateada. El patriarca siempre tenía el pelo gris sobre la columna vertebral y las costillas. La parte superior de la cabeza terminaba en pico y era imponente. La ingeniería de la Elevación había modificado el físico de los neogorilas, pero los enormes machos seguían usando al menos uno de los nudillos para caminar. El tórax y la cabeza eran demasiado pesados para que caminaran como bípedos.
En cambio, los gorilas cachorros se movían fácilmente en dos pies. Sus frentes eran lisas, redondeadas y sin esa pronunciada y huesuda pendiente que les conferiría más tarde ese aspecto engañosamente fiero. Robert encontraba interesante ver cómo se parecían los pequeños de las tres razas: gorilas, chimps y humanos. Sólo después aparecían esas notables diferencias hereditarias y de destino.
Neotenia, pensó Robert. Era una teoría clásica anterior al Contacto, que había resultado ser bastante cierta y que exponía que parte del secreto de la sapiencia residía en ser como niños el máximo de tiempo posible. Por ejemplo, los seres humanos conservaban la cara, la adaptabilidad y, cuando no se les obligaba a perderla, la insaciable curiosidad de los jóvenes antropoides hasta bien entrada la edad adulta.
¿Era este rasgo una casualidad? ¿Era lo que había permitido al presensitivo Homo habilis dar el salto, supuestamente imposible, de elevarse a sí mismo hasta alcanzar la inteligencia de los viajeros estelares por esfuerzo propio? ¿O se trataba de un regalo de esos seres misteriosos que algunos creían que habían manipulado los genes humanos, esos desaparecidos tutores de la Humanidad sobre los que tantas hipótesis se habían propuesto?
Todo aquello eran conjeturas, pero había una cosa clara. Otros mamíferos de la Tierra perdían después de la pubertad todo interés en aprender y en jugar, pero los humanos, los delfines y ahora, cada vez más a medida que se sucedían las generaciones, los neochimpancés, conservaban la fascinación que tenían de pequeños por el mundo.
Algún día los gorilas adultos compartirían tal vez ese rasgo. Esos miembros de una tribu modificada eran ya más brillantes y seguían siendo curiosos durante más tiempo que sus parientes terrestres en barbecho. Algún día sus descendientes serían jóvenes a lo largo de toda su vida.
Es decir, si los galácticos lo permitían.
Los gorilas pequeños se movían libremente, metiendo las narices en todas partes. Nunca se les pegaba o castigaba; si alguna vez molestaban, se les daba un suave empujón acompañado de una palmadita y una vocalización de afecto. Al pasar junto a uno de los grupos, Robert vio a un macho de lomo plateado que montaba a una de las hembras entre los matorrales. Tenía tres jovenzuelos encaramados a la espalda, pero él los ignoraba con los ojos cerrados, acurrucándose y cumpliendo su deber para con la especie.
De entre el follaje aparecieron más infantes que daban volteretas ante Robert. De sus bocas colgaban tiras de cierto material plástico que mascaban hasta reblandecerlo. Dos de los pequeños lo miraban con algo de temor pero el tercero, menos tímido que los demás, lo saludó con las manos, haciendo signos impacientes y poco elaborados. Robert sonrió y lo cogió en brazos.
En la falda de la montaña, más arriba, por encima de los manantiales calientes envueltos en brumas, Robert vio otras figuras oscuras que se movían entre los árboles.
—Son machos jóvenes —explicó Elsie—. Y los demás son demasiado viejos corno para ostentar el patriarcado. Antes de la invasión, los planificadores del centro Howletts intentaban decidir si debían intervenir o no en la estructura familiar. Es su sistema, de acuerdo, pero resulta tan duro para los pobres machos… Dos años de placer y gloria y el resto de su vida solos. —Sacudió la cabeza—. Cuando llegaron los gubru aún no lo teníamos claro. Ahora quizá ya no tengamos nunca la oportunidad.
Robert no hizo ningún comentario. Detestaba los tratamientos restrictivos y además no estaba muy de acuerdo con lo que habían hecho los colegas de Elsie en el centro Howletts. Tomar una decisión de ese tipo hubiera sido arrogante y no creía que los resultados hubieran podido ser afortunados.
A medida que se acercaban a las termas, vio a varios chimps ocupados en diversas tareas. Uno examinaba la boca de un gorila que era seis veces mayor que él, con una herramienta dental en la mano. Otro enseñaba pacientemente el lenguaje de las manos a un grupo de diez gorilas pequeños.
—¿Cuántos chimps se encargan del cuidado de los gorilas?
—La doctora de Shriver, del centro, una docena de técnicos que trabajaban con ella, más unos veinte guardas y voluntarios de los poblados cercanos. Depende de la cantidad de gorilas que nos llevamos para que ayuden en la guerra.
—Y ¿cómo los alimentan? —preguntó Robert mientras descendían hacia los bancos de una de las termas.
Algunos de los chimps de su grupo, que habían llegado un poco antes que él, estaban allí instalados bebiendo tazas de humeante caldo. En una cueva cercana habían instalado un almacén improvisado y de él salían trabajadores residentes vestidos con delantales, que llenaban más tazas con unos cucharones.
—Es un problema —asintió Elsie—. Los gorilas tienen digestiones muy delicadas y resulta difícil encontrarles una alimentación equilibrada. Incluso en las junglas reconstruidas de África, un gran «lomo plateado» necesita dos kilos y medio de vegetales, frutas e insectos al día. Los gorilas tienen que moverse mucho para conseguir esa cantidad de alimentos y eso nosotros no podemos permitírselo.
Robert descendió por las húmedas piedras y dejó al pequeño gorila en el suelo. Éste correteó hacia el borde del agua, mascando aún su chafada tira de plástico.
—Parece bastante complicado.
—Sí. El año pasado, por suerte, el doctor Schultz resolvió el problema. Me alegro de que tuviera esa satisfacción antes de morir.
Robert se quitó los mocasines. El agua parecía caliente. Metió las puntas de los dedos y las retiró en seguida.
—¡Ay! ¿Cómo lo hizo?
—Perdón, ¿cómo dice?
—¿Cuál fue la solución de Schultz?
—La microbiología, ser. —Levantó la vista de repente, con los ojos brillantes—. Ah, ahí vienen con nuestra sopa.