Robert aceptó la taza que le sirvió una chima, cuyo delantal parecía haber sido tejido en los telares de los gorilas. Andaba un poco coja y Robert se preguntó si habría resultado herida en algún enfrentamiento con el enemigo.
—Gracias —dijo apreciando el aroma. No se había dado cuenta del hambre que tenía—. Elsie, ¿qué quieres decir con microbiología?
—Bacterias intestinales. —Bebía con delicadeza—. Simbiontes. Todos los tenemos. Organismos diminutos que habitan en nuestras tripas y en nuestras bocas. La mayoría son compañeros inofensivos. Nos ayudan a digerir la comida a cambio de un viaje gratis.
—Ah. —Robert por supuesto sabía lo que eran los bio-simbiontes. Todos los niños en edad escolar lo sabían.
—El doctor Schultz se las ingenió para encontrar una serie de bichos que ayudan a los gorilas a comer y a disfrutar de una buena parte de la vegetación nativa de Garth. Esos animalillos…
Fue interrumpida por un grito muy agudo, del todo diferente a los tonos que los simios podían emitir.
—¡Robert! —exclamó la voz chillona.
—Abril. —Robert sonrió—. La pequeña Abril Wu. ¿Cómo estás, preciosa?
La pequeña estaba vestida como Sheena, la niña de la selva. Iba montada en el hombro izquierdo de un gorila macho adolescente cuyos oscuros ojos estaban llenos de ternura y paciencia. Abril se inclinó hacia adelante e hizo una serie de signos con las manos. El gorila le soltó las piernas y ella se puso de pie sobre sus hombros, sujetándose a la cabeza para mantener el equilibrio. Su guardián permanecía impasible.
—¡Cógeme, Robert!
El muchacho se apresuró a ponerse de pie. Antes de que midiera decir nada, ella saltó hacia adelante, un torbellino bronceado por el sol con una rubia cabellera, y él la agarró en el aire. Durante unos instantes, hasta que la tuvo asida firmemente, su corazón latió más deprisa que cuando luchaba contra el enemigo o escalaba montañas.
Sabía que la pequeña permanecía en las montañas con los gorilas. Para su pesar, advirtió lo atareado que había estado desde que se recuperó de su accidente. Tan atareado que no había pensado más en aquella niña, el otro humano libre que había en las montañas.
—Hola, calabacita, ¿cómo te va? ¿Cuidas de los gorilas?
—Tengo que cuidar de loz rilas —asintió con seriedad—. Tenemoz que hacerlo, Robert, porque zólo eztamos nozotroz.
Robert la abrazó con fuerza. En aquel momento se sintió terrible y repentinamente solo. No se había dado cuenta de lo mucho que necesitaba compañía humana.
—Sí, aquí arriba sólo estamos tú y yo —le dijo en voz baja.
—Tú y yo y la tymbimi Athaclena —le recordó la niña.
—¿Obedeces en todo a la doctora de Shriver? —La miró a los ojos.
—La doctora de Shriver ez muy amable —asintió ella—. Dice que tal vez pronto pueda ir a ver a papá y mamá.
Robert se sobresaltó. Tendría que hablar con de Shriver acerca de la desilusión que se llevaría la niña. Seguramente no podía soportar decirle a la pequeña humana la verdad: que tendría que quedarse a su cuidado aún mucho tiempo más. Mandarla a Puerto Helenia significaría revelar el secreto de los gorilas, algo que incluso Athaclena estaba decidida a evitar.
—Déjame ahí, Robert —le pidió Abril con una dulce sonrisa.
Señalaba una roca plana donde el gorila pequeño hacía cabriolas. Los chimps del grupo de Robert reían indulgentemente de las payasadas del pequeño. El tono satisfecho y complacido de sus voces era algo que Robert comprendía muy bien. Era natural que una raza pupila muy joven se sintiera de ese modo con respecto a una raza aún más joven. Los chimps eran muy paternales con los gorilas.
Robert también se sentía como un padre, pero un padre que tiene una desagradable tarea por delante: la de comunicarles a sus hijos que el cachorro no se quedará mucho tiempo con ellos.
Llevó a la pequeña Abril al otro banco y la sentó. La temperatura del agua era allí mucho más soportable. En realidad, era muy placentera. Se quitó los mocasines, sumergió los pies y empezó a mover los dedos en aquella estimulante calidez.
Abril y el bebé gorila flanqueaban a Robert, con los codos apoyados sobre las rodillas. Elsie también se sentó junto a ellos. Fue una breve y apacible escena. Si por arte de magia hubiera aparecido un neodelfín en el agua, mirándolos de reojo con una amplia sonrisa, aquella imagen hubiera podido ser una buena foto familiar.
—¡Eh! ¿Qué tienes en la boca? —Alargó las manos para coger al pequeño gorila pero éste se puso en seguida fuera de su alcance. Lo miraba con ojos grandes y curiosos.
—¿Qué es eso que masca? —le preguntó a Elsie.
—Es como una tira de plástico. Pero… ¿de dónde ha salido? Se supone que no puede haber nada aquí que no esté manufacturado en Garth.
—No está hecho en Garth —dijo alguien, y todos levantaron la cabeza. Era la chima que les había servido la sopa. Sonrió y se secó las manos en el delantal antes de agacharse a coger al bebé gorila. Éste soltó el plástico sin protestar—. Todos los pequeños mascan estas tiras. Son inocuas y estamos completamente seguros de que no hay nada en ellas que grite «terráqueo» a los detectores gubru.
—¿Cómo podéis estar tan seguros? —Robert y Elsie intercambiaron una mirada de perplejidad—. ¿Qué material es ése?
Ella jugaba con el pequeño simio moviendo la tira ante su cara hasta que él se la quitó y volvió a metérsela en la boca.
—Sus padres trajeron fragmentos de eso cuando regresaron de nuestra primera emboscada con éxito, en el centro Howletts. Dicen que «huele bien» y ahora todos los crios se dedican a mascarlo. Es superfibra de plástico de los vehículos de guerra gubru —sonrió a Elsie y a Robert—. Ya saben, ese material que impide el paso de las balas.
Robert y Elsie estaban asombrados.
—Eh, Kongie, a ver qué te parece esto. —La chima acariciaba al pequeño gorila—. Tú, cosita inteligente, sí, tú. Ya que te gusta mascar planchas de blindaje, ¿qué te parecería enfrentarte la próxima vez con algo realmente sabroso? Digamos una ciudad, una cosa sencillita, como Nueva York, por ejemplo.
El bebé se quitó de la boca el desgarrado y mojado trozo de plástico y bostezó, mostrando una serie de afilados y brillantes dientes.
—¿Saben? —sonrió la chima—. Creo que a Kongie le ha gustado la idea.
54. FIBEN
—Ahora estáte quieta —le dijo Fiben a Gailet mientras le desenredaba el pelo con los dedos.
Las palabras sobraban porque, aunque Gailet estaba de espaldas a él, Fiben podía imaginar la momentánea expresión de regocijo beatífico de su rostro mientras él la acicalaba. Cuando estaba así, tranquila, relajada, feliz y disfrutando del sencillo placer táctil, su semblante austero se llenaba de un brillo que transformaba por completo sus rasgos un tanto vulgares.
Por desgracia, la paz no duró más que un minuto. Fiben vislumbró algo que se movía velozmente y se apresuró a cogerlo antes de que desapareciese entre su fino pelo.
—¡Ay! —gritó ella cuando Fiben le pellizcó la piel para asir al piojo que se retorcía. Sus cadenas tintinearon cuando golpeó el suelo con un pie—. ¿Qué haces?
—Estoy comiendo —murmuró al tiempo que aplastaba al bicho que trataba de escapar entre los dientes.