—La Fundación Cárter lo mandó de gira por las colonias —prosiguió Fiben—. En parte fue un gesto de buena voluntad hacia todas las comunidades alejadas de chimps. Y, por supuesto, también fue para repartir un poco de esperanza.
Gailet soltó un bufido ante lo obvio de las palabras del chimp. Patterson tenía carnet blanco, por supuesto.
Los chimps miembros del Cuadro de Elevación debían de haber insistido, aunque no se hubiera tratado del espécimen de neochimp más encantador, inteligente y atractivo que alguien desease conocer.
Fiben supuso en qué otra cosa estaban pensando Gailet. Para un macho, la posesión del carnet blanco no era un problema, era una fiesta.
—Claro —dijo ella, y Fiben creyó advertir algo de envidia en su tono de voz.
—Bueno, tendrías que haber estado allí cuando apareció para dar el concierto. Yo fui uno de los afortunados. Mi asiento era lateral y más bien alejado, y esa noche tenía un catarro terrible. Fue una gran suerte.
—¿Qué? —le preguntó Gailet cejijunta—. ¿Qué tiene eso que ver con…? ¡Oh! —lo miró con gesto altivo—. Comprendo.
—Supongo que sí. El aire acondicionado estaba muy fuerte, pero me dijeron que aun así el olor era irresistible. Tuve que permanecer allí sentado, temblando bajo los acondicionadores de aire. Casi me muero.
—¿Quieres no divagar más? —Los labios de Gailet eran una delgada línea.
—Bueno, como sin duda habrás adivinado, casi todas las chimas con carnet verde o azul de la isla que estaban en celo parecía que habían conseguido localidades para el concierto. Ninguna de ellas llevaba desodorante. En general, asistían al espectáculo con el total beneplácito de los maridos de su grupo, con los labios pintados en llamativos tonos rosados sólo por si se pre sentaba la remota posibilidad…
—Me imagino la escena —dijo Gailet, y durante un instante Fiben se preguntó si no reprimía una débil sonrisa. De ser así, era apenas un destello momentáneo en su seria expresión—. Y entonces ¿qué ocurrió?
—¿Qué esperabas que ocurriese? —Fiben bostezó y se desperezó—. Un gran alboroto, por supuesto.
—¿En serio? ¿En la Universidad? —Lo miraba boquiabierta.
—Tan cierto como que estoy aquí sentado.
—Pero…
—Bueno, al principio todo iba bien. El viejo Igor estaba haciendo honor a su fama, en verdad. El público estaba cada vez más excitado. Incluso la banda que lo acompañaba parecía notarlo. Y luego las cosas se descontrolaron.
—Pero…
—¿Te acuerdas del profesor Olvfing, del Departamento de Tradiciones Terragens? Ya sabes, ese chimp ya mayor que usaba monóculo y que en sus ratos libres solía cabildear para conseguir una ley de monogamia para los chimps ante la legislatura.
—Sí, lo conozco —asintió con los ojos como platos.
Fiben hizo un gesto con las dos manos.
—¡No! ¿En público? ¿El profesor Olvfing?
—Ante el decano de la escuela de Nutrición, ni más ni menos.
Gailet soltó un agudo sonido. Se dio media vuelta con las manos en el pecho. Parecía sufrir un repentino ataque de hipo.
—Naturalmente, la esposa de Olvfing después lo perdonó. Si no lo hacía se lo arrebataba un grupo de diez chima s, las cuales habían afirmado que estaban encantadas con su estilo.
Gailet se golpeaba el pecho, tosiendo. Se alejó un poco más de Fiben, sacudiendo la cabeza con energía.
—Pobre Igor Patterson —prosiguió Fiben—. Él también tuvo sus problemas. Algunos de los chicos del equipo de fútbol habían sido contratados como servicio de orden. Cuando todo empezó a embarullarse, utilizaron los extintores de incendios. Las cosas no se calmaron demasiado: sólo se hicieron más resbaladizas.
—Fiben... —Gailet tosía cada vez más fuerte.
—Fue terrible, de verdad —comentó abstraído—. Igor estaba consiguiendo una gran interpretación de blues, golpeando realmente aquellas pieles, envolviéndolas con una percusión que no puedes ni imaginar. Yo estaba transportado, y de pronto… una chima de cuarenta años, desnuda y resbaladiza como un delfín, se abalanzó sobre él desde las vigas.
Gailet se doblaba, con las manos sobre el estómago. Levantó una mano pidiendo piedad.
—Para, por favor —susurró débilmente.
—Gracias al cielo, cayó sobre el tambor y quedó atrapada en él. Tardó lo suficiente para que el pobre Igor pudiera escapar por la salida trasera, justo un momento antes de que lo alcanzase la multitud.
Ella cayó de lado. Durante unos instantes, Fiben se preocupó al ver su rostro tan enrojecido. Gailet saltaba golpeando el suelo y de sus ojos brotaban lágrimas. Luego rodó sobre su espalda, sacudida por las carcajadas.
—Y todo eso ocurrió sólo durante el primer número —Fiben se encogió de hombros—, ¡la versión especial de Patterson del maldito himno nacional! Qué pena. No pude llegar a escuchar su interpretación de «Inagadda da vita». Pero ahora que lo pienso —suspiró de nuevo—, tal vez haya sido mejor así.
A las ocho de la noche, con el toque de queda, se cortaba el suministro eléctrico, y las prisiones no eran una excepción. Antes del atardecer se había levantado viento, y pronto los postigos de su pequeña ventana empezaron a golpear. El viento procedía del océano y transportaba un fuerte olor a sal. En la distancia podían oírse los débiles retumbos de una tormenta de verano.
Dormían acurrucados bajo las mantas, tan cerca el uno del otro como les permitían las cadenas, cabeza con cabeza para así poder oír la respiración del otro en la oscuridad. En su descanso inhalaban el sabor de la piedra y la humedad de la paja, y exhalaban los suaves murmullos de sus sueños.
Las manos de Gailet se agitaban con pequeñas contracciones, como si intentara seguir el ritmo de alguna fuga ilusoria. Sus cadenas crujían débilmente.
Fiben yacía inmóvil pero, de vez en cuando, parpadeaba y sus ojos se abrían y cerraban sin que la luz de la conciencia brillara en ellos. A veces, contenía el aliento unos momentos para exhalar finalmente el aire.
No advirtieron los sordos murmullos que se acercaban por el pasillo ni la luz que penetraba en la celda a través de las rendijas de la puerta de madera. Se oían pies que se arrastraban y garras golpeando las baldosas.
Cuando las llaves tintinearon en la cerradura, Fiben se sobresaltó, rodó hacia un lado y se sentó. Se frotó los ojos con los nudillos al tiempo que las bisagras chirriaban. Gailet alzó la cabeza y se protegió con la mano de Ja brillante luz de dos linternas sujetas en lo alto de unos postes.
El olor a lavanda y plumas hizo estornudar a Fiben. Unos chimps con trajes de cremallera los pusieron de pie, y Fiben reconoció la desagradable voz de Puño de Hierro, el jefe de sus capturadores.
—Será mejor que os comportéis bien. Tenéis visitas importantes.
Fiben parpadeó, tratando de acostumbrarse a la luz. Al fin distinguió un pequeño grupo de cuadrúpedos con plumas, semejantes a grandes bolas de pelusa blanca adornadas con cintas y lazos. Dos de ellos sostenían unas estacas de las que colgaban las dos brillantes linternas. El resto gorjeaba alrededor de lo que parecía una vara corta terminada en una estrecha plataforma. En esa percha descansaba un pájaro de aspecto extremadamente singular.