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No se veían destellos azules cuando Uthacalthing encontró cobijo bajo un grupo muy espeso de árboles enanos, pero se mantenía atento. No obstante, le pareció captar con la corona un amago de fiera alegría que procedía de alguna mente oculta en la estepa; de alguien grande, inteligente y familiar.

—En cierto modo, soy un experto en asuntos terrestres —decía Kault un poco más tarde mientras conversaban bajo las nudosas ramas. Unos pequeños insectos zumbaban en torno a las ranuras respiratorias del thenanio y salían despedidos cada vez que se acercaban demasiado—. Eso, y mi experiencia ecológica, fueron decisivos para conseguir mi nombramiento como embajador en este planeta.

—No olvide su sentido del humor —añadió Uthacalthing con una sonrisa.

—Sí. —La cresta de Kault se hinchó en el equivalente thenanio a un asentimiento—. En mi planeta me consideraban una especie de diablo, la persona ideal para tratar con los lobeznos y los traviesos tymbrimi. —Terminó la frase con una grave y rápida serie de roncas respiraciones. Era evidente que se trataba de una afectación premeditada, ya que los thenanios no tenían un gesto de risa como tal.

No importa, pensó Uthacalthing, como muestra del humor thenanio está muy bien.

—¿Ha tenido mucha experiencia directa con los terrestres?

—Oh, sí —dijo Kault—. He estado en la Tierra, he tenido el placer de pasear por sus húmedos bosques y contemplar las diversas y extrañas formas de vida que allí existen. He conocido neodelfines y ballenas. Mientras que mis congéneres creen que los humanos nunca deberían haber sido declarados completamente elevados, que les sería mucho más provechoso pasar aún unos cuantos años de perfeccionamiento bajo unos guías adecuados, a mí me parece que su mundo es muy hermoso y sus pupilos muy prometedores.

Una de las razones que habían llevado a los thenanios a implicarse en aquella guerra era su esperanza de poder apropiarse de las tres razas terrestres y de que su clan las adoptase por la fuerza, «por el bien de los terrestres», naturalmente. No obstante, para ser justos, también era evidente que entre los propios thenanios había desavenencias a aquel respecto. El partido de Kault, por ejemplo, prefería una campaña de persuasión de diez mil años para conseguir una adopción voluntaria de los terrestres a base de «amor».

Pero el partido de Kault no era mayoritario en el gobierno actual.

—Y además, he conocido a unos cuantos terrestres en el curso de unas sesiones del Instituto Galáctico de Migración, en una expedición que se realizó para negociar con los fah’fah’nfah.

La corona de Uthacalthing se desplegó en un torbellino de hebras doradas; una exhibición de franca sorpresa. Sabía que incluso Kault podría leer su expresión de asombro, pero no le importaba.

—¿Así que usted conoce a los respiradores de hidrógeno? —Ni siquiera intentó pronunciar el nombre hiperalienígena que no formaba parte de ninguna lengua galáctica autorizada.

Kault lo había sorprendido una vez más.

—Los jah’fah’nfah. —Las ranuras respiratorias de Kault latían de nuevo imitando la risa, pero esta vez sonaba mucho más auténtica—. Las negociaciones se sostuvieron en el subcuadrante Poul-Kren, no muy lejos de lo que los humanos llaman el sector Orion.

—Eso está muy cerca de las colonias terrestres de Canaan.

—Si, ésa es una de las razones por las que se les invitó a participar. Aunque se considera que esos infrecuentes encuentros entre las civilizaciones que respiran oxígeno y las que respiran hidrógeno son los más críticos y delicados de todas las eras, se creyó adecuado que algunos terrestres asistieran a ellos y presenciaran las sutilezas de la diplomacia de alto nivel.

Quizá se debía a su estado de confundida sorpresa, pero en aquel momento a Uthacalthing le pareció captar algo que Kault emanaba… un amago de algo profundo y preocupante para el thenanio. No me lo está contando todo, advirtió Uthacalthing. Había otras razones que justificaban la presencia humana.

Durante miles de millones de años, se había mantenido una precaria paz entre dos culturas paralelas y completamente separadas. En realidad, era como si las Cinco Galaxias fuesen diez pues había prácticamente tantos mundos estables con atmósferas de hidrógeno como planetas del tipo Garth, la Tierra o Tymbrimi. Los dos ramales de vida, cada uno con un vasto número de especies y formas vitales, no tenían nada en común. Los mundos de los fah’fah’nfah eran demasiado fríos, vastos e inhóspitos para que los galácticos pudieran siquiera codiciarlos.

Y también parecían operar con distintos niveles o lapsos de tiempo. Los respiradores de hidrógeno preferían las rutas lentas a través del nivel-D del hiperespacio, e incluso las del espacio normal entre las estrellas, en las que regía la relatividad, y dejaban las vías más rápidas para los herederos de los míticos Progenitores, de vida breve.

A veces estallaban conflictos y morían sistemas y clanes enteros, pero no había leyes que regulasen tales guerras.

Otras veces se comerciaba con ellos: metales a cambio de gases, o maquinaria a cambio de objetos tan extraños que ni siquiera constaban en los registros de la Gran Biblioteca.

Había períodos en los que una u otra civilización abandonaba por completo los brazos de la espiral. El Instituto Galáctico de Migración organizaba tales movimientos entre los respiradores de oxígeno una vez cada cien millones de años aproximadamente. La razón oficial era la de permitir que grandes regiones de estrellas «volvieran al barbecho» durante una era y que sus planetas tuvieran tiempo de desarrollar nuevas formas presensitivas. Sin embargo, el otro objetivo era ampliamente conocido… poner espacio de por medio entre las formas de vida oxigénicas e hidrogénicas cuando llegaban a un punto crítico en que ya no podían ignorarse mutuamente.

¿Y Kault le estaba diciendo que había tenido lugar una negociación reciente en el sector Poul-Kren? ¿Y que los humanos habían estado presentes?

¿Por qué no he oído nada de esto hasta ahora?, se preguntó Uthacalthing.

Quería seguir hablando de aquel tema pero no tuvo ocasión. Era evidente que Kault no deseaba hacerlo, pues retomó el hilo anterior de la conversación.

—Sigo creyendo, Uthacalthing, que hay algo anómalo en las transmisiones gubru. De sus partes, se desprende que están peinando tanto Puerto Helenia como las islas, para buscar a los ecólogos terrestres, y a los expertos en Elevación.

Uthacalthing decidió que su curiosidad podía esperar; una decisión muy dura para un tymbrimi.

—Bueno, como ya he sugerido antes, tal vez los gubru quieran por fin cumplir con sus deberes en Garth.

—Si ése fuera el caso —Kault gorgoriteó de un modo que Uthacalthing sabía que significaba duda—, necesitarían ecólogos, pero ¿por qué especialistas en Elevación? Intuyo que está ocurriendo algo extraño —concluyó Kault—. Los gubru han estado muy agitados durante varios megasegundos.

Incluso sin el pequeño receptor o sin ninguna noticia procedente de las ondas aéreas, Uthacalthing lo hubiese sabido igualmente. Estaba implícito en la intermitente luz azul que venía observando desde hacía semanas. El centelleante brillo significaba que la Reserva Diplomática tymbrimi había sido violada. El cebo que había colocado dentro del hito, junto con algunas otras pruebas e indicios, sólo podían llevar a una raza sapiente a una única conclusión.