Выбрать главу

Era evidente que la broma que les había gastado a los gubru les estaba costando muy cara.

No obstante, hasta las cosas buenas tienen un final. En aquellos momentos los gubru ya debían de saber que todo había sido un truco tymbrimi. Los pájaros no eran totalmente estúpidos. Tarde o temprano tenían que descubrir que no existía nada parecido a un «garthiano».

Los sabios dicen que puede ser un error llevar una broma demasiado lejos. ¿Cometo ese error al gastarle a Kault la misma broma?

Ah, pero en este caso, el procedimiento era por completo distinto. Engañar a Kault se estaba convirtiendo en una tarea mucho más lenta, difícil y personal.

Y además, ¿qué otra cosa puedo hacer para pasar el rato?

—Cuénteme más cosas acerca de sus sospechas —dijo Uthacalthing a su compañero—. Estoy muy, muy interesado.

56. GALÁCTICOS

Contra todo pronóstico, el nuevo Suzerano de Costes y Prevención estaba ganando puntos. Su plumaje apenas empezaba a mostrar los matices reales de la candidatura pero ya destacaba respecto a sus compañeros de competición. Cuando danzaba, los otros Suzeranos se sentían obligados a observarlo de cerca y prestar atención a sus bien analizados argumentos.

—Este esfuerzo ha sido incorrecto, oneroso, imprudente —gorjeaba y danzaba con delicado ritmo—. Hemos malgastado riquezas, tiempo y honor buscando, persiguiendo, acosando una quimera.

El nuevo jefe de la burocracia poseía varias ventajas. Había sido preparado por su predecesor, el impresionante Suzerano de Costes y Prevención ya fallecido. Y, además, había presentado un número igualmente impresionante de hechos acusatorios ante el cónclave. En el suelo aparecían diseminados unos cubos de datos. La presentación por parte del jefe de los funcionarios había sido, en realidad, muy abrumadora.

—No hay ningún modo, ninguna probabilidad, ninguna posibilidad de que este mundo haya podido esconder a un presensitivo, superviviente de la matanza de los bururalli. Ha sido un fraude, un truco, un diabólico plan terrestre-tymbrimi para lograr que malgastemos, derrochemos, dilapidemos nuestra riqueza.

Para el Suzerano de la Idoneidad aquello había sido completamente humillante; de hecho, casi una catástrofe.

Durante el vacío de poder, mientras se elegía el nuevo candidato burócrata, el sacerdote y el almirante habían reinado a sus anchas, sin ningún tipo de control. Bien sabían que actuar de aquel modo, sin la voz de un tercero para frenarlos, no era inteligente pero ¿qué ser continuaba actuando con sabiduría cuando la oportunidad llama seductoramente?

El almirante había salido en misiones de búsqueda y destrucción de los partisanos de las montañas para acrecentar así su honor personal. Por su parte, el sacerdote había ordenado nuevas y costosas construcciones y había precipitado el envío de una nueva sección de la Biblioteca Planetaria.

Había sido un agradable interregno con un consenso bilateral. El Suzerano de Rayo y Garra aprobaba todos los gastos y el Suzerano de la Idoneidad bendecía todas las incursiones de los soldados de Garra. Se enviaron incesantes expediciones a la montaña, mientras los científicos, fuertemente protegidos, buscaban con impaciencia un tesoro que no tenía precio.

Se cometieron muchos errores. Los lobeznos resultaron ser diabólicos y escurridizos como animales en sus emboscadas. Y sin embargo, no habría habido críticas a los gastos si se hubiese encontrado lo que se buscaba. Habría valido la pena si al menos…

Pero nos han mentido, engañado, confundido, pensó el sacerdote con amargura. El tesoro había sido un fraude. Y ahora el nuevo Suzerano de Costes y Prevención les echaba en cara lo que había costado. El burócrata ejecutaba una brillante danza de castigo por el exceso. Y ya había logrado varios puntos de consenso; por ejemplo, que no habría más persecuciones inútiles en las montañas hasta que se encontrara una forma más barata de eliminar a los partisanos de la Resistencia.

El plumaje del Suzerano de Rayo y Garra estaba tristemente caído. El sacerdote sabía lo mucho que aquello debía vejar al almirante. Pero ambos estaban hipnotizados por la virtuosa corrección de la Danza de Castigo. Dos no podían vencer en la votación contra uno cuando este uno tenía toda la razón.

Entonces, el burócrata acometió una nueva cadencia. Propuso abandonar los nuevos proyectos de construcciones. No tenían nada que ver con la defensa del poder gubru en ese planeta. Se habían iniciado en la suposición de que encontrarían esas criaturas garthianas. Ahora resultaba absolutamente inútil seguir construyendo una derivación hiperespacial y un montículo ceremonial.

La danza era poderosa, convincente, respaldada con cuadros, estadísticas y tablas de cifras. El Suzerano de la Idoneidad se percató de que tenía que hacerse algo y pronto, o aquel advenedizo terminaría la jornada en la posición más alta. Era impensable que pudiera producirse una alteración tan repentina del orden, justo en el momento en que sus cuerpos empezaban a sentir las punzadas previas a la Muda.

Dejando incluso aparte la cuestión del orden de Muda, había que considerar también el mensaje de los Maestros de la Percha. Las reinas y príncipes, en el planeta de origen, se consumían en preguntas. ¿Habían logrado ya los Tres de Garth estructurar una nueva y audaz política? Los cálculos indicaban la importancia de que surgiese pronto algo original e imaginativo, o de otro modo la iniciativa pasaría a ser para siempre de otro clan.

Era intimidante saber que el destino de la raza estaba en sus manos.

Y a pesar de toda su innegable finura y su acicalado aspecto, una cosa resultaba clara en el reciente jefe de la burocracia: el nuevo Suzerano de Costes y Prevención carecía de la profundidad y la claridad de visión de su fallecido antecesor. El Suzerano de la Idoneidad sabía que de un insignificante y tacaño corto de vista no se podía esperar que saliera una gran política.

¡Tenía que nacerse algo y de inmediato! El sacerdote extendió sus brillantes brazos alados en una postura de presagio. Con cortesía, tal vez con indulgencia, el burócrata interrumpió prematuramente su danza e inclinó el pico concediéndole tiempo.

El Suzerano de la Idoneidad empezó despacio, arrastrando las patas en pequeños pasos sobre la percha. El sacerdote adoptó la misma cadencia que había utilizado su adversario.

—Aunque es probable que no existan garthianos, queda la posibilidad, la ocasión, la oportunidad de usar el enclave ceremonial que hemos

planeado,

construido,

dedicado

tan alto coste.

«Existe una idea, un esquema, un plan que puede aún conseguir

gloria,

honor,

idoneidad,

para nuestro clan.

»En el núcleo, el centro, la esencia de este plan, debemos

examinar,

inspeccionar,

investigar,

a los pupilos de los lobeznos.

Al otro lado de la cámara, el Suzerano de Rayo y Garra levantó la cabeza. Una luz esperanzada apareció en el abatido ojo del almirante y el sacerdote comprendió que podría conseguir una victoria temporal, o al menos una tregua.