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En los días por venir, muchas, muchas cosas dependerían de descubrir si aquella idea era viable.

57. ATHACLENA

—¿Ves? —le gritó desde arriba—. ¡Se ha movido durante la noche!

Athaclena tuvo que protegerse los ojos con una mano para mirar a su amigo humano que estaba encaramado en una rama a más de diez metros del suelo. Tiraba de un verde cable vegetal que se extendía hacia él en un ángulo de cuarenta y cinco grados desde su anclaje aún más alto.

—¿Estás seguro de que es la misma enredadera que cortaste ayer? —gritó ella.

—¡Claro que sí! Subí y eché un litro de agua rica en cromo, la sustancia que abunda en esta enredadera en particular, en la horcadura de esa rama, más arriba de donde ahora estoy. Y ahora puedes ver que se ha insertado en ese preciso punto.

Athaclena asintió. Notaba una orden de verdad rodeando sus palabras.

—Ya lo veo, Robert. Y ahora lo creo.

No pudo reprimir una sonrisa. A veces Robert actuaba de una forma tan parecida a la de un macho tymbrimi… tan rápido, tan impulsivo, tan travieso. En cierto modo le resultaba un poco desconcertante. Se suponía que los alienígenas se comportaban de manera rara e inescrutable, no como…, bueno, como todos los chicos.

Pero Robert no es un alienígena, se dijo, es mi consorte. Y además, llevaba tanto tiempo viviendo entre terrestres que se preguntaba si no había empezado a pensar como ellos.

Cuando regrese a casa, si es que alguna vez lo consigo, ¿voy a desconcertar a todos los que me rodean, asustándolos y sorprendiéndolos con metáforas? ¿Con extrañas actitudes lobeznos? ¿Me atrae tal perspectiva?

En la guerra había una calma pasajera. Los gubru habían cesado de enviar expediciones desprotegidas a las montañas. Sus puestos avanzados permanecían tranquilos. Hasta el incesante paso de los robots gaseadores había desaparecido de los altos valles desde hacía más de una semana, para gran alivio de los chimps granjeros y campesinos.

Ahora que disponían de un poco de tiempo, Robert y ella decidieron tomarse un día de descanso y aprovecharlo para conocerse mejor el uno al otro. Después de todo, quién sabe cuándo iba a continuar la guerra. ¿Se les presentaría otra oportunidad como aquélla?

Y además, ambos necesitaban distraerse. Aún no había respuesta de la madre de Robert, y el destino del embajador Uthacalthing seguía siendo incierto, a pesar de la pequeña visión que ella había tenido sobre los proyectos de su padre. Todo lo que podía hacer era intentar representar su papel lo mejor posible y esperar que su padre siguiera vivo y capaz de representar el suyo.

—¡Muy bien! —le gritó a Robert—. Lo acepto. En cierto modo, se puede guiar el crecimiento de las enredaderas. Y ahora baja, tu punto de apoyo parece precario.

—Bajaré —Robert sonrió—, pero cuando tenga ganas. Ya me conoces, Clennie, no puedo dejar escapar una oportunidad como ésta.

Athaclena se puso en tensión. Ahí estaba otra vez, esa extravagancia en los extremos del aura emocional de su amigo. No era distinto de syulff-kuonn, la comprensión coronal que rodeaba a un joven tymbrimi cuando saboreaba por anticipado una broma.

Robert tiró con fuerza de la enredadera. Inhaló, expandiendo su caja torácica de un modo que ningún tymbrimi podía igualar, y luego se golpeó el pecho con rapidez, mientras soltaba un largo y ululante grito que resonó por los corredores de la jungla.

Athaclena suspiró. Oh, claro, debe rendir tributo a Tarzán, su lobezno, deidad.

Con la enredadera bien asida entre ambas manos, Robert saltó desde la rama. Pasó volando con las piernas juntas y extendidas en un ligero arco y atravesó el claro del bosque, rozando casi los arbustos bajos, sin dejar de gritar.

Se trataba, por supuesto, de ese tipo de cosas que los humanos debieron de inventar durante los oscuros siglos transcurridos entre el advenimiento de la inteligencia y el descubrimiento de la ciencia. Ninguna de las razas galácticas, educadas según los principios de la Biblioteca, hubiese inventado una forma de transporte como aquélla.

El movimiento pendular llevó a Robert de nuevo hacia arriba, hacia una densa masa de hojas y ramas que rodeaba a media altura a un gigante de la jungla. El grito de Robert se interrumpió súbitamente al tiempo que caía entre el follaje y desaparecía con un ruido de astillas.

El silencio sólo fue interrumpido por una débil pero incesante lluvia de fragmentos pequeños,. Athaclena titubeó unos instantes y luego gritó:

—¿Robert?

De las tupidas alturas no surgió respuesta ni movimiento alguno.

—Robert, ¿estás bien? ¡Contéstame! —Las palabras en anglico se espesaban en su boca.

intentó localizarlo con la corona y tensó hacia adelante las pequeñas fibras que poseía sobre las orejas. Él estaba allí. Se encontraba bien pero quizá un poco dolorido.

Atravesó el claro a toda prisa, saltando sobre los pequeños obstáculos, mientras las transformaciones gheer entraban en acción. Sus fosas nasales se ensancharon automáticamente para permitir la entrada de una mayor cantidad de aire y la velocidad de los latidos de su corazón se triplicó. Cuando llegó al árbol, los dedos de las manos y los pies habían empezado a endurecérsele. Se quitó los zapatos y comenzó a encaramarse a él. Rápidamente encontró huecos donde apoyarse en la áspera corteza y alcanzó la primera rama del tronco gigante.

En aquel punto se arracimaban las sempiternas enredaderas y serpenteaban en ángulo hacia la maraña vegetal que se había tragado a Robert. Examinó uno de los correosos cables y lo utilizó para seguir trepando hasta el siguiente nivel.

Athaclena sabía que debía tomárselo con calma porque, a pesar de la velocidad y adaptabilidad tymbrimi, su musculatura no era tan fuerte como la de los humanos y la radiación de su corona no disipaba el calor de un modo tan efectivo como las glándulas sudoríparas de los terrestres. Sin embargo, no podía disminuir la velocidad debido a la emergencia.

Aquel escondrijo de hojas en que Robert había caído estaba oscuro, era sombrío y recóndito. Al entrar en la oscuridad, Athaclena parpadeó y husmeó. Los olores le recordaron que aquél era un mundo salvaje y que ella no era un lobezno que se siente en casa en una jungla salvaje. Tuvo que replegar sus zarcillos para que no se enredasen en los matorrales. A eso se debió que fuera sorprendida por algo que salió de las sombras y la agarró con fuerza.

Sus hormonas se precipitaron. Ahogó un grito y se giró para librarse de su asaltante. Pero en seguida reconoció el aura de Robert, sintió su olor masculino y sus fuertes brazos que la estrechaban. Cuando la reacción gheer empezó a remitir con dificultad, Athaclena experimentó una momentánea oleada de vértigo.

En ese estado de aturdimiento, aún inmovilizada por el rigor de las modificaciones, su sorpresa se redobló cuando Robert empezó a rozarle la boca con la suya. Al principio sus acciones parecían dementes, insensatas, pero luego, cuando su corona se desplegó, nuevamente pudo captar sus sentimientos… y de pronto recordó escenas de videos humanos, escenas sobre el aparejamiento y el juego sexual.

La tempestad de emociones que se apoderó de Athaclena era tan poderosamente contradictoria que la dejó inmóvil unos instantes. Tal vez se debía en parte a la fuerza de los brazos de Robert, pero cuando éste por fin la soltó, ella se separó de él a toda prisa y se apoyó contra el tronco del árbol gigante, con la respiración entrecortada.