Robert y Athaclena respondieron casi al unísono. …
—Por supuesto.
—Sí, vayamos pues.
De un modo casi imperceptible, la intimidad que Robert y Athaclena habían alcanzado se alteró. Cuando Benjamín llegó corriendo estaban cogidos de la mano, pero ahora, mientras marchaban por el angosto sendero, les parecía inadecuado hacerlo. Un nuevo factor desconocido se había interpuesto entre ellos. No necesitaban mirarse para saber lo que pensaba el otro.
Para mejor o para peor, las cosas habían cambiado.
58. ROBERT
El mayor Prathachulthorn examinaba los informes del ordenador que, como hojas secas, se esparcían sobre la mesa. El caos era sólo aparente, advirtió Robert mientras observaba al pequeño y oscuro hombre que nunca tenía que buscar lo que necesitaba, ya que para encontrarlo le bastaba con un simple revoloteo de sus ojos y un rápido movimiento de sus callosas manos.
De vez en cuando, el oficial del ejército contemplaba un holotanque y murmuraba casi inaudiblemente en el micrófono que llevaba colgado del cuello. Los datos se arremolinaban en el tanque, girando y tomando nuevas formas bajo sus órdenes.
Robert esperaba, en posición de descanso, frente a la mesa construida con troncos toscamente cortados. Era la cuarta vez que Prathachulthorn lo convocaba para que respondiera sucintamente a las preguntas que le formulaba. Robert estaba cada vez más admirado por la evidente precisión y destreza de aquel hombre.
Estaba claro que el mayor Prathachulthorn era un profesional. En un solo día, él y su pequeño equipo no sólo habían puesto orden en los improvisados programas de tácticas de los partisanos, sino que habían dispuesto los datos de modo distinto y seleccionado posibilidades, esquemas e indicios que los insurgentes aficionados ni siquiera habían captado.
Prathachulthorn era todo lo que el movimiento necesitaba. Era exactamente lo que llevaban tanto tiempo pidiendo al cielo que les concediese.
A ese respecto, no había ninguna duda. Sin embargo, Robert odiaba la actitud de aquel hombre e intentaba saber por qué.
Aparte del hecho de que me tenga aquí de pie, esperando hasta que le parezca bien, quiero decir. Robert sabía que era un simple truco para indicar quién era el jefe. Por ende, si tenía eso en cuenta, podía tomárselo con mejor humor.
El mayor parecía, de pies a cabeza, un soldado de Terragens, aunque el único adorno militar que llevaba era una insignia de rango en el hombro izquierdo. Ni con el uniforme completo Robert parecería nunca tan soldado como Prathachulthorn en aquellos momentos, vestido con esas ropas que tan mal le caían, hiladas por los gorilas bajo un volcán sulfuroso.
El terrestre se pasó un buen rato haciendo tamborilear los dedos sobre la mesa. Los repetitivos golpes le recordaron a Robert la jaqueca que estaba tratando de combatir con bioretroacción desde hacía más de una hora. Por alguna razón, esa técnica no funcionaba esta vez. Se sentía encerrado, claustrofóbico, como si le faltara el aliento, y la sensación empeoraba momento a momento.
Por fin, Prathachulthorn levantó la vista. Para sorpresa de Robert, su primer comentario podía interpretarse como algo ligeramente análogo a un cumplido.
—Bien, capitán Oneagle —dijo Prathachulthorn—, le confesaré que temía encontrarme con que las cosas estuvieran mucho, mucho peor de lo que están en realidad.
—Me alivia oírselo decir, señor.
Los ojos de Prathachulthorn se estrecharon como si sospechara un ligero tinte de sarcasmo en las palabras de Robert.
—Para ser preciso —prosiguió—, temía que hubiese usted mentido en su informe al Concejo en el exilio y que me viera obligado a ejecutarlo.
Robert reprimió un impulso de tragar saliva y se ingenió para mantener una expresión de impasibilidad.
—Me alegro de que no haya resultado necesario, señor.
—Yo también, porque estoy seguro de que a su madre no le habría gustado. Y teniendo en cuenta que la suya ha sido una empresa dirigida por un aficionado, estoy dispuesto a reconocer que aquí ha llevado a cabo un gran esfuerzo. No —Prathachulthorn sacudió la cabeza—, demasiado lacónico para ser justo. Lo diré de otra forma. Si yo hubiera estado aquí, muchas cosas las hubiese hecho de un modo diferente. Pero si lo comparamos con la pobre actuación de las fuerzas oficiales, usted y sus chimps lo han hecho realmente muy bien.
—Estoy seguro de que los chimps se alegrarán mucho de saberlo, señor. —La sensación de vacío en el pecho de Robert empezaba a disminuir—. Pero quiero señalar que yo no he sido el único líder. La tymbrimi Athaclena corrió con buena parte de esa responsabilidad.
El mayor Prathachulthorn parecía molesto. Robert no estaba seguro de si era debido a que Athaclena era una galáctica o al hecho de que él, como oficial del ejército, debería haber asumido toda la autoridad.
—Ah, sí, la «general». —Su sonrisa indulgente era, en último término, una condescendencia—. En mi informe mencionaré su ayuda. Es evidente que la hija del embajador Uthacalthing es una joven alienígena muy ingeniosa. Espero que esté dispuesta a seguir ayudándonos.
—Los chimps la adoran, señor —puntualizó Robert.
El mayor Prathachulthorn asintió. Desvió la mirada hacia la pared y su voz adquirió un tono meditativo.
—La mística tymbrimi, ya lo sé. A veces me pregunto si los medios de comunicación saben lo que hacen al difundir tales ideas. Con aliados o sin ellos, nuestras gentes tienen que entender que el clan de los terrestres estará siempre fundamentalmente solo. Nunca podremos confiar por completo en algo galáctico.
Entonces, como si creyera que había hablado demasiado, Prathachulthorn sacudió la cabeza y cambió de tema.
—Y ahora, por lo que hace referencia a las futuras operaciones contra el enemigo….
—Hemos estado pensando en ello, señor. Su misteriosa oleada de actividad en las montañas parece haber terminado, aunque no sabemos por cuánto tiempo. No obstante, hemos estado discutiendo mucho algunas ideas. Cosas que podríamos usar en su contra si regresaran.
—Bien —aprobó Prathachulthorn—. Pero debe comprender que, de ahora en adelante, tendremos que coordinar todas las acciones en las montañas con otras fuerzas planetarias. Los irregulares no son capaces de hacer daño al enemigo en sus propias posesiones, como quedó demostrado cuando los chimps insurgentes fueron totalmente barridos al intentar atacar las baterías espaciales cercanas a Puerto Helenia.
—Sí, señor. —Robert comprendía las razones de Prathachulthorn—. Sin embargo, desde entonces nos hemos apoderado de algunas municiones que podríamos utilizar.
—Unos pocos misiles, sí. Pueden sernos útiles si descubrimos cómo hacerlos funcionar. Y en especial si tenemos la información adecuada de adonde dispararlos. De momento ya tenemos unos cuantos datos —prosiguió el mayor—. Quiero reunir más e informar al Concejo. Después de ello, nuestra tarea será la de prepararnos para apoyar cualquier acción que se decida llevar a cabo.
Finalmente, Robert formuló la pregunta que llevaba posponiendo desde que había regresado a las cuevas para encontrarse con que Prathachulthorn y su pequeño grupo de oficiales humanos las ponían patas arriba y metían la nariz en todos lados.