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—¿Qué va a pasar con nuestra organización, señor? Athaclena y yo hemos concedido a algunos chimps el estatus operativo de oficiales, pero, salvo yo, aquí no hay nadie con un verdadero nombramiento colonial.

—Bueno, capitán —Prathachulthorn frunció los labios—, usted es el caso más sencillo. Se merece un descanso. Puede escoltar a la hija del embajador Uthacalthing al refugio del Concejo, junto con mi informe y una recomendación para que sea ascendido y condecorado. Sé que a la Coordinadora le gustará. Podrá informarles con detalle acerca de su excelente descubrimiento sobre las técnicas de rastreo mediante resonancias utilizadas por los gubru. —El tono de voz del mayor dejaba muy claro lo que pensaría de Robert si éste aceptaba su oferta—. Por otro lado, me gustaría mucho que se uniese a mi equipo, con la graduación honoraria de teniente de marines, además del rango que ostenta en la milicia. Su experiencia puede sernos útil.

—Gracias, señor. Creo que me quedaré aquí, si a usted no le importa.

—Bien, entonces tendremos que asignar a otra persona para que la escolte.

—Estoy seguro de que Athaclena también querrá quedarse —se apresuró a añadir Robert.

—Hummm, bueno, sí. Estoy seguro de que ella podrá ayudarnos durante un tiempo. Le diré una cosa. Voy a plantear el caso al Concejo en mi próxima carta. Pero tenemos que dejar algo claro. Ella no tiene ningún rango militar. Los chimps tienen que dejar de llamarla «general». ¿Ha comprendido?

—Sí, señor, perfectamente. —Robert se preguntaba cómo podía alguien dar una orden así a unos neochimpancés civiles que tenían tendencia a llamar a cualquier persona o cosa como les diera la gana.

—Bueno, y ahora, en lo que respecta a los chimps que estaban bajo su mando… he traído conmigo unos cuantos nombramientos coloniales en blanco que podemos asignar a quienes hayan demostrado una especial iniciativa. No dudo de que usted podrá recomendarme algunos nombres.

—Por supuesto, señor —asintió.

Recordó entonces que, aparte de él, otro miembro de su «ejército» había estado en la milicia. Pensar en Fiben, que seguramente llevaba ya tiempo muerto, hizo que se sintiera repentinamente deprimido. ¡Malditas cuevas! Me están volviendo loco. Cada vez se me hace más duro soportar el tiempo que debo pasar aquí dentro.

El mayor Prathachulthorn era un soldado disciplinado y había estado meses en el refugio subacuático del Concejo, pero Robert no tenía esa firmeza de carácter. ¡Tengo que salir de aquí!

—Señor —se apresuró a decir—, quiero pedirle permiso para dejar el campamento base durante unos días para hacer una inspección cerca del paso Lorne… en las ruinas del centro Howletts.

—¿El lugar donde los gorilas fueron manipulados genéticamente de forma ilegal? —Prathachulthorn frunció el ceño.

—El lugar donde ganamos nuestra primera batalla —le recordó a! oficia!— y obligarnos a los gubru a que parlamentaran con nosotros.

—Hummm —gruñó el mayor—, ¿y qué espera encontrar allí?

Robert reprimió el impulso de encogerse de hombros. En su claustrofobia repentinamente acrecentada, en su necesidad de encontrar una excusa para salir de allí, había utilizado una idea que hasta entonces sólo era una pequeña lucecita en un rincón de su mente.

—Una posible arma, señor. Algo que, si funciona, puede sernos muy útil.

—¿De qué arma se trata? —Aquello había despertado la curiosidad de Prathachulthorn.

—Preferiría no ser muy específico ahora, señor. No hasta que tenga la oportunidad de verificar unas cuantas cosas. Sólo estaré fuera tres o cuatro días; se lo prometo.

—Hummm, bueno —Prathachulthorn frunció los labios—. Es el tiempo que nos tomará poner en orden estos sistemas de datos. Mientras lo hagamos, su presencia aquí no será más que un estorbo, pero después lo voy a necesitar. Tenemos que preparar un informe para el Concejo.

—Sí, señor, me apresuraré en regresar.

—Muy bien. Llévese a la teniente McCue. Quiero que uno de mis hombres conozca ese sector. Enseñe a McCue cómo consiguieron su pequeña victoria, preséntele a los líderes de las bandas de chimps partisanos más importantes de la zona y regrese sin dilación. Puede retirarse.

Robert se cuadró. Me parece que ya sé por qué lo odio, pensó Robert mientras lo saludaba, daba media vuelta y desaparecía tras la manta colgada que hacía las veces de puerta de la oficina subterránea.

Desde que había regresado a la cueva y encontrado a Prathachulthorn y sus ayudantes actuando como si fuesen los dueños, tratando a los chimps con paternalismo y calibrando lo que habían hecho entre todos, Robert no había podido evitar sentirse como un niño al que, hasta aquel momento, se le ha permitido interpretar un maravilloso papel dramático, un juego realmente divertido. Pero ahora el niño tenía que soportar palmaditas en la cabeza, caricias que quemaban a pesar de que pretendían ser elogios.

Era una analogía muy molesta aunque sabía que en cierto modo era la verdad, después de todo.

Robert suspiró silenciosamente y se apresuró a alejarse de la oficina que había compartido con Athaclena pero que había sido completamente tomada por los adultos.

Sólo cuando estuvo de nuevo bajo la alta bóveda de la jungla sintió que podía respirar otra vez con libertad. Los aromas familiares de los árboles parecían limpiarle los pulmones del olor a moho de las cuevas. Conocía bien a los chimps que marchaban ante él y a sus flancos. Eran rápidos, leales y de aspecto feroz con sus ballestas y sus caras ennegrecidas. Mis chimps, se dijo, sintiéndose un poco culpable por pensar en aquellos términos. Pero el sentido de propiedad estaba allí. Era como en los viejos tiempos, como hasta anteayer, cuando se sentía importante y necesario.

Pero la ilusión se desvaneció en el momento en que la teniente McCue le dirigió la palabra.

—Estas junglas de montaña son muy hermosas —dijo—. Me gustaría haberlas visitado antes de que estallara la guerra. —La oficial terrestre se detuvo al borde del sendero para tocar una flor con nervaduras azules, pero ésta se cerró entre sus dedos y se retrajo hacia la maleza—. He oído hablar de estas cosas pero es la primera vez que tengo la oportunidad de verlas al natural.

Robert gruñó evasivamente. Pensaba ser cortés y contestar a todas las preguntas que le hiciera, pero no estaba interesado en dar conversación a la segunda del mayor Prathachulthorn.

Lydia McCue era una joven atlética, con facciones oscuras y pronunciadas. Sus movimientos, ágiles como los de un soldado de comando o los de un asesino, estaban, por su misma naturaleza, llenos de gracia. Vestida con una falda y una blusa de confección casera, podía ser confundida con una campesina, si no hubiera llevado la ballesta.

En las cartucheras había suficientes dardos para convertir en añicos a la mitad de los gubru que estuvieran en un radio de cien kilómetros. Los cuchillos enfundados de sus muñecas y sus tobillos eran algo más que adornos.

Parecía no tener demasiados problemas en seguir el rápido paso de Robert a través de la maraña de enredaderas de la jungla. Eso estaba bien ya que él no tenía ninguna intención de caminar más despacio. De un modo inconsciente, Robert sabía que estaba siendo injusto. Ella debía de ser, a su manera, una persona encantadora, para tratarse de una militar profesional, pero, por alguna extraña razón, todo lo que ella tenía de admirable parecía irritarle todavía más.