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Pero a veces, demasiado a menudo, había largos y oscuros intervalos en los cuales las horas se prolongaban tediosamente. En aquellas ocasiones colgaba sobre ellos un lienzo mortuorio. Las paredes parecían demasiado juntas y las conversaciones derivaban siempre hacia la guerra, los recuerdos de su fracasada insurrección, los amigos muertos y lúgubres especulaciones sobre el destino de la Tierra.

En aquellos momentos, Fiben habría estado dispuesto a cambiar toda esperanza de una vida larga por una simple hora para correr libremente bajo los árboles y el nítido cielo.

Con todo, aquella nueva rutina de ser analizados por los gubru había llegado a suponerles un alivio. Al menos, era una distracción.

Sin previo aviso, las máquinas se apartaron repentinamente, dejando un pasillo frente al banco donde estaban sentados.

Hemos terminado, terminado… Lo habéis hecho bien, hecho bien, hecho… Ahora seguid el globo, seguidlo hacia el transporte.

Mientras Fiben y Gailet se ponían de pie, una proyección oscura y octogonal tomó forma frente a ellos. Sin mirarse entre sí ambos siguieron el holograma y pasaron junto a los silenciosos y meditabundos técnicos pajaroides, para salir de la cámara de experimentación y enfilar por el largo pasadizo.

Los robots de servicio pasaban junto a ellos con un suave murmullo de maquinaria bien ajustada. Un técnico kwackoo salió de una oficina, los miró y volvió a meterse en ella. Finalmente, Fiben y Gailet cruzaron una siseante puerta y se encontraron bajo el brillante sol. Fiben tuvo que protegerse los ojos con la mano. El día era bueno pero con una pequeña brisa que indicaba que el corto verano estaba a punto de terminar. Los chimps que podía ver en la calle, al otro lado del recinto gubru, llevaban jerseis ligeros y zapatos de lona, otra señal segura de que el otoño estaba cerca.

Ninguno de los chimps miraba hacia ellos y la distancia era demasiado grande para poder ver de qué humor estaban o para tener la esperanza de que alguno los reconociera, a él o a Gailet.

—No regresaremos en el mismo coche —susurró Gailet, señalando hacia un largo parapeto situado más abajo, junto a la rampa de aterrizaje. El camión militar que los había llevado había sido sustituido por un vehículo flotador sin techo. Tras el puesto del piloto, sobre la cubierta, había un adornado pedestal donde dos sirvientes kwackoo estaban instalando una sombrilla para evitar que los potentes rayos de Gimelhai cayesen sobre el pico y la cresta de su amo.

Reconocieron al gran gubru. Su abundante y luminoso plumaje estaba más desgreñado que la otra vez que se había presentado ante ellos, en la furtiva oscuridad de la prisión suburbana. Aquel detalle hacía que pareciera muy diferente de los funcionarios mediocres que habían visto. En algunos puntos, las blancas plumas se veían deshilachadas y raídas. El aristocrático pájaro llevaba la gola desarreglada y paseaba con impaciencia de un extremo a otro de su percha.

—Bueno, bueno —murmuró Fiben—. Es nuestro viejo amigo, el Nosequé del Buen Gobierno.

—Se llama Suzerano de la Idoneidad —le recordó Gailet—. La gola a rayas significa que es el líder de la casta de los sacerdotes. Y ahora, pórtate bien. No te rasque:. demasiado y mira lo que yo hago.

—Imitaré todos sus pasos con la máxima precisión, señorita.

Gailet ignoró su sarcasmo y siguió al oscuro holograma que los guiaba a lo largo de la rampa, en dirección al vehículo de brillantes colores. Fiben la seguía a poca distancia.

El holo-guía se desvaneció cuando llegaron a la pista de aterrizaje. Un kwackoo con la cresta de plumas teñida de un rosa chillón los recibió con una leve reverencia.

—Tenéis el honor… honor… de que nuestro tutor… noble tutor se digne mostraros… a vosotros, seres semi-formados…, la gracia de vuestro destino.

El kwackoo hablaba sin ayuda del vodor. Esto, en sí, no era ningún milagro, ya que la criatura tenía unos órganos del habla altamente especializados. De hecho, pronunciaba las palabras en ánglico con bastante claridad, aunque las pausas indebidas lo hacían parecer nervioso y expectante.

Era poco probable que el Suzerano de la Idoneidad fuese el jefe para quien resultara más fácil trabajar en todo el universo. Fiben imitó la reverencia de Gailet y permaneció en silencio mientras ésta decía:

—Nos sentimos honrados por la atención que tu amo, el gran tutor de un insigne clan, se digna ofrecernos. —Hablaba despacio, pronunciando con cuidado las palabras en galáctico-Siete—. Sin embargo, en nombre de nuestros tutores, nos reservamos el derecho a desaprobar sus acciones.

Hasta Fiben se quedó boquiabierto. Los kwackoo presentes piaron enojados y ahuecaron las plumas con aire amenazante.

Tres gorjeos agudos interrumpieron de pronto su cólera. El jefe de los kwackoo se volvió e inclinó ante el Suzerano que había avanzado a toda prisa hasta el extremo de la percha más cercana a los chimps. El gubru abrió el pico al tiempo que se agachaba para mirar a Gailet, primero con un ojo y luego con el otro. Fiben sudaba tinta.

Finalmente, el alienígena se enderezó y gritó un manifiesto en su versión del galáctico-Tres entrecortada y llena de inflexiones. Sólo Fiben alcanzó a ver e! estremecimiento de alivio que recorrió la columna vertebral de Gailet. No podía comprender la prosa ampulosa del Suzerano pero un vodor próximo empezó a de inmediato la traducción.

—Bien dicho — dicho bien… hablado bien para ser soldados pupilos y prisioneros de un clan-enemigo de la Tierra… Venid, pues… venid y ved…, venid y ved y oíd la oferta, no la desaprobaréis… ni siquiera en nombre de vuestros tutores.

Gailet y Fiben se miraron el uno al otro, al tiempo que, ambos, se inclinaban ante el gubru.

El aire del mediodía era claro y el débil olor de ozono probablemente no presagiaba lluvia, aunque aquellas señales antiguas no servían de nada en presencia de la alta tecnología.

El vehículo enfiló en dirección sur pasando sobre los muelles de Puerto Helenia y se dirigió al otro lado de la bahía. Fue la primera ocasión que tuvo Fiben de ver cómo había cambiado el pequeño golfo desde la llegada de los alienígenas.

Por un lado, la flota pesquera estaba inutilizada. Sólo una de cada cuatro traineras no estaba varada en la playa o en el dique seco. El puerto comercial también parecía prácticamente muerto. Un grupo de buques de pasajeros de triste aspecto estaba amarrado, con claras muestras de no haberse movido en meses. Fiben vio una de las traineras que aún estaban en funcionamiento entrar por el recodo de la bahía. Seguramente volvía más temprano debido a una fortuita captura o tal vez a un fallo mecánico que los chimps no eran capaces de solucionar sin volver a tierra. El bote, con su fondo en forma de tonel, subía y bajaba al atravesar la zona de oleaje donde se encontraba la bahía con el mar abierto. La tripulación tenía que hacer grandes esfuerzos pues el pasaje era más estrecho de lo que había sido en tiempos de paz. La mitad del estrecho estaba ahora ocupada por la curvada cara de una superficie rocosa: una gran fortaleza alienígena.

Un buque de guerra gubru parecía brillar en medio de una difusa bruma. En los márgenes de sus pantallas de defensa se condensaban gotas de agua que daban lugar a relucientes arcos iris, mientras una suave llovizna caía sobre la trainera que se debatía por cruzar ante la lengua septentrional de tierra. Cuando el vehículo del Suzerano pasó sobre ellos, Fiben no pudo reconocer a ninguno de los chimps de la tripulación pero vio que las figuras de largos brazos descansaban aliviadas cuando finalmente entraron en las aguas tranquilas del pequeño golfo.