Desde Point Borealis, el brazo septentrional, la bahía se extendía varios kilómetros al norte y al este en dirección a Puerto Helenia. Aquellos escarpados farallones no estaban poblados, a excepción de un pequeño faro de la navegación. Las ramas de los pinos del acantilado se agitaban suavemente con la brisa marina.
Hacia el sur, sin embargo, al otro lado del angosto pasadizo, las cosas eran bastante distintas. Más allá del varado buque de guerra, el terreno había sido transformado. La vegetación había sido arrancada y los contornos de los acantilados alterados. De un lugar que el cabo ocultaba, se levantaba polvo. Un enjambre de flotadores y vehículos pesados iba y venía zumbando en aquella dirección.
Mucho más al sur, cerca del cosmodromo, se habían construido nuevos domos que formaban parte de la red de defensa gubru: unas instalaciones que las guerrillas urbanas sólo habían inutilizado parcialmente en su abortada insurrección. Pero el vehículo no parecía dirigirse hacia allí. En cambio viró hacia la nueva construcción que se asentaba en las estrechas vertientes rocosas entre la. Bahía de Aspinal y e] mar de Cilmar.
Fiben sabía que era inútil preguntar a sus anfitriones qué estaba ocurriendo. Los sirvientes y técnicos kwackoo eran amables, pero su cortesía era muy formal. Seguramente habían recibido órdenes al respecto y no les brindaban demasiada información.
Gailet se unió a él junto a la barandilla y le tocó el codo.
—Mira —le dijo casi en un susurro.
Juntos contemplaron cómo el vehículo ganaba altura sobre los acantilados.
Cerca del océano, la cima de una colina había sido aplanada. En su base se arracimaban edificios que Fiben reconoció como plantas de energía protónica, y de los cuales salían unos cables que se dirigían hacia arriba por las laderas. En lo alto había una estructura hemisférica que brillaba como un bol de mármol invertido bajo los rayos del sol.
—¿Qué es eso? ¿Un proyector de campos de fuerza? ¿Algún tipo de arma?
Fiben asintió, luego sacudió la cabeza negativamente y finalmente se encogió de hombros.
—Me doy por vencido. No parece militar, pero sea lo que sea, necesita mucho jugo para alimentarse. Mira esas plantas de energía. ¡Oh, Ifni!
Sobre ellos se deslizó una sombra, no con la algodonosa y deshilachada frescura de una nube que pasa ante el sol, sino con el repentino y penetrante frío de algo sólido y enorme que retumbaba sobre sus cabezas. Fiben tembló, y no sólo por el descenso de temperatura. Gailet y él no pudieron evitar agacharse cuando el gigantesco transporte aéreo pasó apenas unos cientos de metros más arriba. Sus anfitriones, los pájaros, no parecían alterados. El Suzerano permaneció en su percha, ignorando plácidamente los ruidosos campos magnéticos que habían hecho temblar a los chimps.
No les gustan las sorpresas, pensó Fiben, pero cuando saben lo que está pasando, se quedan impasibles.
El vehículo en el que viajaban inició un largo, lento y perezoso recorrido alrededor del perímetro del lugar de las obras. Fiben estaba examinando el blanco bol cuando el kwackoo de la cresta roja se le acercó inclinando levemente la cabeza.
—El Más Grande se digna… os concede la gracia… y quiere sugerir cooperación… complementariedad de objetivos y aspiraciones.
En el otro extremo del vehículo, el Suzerano de la Idoneidad estaba posado majestuosamente en su percha. A Fiben le hubiera gustado poder leer la expresión del rostro del gubru. ¿Qué tendrá en mente el pajarraco?, se preguntó, aunque no estaba del todo seguro de querer saberlo.
Gailet le devolvió al kwackoo la leve inclinación.
—Por favor, dile a tu honorable tutor que escucharemos su oferta con toda humildad.
El galáctico-Tres del Suzerano era ampuloso y formal, adornado con melindrosos y elegantes pasos de danza. La traducción del vodor no era de mucha ayuda para Fiben y decidió mirar a Gailet en lugar de al alienígena mientras intentaba adivinar de qué demonios estaban hablando.
—… una aceptable revisión del Ritual de Elección del Asesor de Elevación… que puede ser llevada a cabo durante épocas de tensión, por los principales representantes de los pupilos… si se realiza verdaderamente según los intereses de su raza tutora…
Gailet estaba visiblemente agitada. Sus labios eran una fina línea y sus dedos entrecruzados estaban blancos por la presión. Cuando el Suzerano dejó de piar, el vodor continuó unos instantes más y luego el silencio se cernió sobre ellos. No quedó más que el silbido del aire y el débil zumbido de los motores del vehículo.
Gailet tragó saliva y se inclinó ante el alienígena. Parecía tener problemas en encontrar las palabras adecuadas.
Tu puedes hacerlo, la instó Fiben en silencio. El bloqueo del habla era algo que podía ocurrirle a cualquier chimp, en especial ante una presión como aquélla, pero él no osaba hacer nada para ayudarla.
Gailet tosió, tragó saliva de nuevo y consiguió recobrar la voz.
—Honor… honorable señor, no podemos hablar en nombre de nuestros tutores, y tampoco en nombre de todos los chimps de Garth. Lo que usted nos pide es… es…
El Suzerano tomó de nuevo la palabra, como si la chima hubiese acabado su respuesta. O quizá simplemente no se consideraba descortés que un tutor interrumpiese a un pupilo.
—No tenéis necesidad, no necesitáis… responder ahora —tradujo el vodor mientras el Suzerano piaba y se movía en su percha—. Estudiad, analizad, considerad…
el material que os será dado. Esta oportunidad constituirá una ventaja para vosotros.
Los gorgeos cesaron otra vez, seguidos por el zumbante vodor. Entonces el Suzerano pareció darles permiso para que se retirasen con un sencillo cerrar de ojos.
Como si obedeciese a alguna señal invisible para Fiben, el piloto se alejó de la frenética actividad que tenía lugar en la cima de la allanada colina y entiló el aparato hacia el norte, cruzando la bahía en dirección a Puerto Helenia. Pronto el buque de guerra de la ensenada, gigantesco e imperturbable, quedó atrás entre su espiral de brumas y arcos iris.
Fiben y Gailet siguieron a un kwackoo hasta los asientos traseros del vehículo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Fiben a Gailet entre susurros—. ¿Qué decía esa maldita cosa sobre cierto tipo de ceremonia? ¿Qué quiere de nosotros?
—¡Sssh! —Gailet le hizo una seña para que se callara—. Te lo explicaré después, Fiben. Ahora, por favor, déjame pensar.
Gailet se instaló en un rincón, rodeándose las rodillas con los brazos. Con expresión ausente, comenzó a rascarse la pierna izquierda. Sus ojos no miraban a ningún sitio y cuando Fiben le hizo una seña para ofrecerse a rascarla, ella ni siquiera reaccionó. Tenía los ojos puestos en el horizonte, como si su mente estuviera muy lejos.
Al regresar a la celda, se dieron cuenta de que se habían producido muchos cambios.
—Supongo que hemos superado todos esos tests —dijo Fiben mirando las transformaciones de su aposento.
Poco después de la primera visita del Suzerano, aquella oscura noche, hacía pocas semanas, habían quitado las cadenas. También habían cambiado la paja del suelo por unos colchones y se les había permitido tener libros en la celda.