Ahora, durante su ausencia, habían añadido una lujosa alfombra y cubierto casi por completo una de las paredes con un holo-tapiz. Encontraron además comodidades tales como camas, sillas, un escritorio y hasta un equipo de música.
—Un soborno —murmuró Fiben mientras seleccionaba algunos cubos de grabación—. Maldita sea, hay algo que quieren de nosotros. Tal vez la Resistencia no esté del todo vencida. Quizá Athaclena y Robert los están aguijoneando y quieren que nosotros…
—Esto no tiene nada que ver con tu general, Fiben —comentó Gailet en voz baja, casi en un susurro—. O al menos, no demasiado. Es algo mucho más importante que eso. —Su expresión era tensa. Durante todo el camino de regreso había estado nerviosa y callada. A veces Fiben creía poder oír ruedas que giraban en el interior de la cabeza de la chima.
Gailet le hizo una seña para que la acompañase hasta la nueva holo-pared. En aquel momento estaba programada para representar una escena tridimensional de formas y diseños abstractos; una visión aparentemente interminable de cubos, esferas y brillantes pirámides que se extendían en la distancia infinita. Ella estaba sentada con las piernas cruzadas y se entretenía con el mando.
—Es un aparato muy caro —dijo un poco más alto de lo necesario—. Vamos a divertirnos un rato y ver qué podemos hacer con él.
Cuando Fiben se sentó a su lado, las formas euclidianas se emborronaron y desaparecieron. El mando chasqueó bajo los dedos de Gailet y de repente apareció una nueva escena. La pared parecía ahora abrirse ante una vasta y arenosa playa. Las nubes, preñadas de tormenta, se arracimaban en el bajo y grisáceo horizonte. Las olas rompían a menos de veinte metros de distancia, de un modo tan realista que las fosas nasales de Fiben se ensancharon como si quisiera oler la sal del mar.
Gailet estaba concentrada en el mando y Fiben la oyó murmurar:
—Éste debe de ser el cebo. —El casi perfecto paisaje marítimo fluctuó y en su lugar apareció de pronto un muro de verdor vegetal, una escena de jungla, tan cercana y tan real que Fiben sintió que casi podía saltar y escapar entre sus verdes brumas, como si fuera uno de esos míticos «aparatos de teletransporte» que aparecían en las novelas, y no un holo-tapiz de calidad.
Contempló la escena que había escogido Gailet. Fiben comprendió de inmediato que no era una jungla de Garth.
La densa foresta tropical formaba una viva, vibrante y ruidosa escena, llena de color y variedad. Los pájaros graznaban y los monos gritaban.
Entonces es la Tierra, pensó él, y se preguntó si la Galaxia le permitiría alguna vez ver cumplido su sueño de visitar su planeta natal. Totalmente improbable, tal como van las cosas.
La voz de Gailet lo distrajo de sus cavilaciones.
—Déjame que ajuste aquí la imagen, sólo para hacerla más real.
El volumen del sonido aumentó. El ruido de la jungla los envolvía. ¿Qué está tratando de hacer Gailet?, se preguntó Fiben.
De pronto notó algo. Mientras la chima manipulaba el control del volumen, su mano izquierda se movió de una forma brusca pero elocuente. Fiben parpadeó. Era un lenguaje infantil, el lenguaje manual que utilizan todos los chimps hasta cumplir los cuatro años, en que empiezan a expresarse con palabras.
Mayores escuchando, expresó.
Los sonidos de la jungla parecían llenar la habitación mientras rebotaban contra las otras paredes.
—Así —dijo ella en voz baja—. Ahora no pueden escucharnos y podemos hablar abiertamente.
—Pero… —empezó a objetar Fiben, mas vio el signo de nuevo: mayores escuchando…
Una vez más creció su respeto hacia la inteligencia de Gailet. Ella sabía, por supuesto, que aquel sencillo método no impediría que los entrometidos escucharan todas sus palabras. Pero los gubru y sus agentes podían imaginar que los chimps se dejaban engañar y pensarían que así era. Si ambos actuaban como si lo creyesen, estarían a salvo de escuchas clandestinas…
Vaya tela más complicada que estamos tejiendo, pensó Fiben. Aquello era un auténtico rollo de espías. Incluso divertido, en cierto modo.
Pero sabía que también era extremadamente arriesgado.
—El Suzerano de la Idoneidad tiene un problema —dijo Gailet en voz alta. Sus manos permanecían inmóviles sobre su regazo.
—¿Eso te dijo? Pero si los gubru están en apuros ¿por qué….?
—Yo no he dicho los gubru, aunque creo que también lo están. Yo me refería al Suzerano de la Idoneidad. Tiene problemas con sus compañeros. El sacerdote cometió un serio error en determinado asunto, hace un tiempo, y ahora parece que tiene que pagar las consecuencias.
Fiben permaneció callado, asombrado de que el altivo señor alienígena se hubiera dignado contar tales cosas a un gusano de pupilo terrestre. No se sentía cómodo con la idea. Tales confidencias podían resultar peligrosas.
—¿De qué error se trata? —preguntó al fin.
—Bueno, resulta que hace unos meses —prosiguió Gailet rascándose la rodilla—, insistió para que enviaran a muchos grupos de soldados de Garra y de científicos a las montañas.
—¿Para qué?
—Buscaban garthianos. —El rostro de Gailet adoptó una expresión de impasibilidad total.
—Buscaban ¿qué? —Fiben parpadeó y luego se echó a reír, pero se interrumpió bruscamente al ver el movimiento de aviso de sus ojos. La mano con que se rascaba la rodilla se dobló e hizo un gesto que significaba cuidado.
—Garthianos —repitió ella.
¡Qué superstición absurda!, pensó Fiben. Los chimps ignorantes de carnet amarillo narran cuentos de garthianos para asustar a sus niños. Resultaba divertido pensar que los refinados gubru habían caído en aquellas increíbles patrañas.
Pero no parecía que Gailet encontrase la idea divertida.
—Puedes imaginar lo excitado que debía de estar el Suzerano cuando tenía razones para pensar que los garthianos existían. Imagina qué golpe tan fantástico para un clan que reinvindicara derechos de adopción de una raza presensitiva superviviente del holocausto de los bururalli. La anulación inmediata de los derechos de inquilinato de la Tierra habría sido la más pequeña de las consecuencias.
—Pero… pero, ¿qué le hizo pensar por primera vez que…?
—Al parecer, Uthacalthing, nuestro embajador tymbrimi, fue en gran parte responsable de la idea del Suzerano. ¿Te acuerdas, Fiben, del día que explotó la cancillería, cuando intentaste entrar en la Reserva Diplomática Tymbrimi?
Fiben abrió la boca y volvió a cerrarla. Intentó pensar. ¿Qué clase de juego jugaba ahora Gailet?
Era obvio que el Suzerano de Ja Idoneidad sabía que Fiben era el chimp que habían visto escapar, entre el humo y el hedor de oficinistas gubru a la plancha, el día de la explosión de la antigua embajada tymbrimi. Sabía que había sido Fiben quien jugara un frustrado juego del escondite con el guardián de la Reserva y que, más tarde, escapara por la pared del acantilado ante los mismísimos picos de un pelotón de soldados de Garra.
¿Lo sabía porque Gailet se lo había dicho? Si era así, ¿le había contado ella también el asunto del mensaje secreto que Fiben había encontrado en la parte trasera de la Reserva y que había entregado a Athaclena?