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Los gubru no deben regresar a las Montañas de Mulun. Es sólo cuestión de suerte que no hayan descubierto todavía a los gorilas.

—Pájaros cretinos —murmuró, siguiendo la corriente a Gailet—. ¡Mira que creerse un estúpido cuento popular de los lobeznos! Después de los garthianos ¿a quién irán a buscar? ¿A Peter Pan?

—Tienes que intentar ser más respetuoso. —Por fuera su expresión era de reprobación, pero Fiben sabía que por dentro ella sentía una intensa corriente de simpatía. Tal vez sus razones eran diferentes, pero en aquello estaban de acuerdo. La broma de Uthacalthing había terminado.

—Nosotros somos su próximo objetivo, Fiben.

—¿Nosotros? —preguntó asombrado.

—Me parece —prosiguió ella tras asentir— que a los gubru no les está yendo muy bien en la guerra. No han encontrado la nave de los delfines que todo el mundo anda buscando en el otro extremo de la Galaxia. Y el hecho de tomar Garth como rehén no parece que haya afectado demasiado a la Tierra ni a los tymbrimi. Lo único que han conseguido es que se endurezca la Resistencia y que algunos clanes, antes neutrales, muestren su simpatía hacia la Tierra.

Fiben frunció el ceño. Hacía tanto tiempo que no pensaba en aquellas repercusiones más amplias, en la confusión que reinaba a lo largo y ancho de las Cinco Galaxias, en el Streaker, en el asedio a la Tierra… ¿Cuánto sabia Gailet en realidad y cuánto era mera especulación?

En la pantalla apareció un gran pájaro negro con un inmenso pico de brillantes colores, que se posó con un susurro muy cerca de la alfombra donde Fiben y Gailet estaban sentados. Dio un paso hacia adelante mientras parecía mirar a Fiben, primero con un ojo y luego con el otro. El tucán le recordaba tanto al Suzerano de la Idoneidad que le provocó un estremecimiento.

—Además —continuó Gailet—, esta empresa de Garth parece implicar un gasto excesivo y las finanzas gubru no pueden permitírselo, en especial si regresa la paz a la Sociedad Galáctica y el Instituto para la Guerra Civilizada los obliga a devolver el planeta dentro de pocas décadas. Me figuro que están buscando con mucho ahínco una forma de sacar provecho de todo esto.

—Toda esa construcción al sur de la bahía forma parte de ello ¿no? —preguntó Fiben en un arranque de inspiración—. ¿Es un plan del Suzerano para resarcirse de su error?

—Supongo que sí. —Gailet frunció los labios—. ¿Has pensado qué es ese edificio?

El pájaro de múltiples colores graznó agudamente y dio la impresión de estar riéndose de Fiben. Pero cuando éste lo miró, había vuelto su atención al serio asunto de picotear entre los imaginarios detritos del suelo de la jungla.

—Dímelo tú. —Fiben volvió a mirar a Gailet.

—No estoy segura de recordar bien todo lo que dijo el Suzerano y traducirlo. Acuérdate de que estaba muy nerviosa. —Cerró los ojos unos instantes—. ¿Significaba algo para ti una derivación hiperespacial?

El pájaro de la pared levantó vuelo entre una explosión de plumas y hojas cuando Fiben se puso en pie de un salto. Miró a Gailet con incredulidad.

—Una ¿qué? Pero…, pero eso es una locura. ¿Construyen una derivación en la superficie de un planeta? Eso no…

Entonces se interrumpió al recordar el gran bol de mármol y las monumentales plantas de energía. Sintió que le temblaban los labios y juntó las manos apretando entre sí ambos pulgares. Así Fiben recordó que oficialmente era casi igual a un hombre y que tenía que ser capaz de pensar como uno de ellos al enfrentarse con tan increíble probabilidad.

—Pero, ¿para…? —susurró, lamiéndose los labios e intentando concentrarse en las palabras—… ¿para qué?

—Eso no lo tengo claro —respondió Gailet. Apenas podía oírla debido a los sonidos de la jungla imaginaria. La chima hizo con el dedo una señal en la alfombra, una señal que significaba confusión—. Creo que originariamente estaba destinado a alguna ceremonia, en caso de que hubieran encontrado garthianos y reivindicado sus derechos sobre ellos. Ahora el Suzerano tiene que buscar algo que justifique su inversión, encontrar otro uso para la derivación.

—Si entendí bien al líder gubru, quiere utilizar la derivación con nosotros.

Fiben se sentó de nuevo. Durante un buen rato permanecieron sin mirarse. Sólo se percibían los sonidos amplificados de la jungla, los colores de una luminiscente niebla que se deslizaba entre las hojas de la holográfica jungla tropical, y el inaudible murmullo de su incierto temor. El facsímil de un brillante pájaro los miró un rato más desde la réplica de una elevada rama, pero, cuando la fantasmagórica niebla se convirtió en lluvia, desplegó finalmente sus ficticias alas y levantó vuelo.

60. UTHALCALTHING

El thenanio era obstinado. Parecía no haber forma de poder comunicar con él.

Kault era casi como un estereotipo, una caricatura de su raza: brusco, franco, excesivamente pundonoroso y tan confiado que amenazaba con provocar en Uthacalthing ataques de frustración. El glifo, teev’nus, era incapaz de expresar el desconcierto del tymbrimi. Durante los últimos días, algo más fuerte había empezado a tomar forma en los zarcillos de su corona; algo punzante y evocador de las metáforas humanas.

Uthacalthing se dio cuenta de que empezaba a estar «resentido».

¿Qué se necesitaba para despertar las sospechas de Kault? Uthacalthing se preguntó si tendría que fingir que hablaba en sueños para dejar escapar espantosos indicios y confesiones. ¿Había algo que picase la curiosidad de la dura cabeza del thenanio? ¿O debía tal vez abandonar toda sutileza, escribir toda la trama y dejar las páginas a la vista para que Kault las encontrara?

Uthacalthing sabía que entre individuos de la misma especie podían darse grandes diferencias. Y Kault era un individuo anómalo, incluso para ser thenanio. Seguramente nunca se le ocurriría espiar a su compañero tymbrimi. Era difícil concebir cómo había llegado Kault tan lejos en la carrera diplomática, aun sin tener en cuenta la raza a que pertenecía.

Por fortuna, los aspectos más negros de la naturaleza thenania no estaban acentuados en él. Al parecer, los miembros de la facción de Kault no eran tan relamidamente mojigatos ni estaban tan convencidos de tener siempre razón como los encargados de la política del clan. Y lo malo era que, si la broma planeada por Uthacalthing llegaba a tener éxito, debilitaría aún más a esa facción moderada.

Lamentable. Pero, de todas formas, se necesitaría un milagro para que el grupo de Kault tuviera acceso al poder, se consoló Uthacalthing.

Además, dada la dirección que estaban tomando las cosas, iba a ser liberado de la obligación moral de preocuparse por las consecuencias de su pesada broma. Por el momento no había conseguido nada. Hasta entonces, había sido un viaje de lo más frustrante. Su única compensación era que, al menos, no se hallaba en una prisión gubru.

Se encontraban en una baja y ondulante campiña que ascendía inexorablemente hacia las vertientes meridionales de las Montañas de Mulun. El ecosistema de los llanos, de famélicas especies, iba dando paso gradualmente a un escenario algo menos monótono: árboles achaparrados y erosionadas terrazas cuyas rojizas y ocres capas de sedimento brillaban bajo la luz matutina, como si centellearan con el conocimiento secreto de días muy lejanos.