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Mientras que la fatigosa caminata los acercaba cada vez más a las montañas, Uthacalthing siguió corrigiendo el rumbo, guiándose por un cierto destello azul en el horizonte: un brillo tan débil que muchas veces sus ojos no podían captarlo. Sabía a ciencia cierta que el aparato visual de Kault no detectaba aquella luz en absoluto. Así había sido planeado.

Uthacalthing abría la marcha, siempre en pos del intermitente destello, mientras vigilaba la aparición de las pistas falsas. Cada vez que localizaba una, la examinaba con atención y luego, si se trataba de pisadas, las borraba a toda prisa; si era una herramienta de piedra, la tiraba lejos del camino. Al mismo tiempo, tomaba furtivas notas y las escondía cuando veía aparecer a su compañero tras el recodo del camino.

A aquellas alturas, cualquier otro habría estado muriéndose de curiosidad. Pero Kault no. Él no.

Precisamente aquella mañana le tocó a Kault abrir la marcha. El camino los llevó a lo largo del borde de un lodoso llano, todavía húmedo por el reciente inicio de las lluvias de otoño. Allí, a plena vista, cruzando el sendero, había unas huellas que no tenían más de unas horas, dejadas por alguien que obviamente caminaba sobre dos piernas y un nudillo. Pero Kault pasó sobre ellas, husmeando el aire con esas grandes ranuras respiratorias que tenía y comentando con su atronadora voz lo fresco que era el día.

Uthacalthing se consoló pensando que aquella parte de su plan siempre había sido una conjetura aventurada. Tal vez nunca daría resultado.

Quizá no soy lo bastante inteligente. Quizá tanto la raza de Kault como la mía asignaron a sus dos tipos más obtusos como embajadores en este remoto e insignificante planeta.

Incluso entre los humanos, los había capaces de idear algo mejor. Uno de esos legendarios agentes del Concejo de Terragens, por ejemplo.

Pero cuando se desató la crisis, no había en Garth otros tymbrimi más imaginativos; así que tuvo que arreglárselas él solo con el mejor plan que se le ocurrió.

Uthacalthing se preguntó por la otra mitad de su broma. Estaba claro que los gubru habían caído en su trampa. Pero ¿hasta qué profundidad? ¿Cuántos problemas y gastos les había ocasionado? Y, lo que era más importante desde el punto de vista de un diplomático galáctico, ¿hasta qué punto habían sido avergonzados?

Si los gubru resultaban ser tan estúpidos y lentos como Kault….

Pero no, los gubru son dignos de confianza, se tranquilizó. Al menos, son diestros para los embustes y la hipocresía. Eso los convertía en enemigos más fáciles que los thenanios.

Se protegió los ojos con la mano para contemplar cómo había avanzado la mañana. El aire era cada vez más cálido. Oyó un chasquido y el crujir del follaje al romperse. Kault apareció ante sus ojos, unos cuantos metros más atrás, cantando una grave canción de marcha y con un bastón en la mano para abrirse paso entre los arbustos. Si nuestros pueblos están oficialmente en guerra, ¿por qué le resulta tan difícil a Kault notar que le estoy ocultando algo?, se preguntó Uthacalthing, —Hummm —gruñó el thenanio mientras se acercaba—. ¿Por qué nos hemos detenido, colega?

Hablaba en anglico. Últimamente habían decidido, como distracción, practicar cada día una lengua diferente.

—Es casi mediodía. —Uthacalthing señaló el cielo—. Será mejor que busquemos un sitio que nos permita salir del sol.

—¿Salir del sol? —La correosa cresta de Kault se hinchó—. Pero si no estamos en… oh, ja, ja, ja. Una figura lobezna de lenguaje. Muy gracioso. Sí, Uthacalthing. Cuando Gimelhai alcanza el cénit, puede hacer que nos sintamos como si estuviéramos asándonos sobre su corteza exterior. Busquemos refugio.

No lejos de allí había un pequeño grupo de árboles zarzosos en un altozano. Kault abrió la marcha moviendo su improvisado bastón para apartar del camino la alta y verde vegetación.

A aquellas alturas ya se habían acostumbrado por completo a su rutina. A Kault le correspondía el duro trabajo de cavar un agujero cómodo, donde la tierra estaba más fresca. Las ágiles manos de Uthacalthing ataban la capa del thenanio en el lugar adecuado para que les proporcionase sombra. Descansaban apoyados en sus mochilas hasta que pasaba el calor del mediodía.

Mientras Uthacalthing sesteaba, Kault pasaba el tiempo introduciendo información en su pequeño ordenador. Recogía ramitas, bayas, fragmentos de cortezas y lo reducía todo a polvo entre sus grandes y fuertes dedos. Luego se lo acercaba a las ranuras olfativas antes de examinarlo con la pequeña colección de instrumentos que pudo salvar de la colisión de la nave.

La diligente labor del thenanio resultaba completamente frustrante para Uthacalthing. Sus concienzudas investigaciones sobre el ecosistema local habían pasado por alto todas las pistas que él había puesto en su camino. Tal vez sea porque fueron puestas en su camino, pensó Uthacalthing. El thenanio era un tipo sistemático. Quizá su visión del mundo le impedía descubrir aquello que no encajaba en el esquema que sus atentos estudios revelaban.

Una idea interesante. La corona de Uthacalthing formó un glifo de agradecida sorpresa, y de pronto comprendió que el enfoque del thenanio no debía de ser tan difícil de manejar como él había pensado. Había asumido que era la estupidez lo que hacía a Kault impermeable a sus pistas fabricadas, pero…

Después de todo, las pistas son ’falsas. Mi cómplice deja pistas para que yo las «encuentre» y las «esconda». Si Kault las ignora ¿puede deberse a que su obstinada visión del mundo sea en realidad superior? En definitiva, ha demostrado que es imposible engañarlo.

Verdadera o no, aquélla era una idea interesante. Syrtunu empezó a tomar forma y a tratar de elevarse, pero la corona de Uthacalthing estaba fláccida, demasiado perezosa para sostener al glifo.

En lugar de eso, sus pensamientos derivaron hacia Athaclena.

Sabía que su hija seguía con vida. Si intentaba conocer más detalles, podía incitar la detección de los aparatos psi del enemigo. Y sin embargo, había algo en aquellos indicios, en aquellas vibrantes tendencias latentes que se producían en los niveles de sensación nahakieri, que le indicaban que, si alguna vez se encontraba de nuevo con su hija en este mundo, ella tendría muchas novedades que comunicarle.

A fin de cuentas, hay un límite para la guía que los padres pueden ejercer sobre los hijos, parecía decirle una suave voz mientras él flotaba medio dormido. Más allá de esa guía, los hijos tienen su propio destino.

¿Y qué hay de los extraños que entren en sus vidas?, preguntó Uthalcalthing a la brillante figura de su esposa, fallecida hacía tanto tiempo, que parecía flotar ante él, más allá de sus párpados cerrados.

¿Y los maridos? Ellos también la influirán, como ocurrirá a la inversa. Pero nuestro tiempo está declinando.