Su rostro era tan claro… Se trataba de un sueño, semejante a los humanos, pero extraño entre los tymbrimi. Era visual y el significado se transmitía por palabras y no por glifos. Un flujo de emoción le estremeció las puntas de los dedos.
Los ojos de Mathicluanna se separaron y su sonrisa le recordó aquel día en la capital cuando sus coronas se habían tocado por primera vez… deteniéndolo, dejándolo asombrado e inmóvil en medio de una calle abarrotada. Medio cegado por un glifo sin nombre, había buscado el rastro de ella por los callejones, había cruzado puentes y pasado ante oscuros cafés, buscándola con una desesperación que iba en aumento, hasta que por fin la encontró aguardándolo en un banco, a no más de doce sistaars de donde la había captado por primera vez.
¿Ifes?, preguntó ella con la voz de muchacha que tuvo hacía tanto tiempo. Nos hemos influido, hemos cambiado, pero lo que una vez fuimos siempre permanece.
Uthacalthing se movió. La imagen de su esposa se agitó y luego desapareció entre oleadas de luz ondulante. En el lugar que ella había ocupado flotaba el glifo syullf-tha, que significaba la alegría de un misterio aún no resuelto.
Se sentó suspirando.
Por algún motivo, Uthacalthing creyó que el glifo se dispensaría en la brillante luz diurna. Pero en aquellos momentos syullf-tha era mucho más que un simple sueño. Sin ningún acto volitivo por su parte, el glifo se levantó y se alejó de Uthacalthing en dirección a su compañero, el enorme thenanio.
Kault estaba sentado de espaldas a Uthacalthing, todavía enfrascado en sus estudios, y completamente ajeno a la transformación de syullf-tha, que había cambiado sutilmente para convertirse en syulff-kuonn. Empezó a descender despacio hacia la cresta de Kault, se posó en ella y desapareció. Uthacalthing miraba, asombrado, cuando de pronto Kault gruñó y alzó la cabeza. Las ranuras respiratorias del thenanio silbaron al tiempo que dejaba a un lado sus instrumentos y volvía el rostro hacia Uthacalthing.
—Aquí hay algo muy extraño, colega. Algo que soy completamente incapaz de explicar.
Uthacalthing se humedeció los labios antes de hablarle.
—Dígame qué le preocupa, estimado embajador.
—Parece existir una criatura… —la voz de Kault era un grave retumbo—, una criatura que ha estado comiendo en estos campos de bayas hace poco tiempo. Ya llevo días viendo las huellas de sus incursiones alimenticias. Es una criatura grande.…, muy grande para ser nativa de Garth.
Uthacalthing estaba todavía acostumbrándose a la idea de que syulff-kuonn hubiera penetrado donde habían fracasado muchos otros glifos, más sutiles y poderosos, —¿Sí? ¿Y eso es importante?
Kault hizo una pausa como si no estuviera seguro de la conveniencia de seguir hablando. Por último el thenanio suspiró.
—Amigo mío, es muy extraño. Pero debo decir que, después del holocausto bururalli, no puede haber ningún animal capaz de llegar a esos arbustos tan altos. Y su manera de alimentarse es absolutamente extraordinaria.
—Extraordinaria ¿en qué sentido?
—Le pido que no se ría de mí, colega. —La cresta de Kault se inflamó, en cortas oleadas de evidente confusión.
—¿Reírme de usted? ¡Eso nunca! —mintió Uthacalthing.
—Entonces se lo diré. Ahora ya estoy convencido de que esa criatura tiene manos, Uthacalthing, estoy seguro de ello.
—Humm —comentó Uthacalthing evasivamente.
—Aquí hay un misterio, querido colega. —La voz de Kault se hizo aún más grave—. En Garth pasa algo muy extraño.
Uthacalthing controló su corona y anuló toda expresión facial. En ese preciso momento se dio cuenta de por qué había sido syulff-kuonn, el glifo de anticipación de una broma pesada, el que penetró donde ninguno de los otros había podido.
¡La broma era para mí!
Uthalcalthing miró más allá del borde de la zona sombreada, donde la brillante tarde había empezado a colorearse por una capa de nubes que se había formado sobre las montañas.
Su cómplice había estado dejando pistas entre los matorrales desde hacía semanas, desde que la nave tymbrimi cayó en el lugar que Uthacalthing había elegido de antemano, al borde de las marismas, muy al sudeste de las montañas. El pequeño Jo-Jo, el atávico chimp que ni siquiera podía hablar excepto con las manos, caminaba por delante de Uthacalthing, desnudo como un animal, y dejaba misteriosas huellas y herramientas de piedra en el camino, manteniendo un tenue contacto con Uthacalthing a través del globo guardián de color azul.
Todo formaba parte de un elaborado plan para hacer creer a Kault que en Garth existía vida presensitiva. Pero el thenanio no había visto ninguna de las pistas, ninguno de los indicios preparados especialmente para él.
No, lo que Kault había notado finalmente, era al propio Jo-Jo… los rastros que el pequeño chimp había dejado al forrajear y vivir.
Uthacalthing comprendió que syulff-kuonn tenía toda la razón. Bromear con uno mismo era en verdad divertido.
Creyó poder oír de nuevo la voz de Mathicluanna.
—Nunca se sabe… —parecía decirle.
—Sorprendente —le dijo al thenanio—. Francamente sorprendente.
61. ATHACLENA
De vez en cuando se sentía preocupada por estar acostumbrándose demasiado a los cambios. La nueva disposición de las terminaciones nerviosas, la redistribución de los tejidos adiposos, la divertida protuberancia de su nariz, tan humanoide ya… Ésas eran cosas ya tan habituales que a veces se preguntaba si podría volver alguna vez a la morfología estándar de los tymbrimi.
Tal pensamiento aterrorizaba a Athaclena.
Hasta ese momento había tenido buenos motivos para mantener aquellas alteraciones humaniformes. Mientras dirigía un ejército de pupilos lobeznos medio elevados, parecerse a una hembra humana había sido algo más que una buena política. Había sido como una especie de vínculo que la había unido con los chimps y los gorilas.
Y con Robert, naturalmente, reconoció.
Athaclena se preguntó si alguna vez volverían a disfrutar del placer semiprohibido de las caricias entre individuos de distinta especie. En aquellos momentos parecía poco probable. Su matrimonio se había reducido a un par de firmas en un trozo de corteza de árboclass="underline" una útil maniobra política. Nada era igual que antes.
Bajó la vista y vio su reflejo en las turbias aguas que tenía ante ella.
—Ni carne ni pescado —susurró en ánglico, sin recordar dónde había leído u oído aquella frase pero comprendiendo su significado metafórico. Un joven macho tymbrimi que la viera en su forma actual no podría contener las carcajadas. Y, por lo que se refería a Robert, bueno, hacía menos de un mes que se había sentido muy cerca de él. La creciente atracción del muchacho hacia ella, el rudo y hambriento aspecto lobezno de esa atracción, la había adulado y complacido de una forma un tanto arriesgada.
Ahora, empero, él está otra vez entre los suyos y yo estoy sola.