—Fascinante. —Athaclena percibió un temblor en el aura de Robert—. Y tienes pensado emplear estas cosas para algo ¿verdad?
—Sí —guardó el transportador de esporas—. Tengo una idea, aunque no creo que Prathachulthorn quiera escucharme. Me tiene demasiado bien etiquetado, gracias a mi madre.
Megan Oneagle era en parte responsable de la opinión que el oficial terrestre tenía de su hijo. ¿Como puede una madre comprender tan poco a su hijo?, se preguntó Athaclena. Los humanos podían haber recorrido un largo camino desde sus siglos oscuros, pero ella compadecía aún a los k’chu-non, los pobres lobeznos. Todavía tenían mucho que aprender.
—Tal vez Prathachulthorn no te escuche directamente, Robert, pero la teniente McCue merece toda su confianza. Estoy segura de que ella te escuchará, y después puede transmitir tu idea al mayor.
—No lo sé. —Robert hizo un gesto dubitativo.
—¿Por qué no? —preguntó Athaclena—. Sé que a esa joven terrestre le gustas. De hecho, estoy casi convencida de haber detectado en su aura…
—No debes hacer eso, Clennie —le espetó Robert—. No tienes que meter las narices en los sentimientos de los demás. No…, no es asunto tuyo.
—Quizá tengas razón. —Ella bajó la mirada—. Pero tú eres mi amigo y esposo, Robert. Si tú estás tenso y frustrado eso es malo para ambos ¿no?
—Supongo que sí —respondió él sin mirarla.
—¿Sientes, pues, una atracción sexual hacia esa Lydia McCue? —le preguntó Athaclena—. ¿La quieres?
—No veo por qué tienes que preguntar….
—¡Porque no puedo captarte, Robert! —lo interrumpió Athaclena, algo irritada—. Ya no eres sincero conmigo. Si tienes esos sentimientos tienes que compartirlos conmigo. Tal vez yo pueda ayudarte.
—¿Ayudarme? —Ahora sí que la miraba, con el rostro ruborizado.
—Claro. Tú eres mi esposo y amigo. Si deseas a esa mujer de tu especie, ¿no debo ser yo tu colaboradora? ¿No debo ayudarte a que consigas la felicidad?
Robert se limitó a parpadear, pero ahora Athaclena encontró grietas en su poderosa coraza. Sintió que sus zarcillos flotaban sobre las orejas, rastreaban los bordes de esos puntos débiles y formaban un glifo nuevo y delicado.
—¿Te sientes culpable por tener tales sentimientos, Robert? ¿Crees que en cierto modo estás siendo desleal conmigo? —Athaclena rió—. ¡Pero si los esposos de distintas especies pueden tener amantes y esposas de su propia raza! ¡Eso tú lo sabes! ¿Qué puedo darte yo si no, Robert? Sabes que no puedo darte hijos, y si pudiera, ¡imagínate qué híbridos serían!
Esta vez Robert sonrió y desvió la mirada. En el espacio que había entre ambos el glifo de la muchacha adoptó una forma más poderosa.
—Y en lo que respecta al placer del sexo, sabes que no estoy equipada más que para dejarte insatisfecho, ¡a ti, superdotado/infradotado hombre-mono de cuerpo inadecuado! ¿Por qué no debo alegrarme si encuentras una mujer con la que puedas compartir esas cosas?
—No… no es tan sencillo como parece, Clennie. Yo…
Ella levantó una mano y sonrió, instándole a la vez a callarse y olvidarse de lo que iba a decir.
—Estoy contigo —dijo con dulzura.
La confusión del joven era como un incierto potencial cuántico, vacilando entre dos situaciones. Sus ojos se movieron rápidamente hacia arriba tratando de mirar la nada que ella había creado. Luego recordó lo que había aprendido y desvió de nuevo la mirada, permitiendo que fuera el sentido de la captación el que lo abriera al glifo que ella le había regalado.
La’thsthoon flotaba y bailaba, llamándolo por señas. Robert suspiró. Luego sus ojos se abrieron sorprendidos al notar que su propia aura se abría sin la intervención consciente de su voluntad, como una flor que se desplegaba. Algo gemelo del la’thsthoon surgió de él, resonando y amplificándose contra la corona de Athaclena.
Dos jirones de nada, uno humano y otro tymbrimi, se tocaron, se separaron juguetones y volvieron a reunirse.
—No temas perder lo que tienes conmigo, Robert —susurró Athaclena—. Después de todo, ¿le sería posible a una amante humana hacer esto contigo?
Ante aquello, él sonrió y ambos compartieron la risa. Sobre sus cabezas los dos la’thsthoon manifestaban la intimidad que se consigue en pareja.
Sólo más tarde, después de que Robert se marchara, aflojó Athaclena la fuerte coraza con la que había rodeado sus sentimientos más profundos. Sólo cuando él se hubo marchado, se permitió reconocer los celos que sentía.
Ha ido a verla.
Lo que Athaclena había hecho estaba bien según las normas que ella conocía: había hecho lo correcto.
Y, sin embargo, ¡era tan injusto!
Soy un monstruo. Ya lo era antes de venir a este planeta, pero ahora soy algo totalmente ir reconocible.
Robert podía tener una amante humana, pero en ese terreno ella estaba completamente sola. Athaclena no podía buscar tal desahogo con uno de los suyos.
Que me acariciara, que me abrazara, para que sus zarcillos se mezclaran con los míos y mi cuerpo se fusionara con el suyo. Que me hiciera sentirme en llamas.
Athaclena advirtió con cierta sorpresa que era la primera vez que pensaba en aquellas cosas…, en aquel anhelo de estar con un hombre de su propia raza; no con un amigo o un compañero de clase, sino con un amante, tal vez con una pareja sexual.
Mathicluanna y Uthacalthing le habían dicho que eso ocurriría algún día…, que cada chica tenía su ritmo propio. Pero en aquellos momentos, el sentimiento era sólo amargo. Hacía que se sintiera más sola. Una parte de ella maldecía a Robert por las limitaciones de su especie. ¡Si al menos él hubiera podido cambiar también su cuerpo! ¡Si hubiesen podido encontrarse a medio camino!
Pero la tymbrimi era ella, un miembro de los «maestros de la adaptabilidad». Cuan lejos había llegado aquella maleabilidad se hizo evidente cuando Athaclena notó sus mejillas mojadas. Sintiéndose muy desgraciada, se secó las saladas lágrimas: las primeras de su vida.
Así la encontraron sus ayudantes horas después, cuando regresaron de las gestiones que ella les había encomendado: sentada al borde de una pequeña y lodosa charca, mientras los vientos de otoño soplaban entre las copas de los árboles y enviaban grávidas nubes en dirección este, hacia las grises montañas.
62. GALÁCTICOS
El Suzerano de Costes y Prevención estaba preocupado. Todos los signos indicaban un cambio, pero la aparente dirección de las cosas no era de su agrado.
Al otro extremo del pabellón, el Suzerano de Rayo y Garra paseaba nervioso ante sus ayudantes, más erguido y majestuoso que nunca. Bajo sus desarregladas plumas externas se veía un difuso brillo rojizo. A ninguno de los gubru presentes podía pasarle inadvertida la presencia de aquel color. Pronto, tal vez dentro de un ciclo de doce días, el proceso habría progresado más allá del punto sin retorno.