Superficialmente, ella quería decir que los dos representantes de los chimps tenían que conocer el protocolo adecuado y pasar un buen número de rigurosas pruebas, durante los Rituales de Aceptación, o los oficiales del Instituto de Elevación declararían nulas las ceremonias.
El Suzerano de la Idoneidad había dejado muy claro que si eso ocurría, las consecuencias serían terriblemente desagradables.
Pero había otra razón por la que Gailet quería que él supiera tanto como le fuera posible. Pronto estaremos en una situación desde donde no habrá retorno… cuando ya no podamos echarnos atrás en nuestra decisión de cooperar con el Suzerano. Gailet y yo no podemos discutirlo abiertamente porque los gubru pueden estar escuchando todo el tiempo. Tendremos que actuar de mutuo acuerdo, y eso para ella significa que tengo que estudiar mucho.
¿O era simplemente que Gailet no quería cargar con todo el peso de la decisión cuando llegase el momento?
Fiben sabía mucho más sobre civilización galáctica que antes de su captura, tal vez mucho más de lo que nunca había querido saber. Los embrollos de una cultura de tres mil millones de años de antigüedad, formada por mil clanes pendencieros de tutores y pupilos, vagamente unidos por una red de arcaicos institutos y tradiciones, eran algo que le hacía sentir vértigos. La mitad de las veces acababa hastiado y cínicamente convencido de que los galácticos eran poco más que poderosos mozuelos mal criados que combinaban las peores cualidades de las viejas naciones-estado de la Tierra antes de la madurez de la Humanidad.
Pero entonces aparecía algo y Gailet le explicaba alguna tradición o principio que demostraba su extraña sutileza y su bien ganada sabiduría, desarrollada durante cientos de millones de años.
—Estaba llegando a un punto en que ya no sabía que pensar.
—Necesito que me dé el aire —le dijo—. Me voy a dar un paseo. —Fue hacia el perchero y cogió su abrigo—. Volveré más o menos dentro de una hora.
Dio unos golpecitos a la puerta y ésta se abrió. La cruzó y volvió a cerrarla a sus espaldas sin mirar atrás.
—¿Necesitas escolta, Fiben?
La chima Sylvie introducía datos en un ordenador. Llevaba un sencillo vestido de manga larga que le llegaba hasta los tobillos. Al verla así, resultaba difícil imaginársela sobre el montículo de la danza en «La Uva del Simio», llevando a una multitud de chimps al borde de la violencia. Su sonrisa era titubeante, casi tímida, y aquella noche parecía más nerviosa que de costumbre.
—¿Y si te digo que no? —le preguntó. Pero antes de que Sylvie pudiera alarmarse, sonrió y continuó—. Era una broma. Claro, Sylvie. Asígname a Rover Doce. Es un viejo globo muy simpático y no asusta demasiado a los nativos.
—Robot de vigilancia RVG-12, registrado como escolta de Fiben Bolger en su salida al exterior —dijo ella ante el ordenador.
A sus espaldas se abrió una puerta, en el extremo del pasillo, y apareció flotando un globo de vigilancia remota, una sencilla versión de los robots de batalla, cuya única misión consistía en acompañar a un prisionero y vigilar para que no se escapara.
—Que tengas un paseo agradable, Fiben.
—¿Es que pueden ser de otra clase para un prisionero? —guiñó el ojo a Sylvie, y fingió una actitud dura.
El último paseo, se dijo. El que te lleva a la horca.
—Vamos, Rover —lo llamó con una amistosa seña. La puerta silbó al tiempo que se deslizaba para dejarlo salir a una desapacible tarde de otoño.
Desde su captura habían cambiado muchas cosas. Las condiciones de su encarcelamiento se habían ido suavizando a medida que Gailet y él parecían ir cobrando importancia para el inescrutable plan del Suzerano de la Idoneidad. Sigo odiando este sitio, pensaba Fiben mientras bajaba las escaleras de cemento y se dirigía hacia la puerta exterior atravesando un descuidado jardín. En los ángulos de la alta pared giraban unos complejos robots de vigilancia. Cerca de la puerta, Fiben se encontró con los chimps guardianes.
Por fortuna, Puño de Hierro no se hallaba presente, pero ]os otros marginales que estaban allí no eran mucho más amables. Aunque los gubru aún pagaban sus servicios, parecía que sus jefes habían desertado recientemente. El programa de Elevación en Garth no había sido alterado y tampoco se había invertido la pirámide eugenésica. El Suzerano ha intentado encontrar fallos en el sistema de Elevación de los neochimps, pensó Fiben. Pero no lo debe de haber logrado. De otro modo, ¿por qué está preparando a un carnet azul y a un carnet blanco, como nosotros, para su ceremonia?
De hecho, al utilizar marginales como ayudantes, a los invasores les había salido el tiro por la culata: la población chimp se sentía ofendida.
Entre Fiben y los guardianes de los trajes con cremallera nunca se intercambiaban palabras. El ritual estaba bien determinado. Él los ignoraba y ellos le provocaban, pero sin atreverse a llegar tan lejos como para que él pudiera quejarse. En cierta ocasión, cuando el que tenía que abrirle se demoró demasiado con las llaves, Fiben se limitó a dar media vuelta y volver a entrar en el edificio. Ni siquiera comentó nada con Sylvie. Pero en su siguiente salida aquellos guardias no estaban, y ya no volvió a verlos más.
Esta vez, obedeciendo a un impulso, Fiben rompió la tradición y les habló.
—Qué tiempo tan agradable ¿no?
El más alto de los dos marginales lo miró con sorpresa. Ese chimp tenía algo que a Fiben le parecía familiar, aunque estaba seguro de que nunca lo había visto antes.
—Tú bromeas ¿no? —El guardián levantó la vista hacia unos amenazadores cumulonimbos. Se acercaba un frente frío y la lluvia no tardaría en caer.
—Sí, bromeo —sonrió Fiben—. En realidad, hay demasiado sol para mi gusto.
El guardián lo miró con acritud y se hizo a un lado. La puerta se abrió con un chirrido y Fiben salió a un callejón lateral, con muros cubiertos de hiedra. Ni Gailet ni él habían visto nunca a sus vecinos. Los chimps locales preferían mantenerse alejados del grupo de Puño de Hierro y de los robots de vigilancia alienígenas.
Silbaba mientras caminaba hacia la bahía, intentando ignorar el flotante globo y vigilante que lo seguía a un metro de distancia. La primera vez que le habían permitido salir de esta forma, evitó las zonas más concurridas de Puerto Helenia y se limitó a caminar por callejones y por el sector industrial, ahora casi totalmente abandonado. Esta vez tampoco se acercó al centro comercial, pues allí los chimps se pararían a mirarlo, pero ya no sentía necesidad de evitar por completo a la gente.
En otras ocasiones había visto chimps que también iban acompañados por globos de vigilancia. Primero creyó que eran prisioneros como él. Los chimps y las chimas con ropas de trabajo se apartaban para dejarles paso y evitar su proximidad.
Después empezó a notar diferencias. Esos otros chimps escoltados, vestían finas ropas y caminaban con porte majestuoso. Los ojos facetados y las armas de los globos de vigilancia apuntaban hacia afuera, en lugar de apuntar a quienes escoltaban. Traidores, había pensado Fiben. Sintió una gran satisfacción al ver las miradas que muchos ciudadanos chimps lanzaban a esos colaboradores de alto nivel después de que hubieran pasado: miradas de sombrío y mal disimulado desdén.