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—Claro, que sí, cuéntamela, Gailet —asintió Fiben intrigado.

—Bueno. Seguro que has oído hablar de los paha. Son unos bravos guerreros y muy leales a sus tutores, los soro. En aquella época salían muy airosos de las pruebas a que eran sometidos por el Instituto de Elevación. Así que, un día, los soro decidieron darles alguna responsabilidad y mandaron a varios de ellos a proteger a un emisario que se dirigía al Clan de las Siete Rotaciones.

—Las Siete Rotaciones… son una civilización mecánica, ¿verdad?

—Sí, pero no están proscritos. Son una de las culturas mecánicas que entraron a formar parte de la sociedad galáctica como miembros honorarios. Dentro del brazo de la espiral ocupan casi siempre zonas de alta densidad que no son apropiadas para las razas respiradoras de oxígeno ni para las de nitrógeno.

¿Adonde quiere ir a parar?, se preguntó Fiben.

—Bueno, pues el embajador soro estaba negociando con los desastrados dirigentes de las Siete Rotaciones cuando, de pronto, nuestro escolta paha detectó algo fuera, en el límite del sistema local y fue a investigar.

»Bien, quiso la suerte que saliera para encontrar a una nave de carga de las Siete Rotaciones bajo el ataque de varias máquinas vagabundas.

—¿Guerreros invulnerables? ¿Destructores de planetas?

—Lees demasiada ciencia ficción, Fiben —se estremeció Gailet—. No, sólo unos cuantos robots proscritos que querían adueñarse de un botín. El escolta paha llamó pidiendo instrucciones y, como no recibió respuesta, decidió tomar la iniciativa y se lanzó sobre ellos disparando los cañones.

—Déjame adivinarlo. Salvó la nave de carga.

—Sí —asintió ella—. Hizo pedazos a los piratas. Los de las Siete Rotaciones quedaron muy agradecidos y así, un negocio que no era cuestionable, se convirtió en algo provechoso para los soro.

—Y él se convirtió en héroe.

—No —Gailet sacudió la cabeza—. Regresó a casa en la ignominia, por haber actuado por su cuenta sin ningún tipo de guía.

—Los ETs están locos —murmuró Fiben.

—No, Fiben. —Le tocó la rodilla—. Es una cuestión importante. Alentar la iniciativa en una nueva raza de pupilos está bien, pero no durante unas delicadas negociaciones a nivel galáctico. ¿Pondrías en manos de un niño inteligente una planta de energía termonuclear?

Fiben entendió adonde quería ir a parar Gailet. A ambos se les había ofrecido un trato que parecía muy generoso para la Tierra, al menos en apariencia. El Suzerano de la Idoneidad se había ofrecido a financiar una importante Ceremonia de Aceptación para los neochimps. Los gubru iban a dejar de lado su política de obstaculizar la tutoría de los humanos e iban a poner fin a sus hostilidades con la Tierra. Lo único que el Suzerano quería a cambio era que Fiben y Gailet, mediante desviación hiperespacial, contasen a las Cinco Galaxias lo buenos que eran los gubru.

Para el Suzerano era un gesto destinado a guardar las apariencias, y para la Tierra podía significar un importante golpe maestro.

Pero Fiben se preguntaba si Gailet y él tenían derecho a tomar tal decisión. ¿Habría otras ramificaciones más allá de lo que ellos alcanzaban a ver? ¿Unas ramificaciones potencialmente mortales?

El Suzerano de la Idoneidad les había dicho que tenía sus razones para no permitirles consultar con los humanos internados en las prisiones insulares. Su rivalidad con los otros Suzeranos estaba llegando a una fase crítica, era posible que éstos no apoyaran sus planes. El Suzerano de la Idoneidad necesitaba de la sorpresa para vencerlos presentando un hecho consumado.

Fiben encontraba algo falso en esa explicación. Pero los alienígenas son tan extraños como su nombre indica. No podía imaginar ninguna sociedad con base en la Tierra que funcionara de aquel modo.

¿Gailet le estaba diciendo que tenían que retirarse de la ceremonia? ¡Bien! Que lo decidiera ella. En definitiva, no tenían más que decir que no.… respetuosamente, desde luego.

—La historia no termina aquí —dijo Gailet.

—¿Hay más?

—Oh, sí. Unos años más tarde, los clanes de las Siete Rotaciones aportaron pruebas de que el guerrero paha había hecho todos los esfuerzos posibles para pedir instrucciones antes de intervenir, pero que las condiciones del subespacio no habían permitido que pudiera establecer la comunicación.

—¿Y entonces?

—Entonces los soro lo vieron de otro modo. Primero habían considerado que él había asumido una responsabilidad que no le correspondía. Luego decidieron que había obrado lo mejor que pudo. El escolta fue exonerado de culpa a título póstumo y a sus herederos se les concedieron derechos especiales de Elevación.

Se produjo un largo silencio. Ninguno de los dos habló mientras Fiben reflexionaba. De repente lo vio todo claro.

Es el esfuerzo lo que cuenta. Eso es lo que ella ha querido decirme. Sería imperdonable que cooperáramos con el Suzerano sin intentar antes consultar a nuestros tutores. Tal vez fracase, seguramente fracasaré, pero debo intentarlo.

—Vamos a ver qué pasa con ese nudo. —Se inclinó sobre su espalda y acercó el ojo a la cápsula de mensaje. Aparecieron de nuevo las líneas de texto y el punto rojo centelleante. Miró directamente a la expectante gota roja y se concentró con todas sus fuerzas.

Estoy de acuerdo con esto.

El punto cambió de color de inmediato. ¿Y ahora qué?, se preguntó Fiben al tiempo que se apartaba de la cápsula.

La respuesta le llegó un momento más tarde cuando la puerta se abrió sin ruido. Entró Sylvie, con el mismo vestido largo hasta los tobillos, y se sentó frente a ellos.

—El sistema de vigilancia está desconectado. Le he puesto a las cámaras una cinta de circuito cerrado. Podemos contar con una hora antes de que el ordenador empiece a sospechar algo.

Fiben arrancó el disco del pelo de Gailet y ella extendió la mano.

—Déjamelo un minuto —dijo, y se apresuró a meter la cápsula en su ordenador personal—. No quiero ofenderte, Sylvie, pero el texto necesita una corrección. Después Fiben puede firmarlo.

—No me ofendo. Ya sabía que tendríais que cambiarlo. Lo único que pretendí es que fuera lo suficientemente claro para que pudierais entender lo que yo ofrecía.

Había ocurrido todo tan deprisa… y sin embargo Fiben ya notaba la adrenalina zumbar en sus venas.

—Así que me voy.

Nos vamos —corrigió Sylvie—. Tú y yo. Ya he preparado las provisiones, los disfraces y una forma de salir de la ciudad.

—¿Estás, pues, con los rebeldes?

—Me gustaría, sí, pero esto es una iniciativa personal mía. Lo voy a hacer a cambio de algo.

—¿Qué es lo que pides?

Sylvie movió la cabeza indicando que esperaría a que Gailet atendiese.

—Si los dos estáis de acuerdo con correr el riesgo, saldré al exterior y llamaré al guardián. Lo he elegido cuidadosamente y he tenido que hacer muchos esfuerzos para conseguir que Puño de Hierro lo pusiera en el turno de esta noche.