Sylvie asintió en señal de acuerdo. Tendió la mano y Gailet se la estrechó. Permanecieron así unos momentos, mirándose a los ojos, y luego se soltaron.
—Llamaré antes de entrar —dijo Sylvie y se puso en Pie—. Dentro de unos diez minutos. —Al mirar a Fiben lo hizo con expresión satisfecha como si acabase de cerrar con total éxito una transacción comercial—. Para entonces, debes estar preparado —le dijo antes de marcharse.
Cuando hubo salido, Fiben recuperó por fin el habla.
—Presumes demasiado con todas esas teorías y con tanta verborrea, Gailet. ¿Cómo demonios estás tan segura de que…?
—¡No estoy segura de nada! —le espetó, y la confusa y dolida mirada que había en su rostro asombró a Fiben más que cualquier otra cosa de las que habían ocurrido aquella noche.
—Lo siento, Fiben. —Gailet se pasó una mano ante los ojos—. Haz lo que creas más conveniente; pero, por favor, no te ofendas. En estos momentos no estamos en condiciones de ser orgullosos. Y además, Sylvie no pide demasiado, tal como están las cosas, ¿verdad?
Fiben leyó una tensión reprimida en los ojos de Gailet. Su enojo se desvaneció y fue sustituido por la preocupación.
—¿De veras estarás bien?
—Supongo que sí. —Se encogió de hombros—. Probablemente el Suzerano me buscará un nuevo compañero. Y haré todo lo que esté en mis manos para retrasar las cosas el máximo de tiempo posible.
—Tendrás noticias de los humanos, te lo prometo. —Fiben se mordió el labio.
La expresión de Gailet le indicaba que tenía muy pocas esperanzas. Pero sonreía.
—Consíguelo, Fiben. —Alargó la mano y le acarició la cara con dulzura—. Te echaré mucho de menos, ¿sabes?
El momento pasó. Ella retiró la mano y se puso seria de nuevo.
—Es mejor que reúnas todo lo que quieras llevarte. Mientras tanto, hay unas cuantas cosas que te sugiero que comuniques a tu general. ¿Intentarás recordarlas, Fiben?
—Claro. —Pero por unos instantes se entristeció, preguntándose si volvería a ver alguna vez la dulzura que había brillado brevemente en sus ojos. De nuevo recubierta de eficiencia, lo seguía por toda la habitación mientras él preparaba ropa y comida para llevarse. Ella aún continuaba hablando cuando, unos minutos más tarde, llamaron a la puerta.
64. GAILET
Después de que se hubieron marchado, permaneció sentada en la oscuridad con una manta cubriéndole la cabeza, abrazándose las rodillas y balanceándose despacio al ritmo de su soledad.
Su oscuridad no era por completo solitaria. De hecho, hubiera preferido que lo fuera. Gailet oía al chimp que dormía junto a ella, envuelto en las mantas de Fiben, y que respiraba exhalando los débiles vapores de la droga que lo había dejado inconsciente. El guardia margi no se despertaría en muchas horas. Gailet suponía que aquella tranquilidad no duraría tanto como su sueño.
No, no estaba completamente sola, pero Gailet Jones nunca se había sentido tan mutilada, tan aislada.
¡Pobre Fiben! pensó. Tal vez Sylvie tenga razón respecto a él. En realidad, es uno de los mejores chimps que he conocido. Y, sin embargo… sacudió la cabeza. Y sin embargo, él sólo pudo ver una parte de este plan. Y yo no pude contarle el resto, sin revelar lo que sé a los escuchas ocultos.
No estaba segura de si Sylvie era sincera o no. Gailet nunca había sabido juzgar a las personas. Pero apuesto gametos contra zigotos a que Sylvie nunca burló la vigilancia gubru.
Gailet hizo una mueca de desdén ante tal idea: la de que una pequeña chima hubiera podido bloquear los monitores de los ETs sin que éstos lo hubiesen advertido al instante. No, habría sido demasiado fácil. Estaba todo preparado de antemano.
¿Por quién? ¿Por qué? ¿Importaba realmente?
No hemos contado con otra alternativa. Fiben ha tenido que aceptar la oferta.
Gailet se preguntó si volvería a verlo. Si aquello era sólo otra prueba de inteligencia ordenada por el Suzerano, Fiben podría estar de regreso al día siguiente. En ese caso, se le reconocería una «respuesta apropiada»… apropiada para tratarse de un neochimpancé especialmente adelantado, en la vanguardia de su raza pupila.
Gailet se estremeció. Hasta aquella noche no había considerado las implicaciones, pero Sylvie se lo había hecho ver claro. Aunque volvieran a estar juntos, para ellos las cosas ya no serían igual. Si hasta entonces su carnet blanco había sido una barrera entre los dos, el de Fiben sería sin duda un insalvable abismo.
Además, Gailet había empezado a pensar que aquello no era otra prueba preparada por el Suzerano de la Idoneidad, y si no lo era, otra facción de los gubru tenía que ser la responsable de la evasión. Tal vez uno de los otros Suzeranos o…
Gailet hizo un gesto de impotencia. No sabía lo bastante ni para conjeturar. Aquellos datos no eran suficientes. O quizás ella era demasiado estúpida o ciega para ver el entramado.
Alrededor de ellos se desplegaba un juego y cada etapa de éste parecía carecer de posibilidad de retroceso. Fiben tuvo que marcharse aquella noche, independientemente de que la evasión fuera o no una trampa. Ella había tenido que quedarse y luchar contra extravagancias que estaban más allá de su comprensión. Ése era el destino escrito para ella.
Para Gailet era algo familiar esa sensación de ser manipulada, de no tener un poder real sobre su propio destino, pero Fiben apenas estaba empezando a acostumbrarse a eso. Ella había tenido esa sensación como compañera toda su vida.
Algunas religiones de las épocas antiguas de la Tierra habían desarrollado el concepto de predeterminación, la creencia de que todos los acontecimientos estaban ordenados de antemano desde el acto de la creación y que el llamado libre albedrío no era más que una ilusión.
Poco después del Contacto, hacía dos siglos, los filósofos humanos habían preguntado a los primeros galácticos que conocieron qué pensaban de aquella y de otras ideas. Los sabios alienígenas habían respondido de forma paternalista: «Son cuestiones que sólo pueden plantearse en el ilógico lenguaje de los lobeznos.» «No existen las paradojas», habían afirmado.
Y tampoco quedaban misterios por resolver, al menos ninguno que pudiera ser planteado por los terrestres.
La predestinación no era, en realidad, algo tan difícil de entender para los galácticos. Y más cuando el clan de los lobeznos estaba predestinado a una breve y triste historia.
Gailet empezó a recordar de repente su época de estancia en la Tierra y cómo allí había conocido a un neodelfín, un anciano poeta jubilado, que le contaba anécdotas de cuando él nadaba tras la estela de las grandes ballenas y escuchaba, durante interminables horas, sus tristes canciones sobre los antiguos dioses cetáceos. Cuando el anciano fin compuso un poema especialmente para ella se sintió sorprendida y fascinada.
Gailet imaginaba que el haiku debía de ser más agudo en ternario, la lengua híbrida que los delfines usaban normalmente para su poesía. No sabía ternario, por supuesto, pero la pequeña alegoría en ánglico la había impresionado.