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Pensando en eso, Gailet se dio cuenta gradualmente de que estaba sonriendo.

¡Alcánzala con el hocico, claro!

El bulto que dormía junto a ella roncaba suavemente. Gailet apoyó la lengua contra los dientes frontales e imaginó que estaba escuchando el ritmo de los tambores.

Unas horas más tarde, ella seguía sentada, pensando, cuando la puerta se abrió violentamente y penetró la luz del pasillo. Aparecieron varios pájaros cuadrúpedos, los kwackoo. A la cabeza de ellos Gailet reconoció al ayudante del Suzerano de la Idoneidad, que tenía las plumas teñidas en tonos pastel. Ella se puso en pie, pero su leve reverencia no obtuvo respuesta.

El kwackoo la miraba. Luego señaló el bulto bajo las mantas.

—Tu compañero no se levanta. Eso no es correcto.

Estaba claro que, sin gubru a la vista, el sirviente no se sentía obligado a mostrarse cortés.

—Tal vez está indispuesto. —Gailet miraba al techo.

—¿Necesita asistencia médica?

—Supongo que se recuperará sin ella.

—Voy a ser franco. —El kwackoo movía irritadamente sus pies de tres dedos—. Queremos inspeccionar a tu compañero para asegurarnos de su identidad.

—¿Y quién crees que puede ser? —Gailet levantó una ceja, aunque sabía que ese gesto resultaba inútil ante aquella criatura—. ¿El abuelo Bonzo? ¿Es que los kwackoo no vigiláis a vuestros prisioneros?

—Esta zona de confinamiento ha sido puesta bajo la autoridad de auxiliares neochimps. —La agitación del pájaro iba en aumento—. Si se ha producido algún fallo se debe a su incompetencia animal, a su negligencia de seres no sapientes.

—Mentira —rió Gailet. El kwackoo cesó su danza de irritación y escuchó su traductor portátil—. No puedes echarnos la culpa de eso, kwackoo —continuó Gailet—. Tanto tú como yo sabemos que poner de encargados a chimps marginales fue una simulación. Si se ha abierto una brecha en la seguridad, ha sido dentro de vuestro propio campo.

El pico del sirviente se abrió unos cuantos grados y su lengua osciló en rápidos movimientos, un gesto que Gailet ya sabía que significaba verdadero odio. El alienígena hizo una seña y dos robots en forma de globo avanzaron. Con suavidad pero con firmeza utilizaron campos gravíticos para coger al neochimp dormido sin tocar siquiera las mantas. Ya que los kwackoo no se habían molestado en mirar qué había bajo éstas, era evidente que sabían lo que iban a encontrar.

—Se abrirá una investigación —prometió. Dio media vuelta y se marchó. Pocos minutos después estaría leyendo la «nota de despedida» de Fiben que había sido colocada en el chimp dormido. Gailet intentó ayudar a Fiben con un retraso más.

—Bien —dijo—. Tengo que formular una petición.…, mejor dicho, una exigencia.

El ayudante iba camino de la puerta, a la cabeza de su séquito de aleteantes kwackoo, pero al oír sus palabras se detuvo, provocando un pequeño colapso de tráfico. Sus seguidores piaron enfadados al tiempo que chocaban unos contra otros y agitaban sus lenguas ante Gailet. El líder de la cresta rosa se volvió y se encaró con ella.

—No puedes exigir nada.

—Lo hago en nombre de la tradición galáctica —insistió Gailet—. No me obligues a mandar mi petición directamente a su eminencia, el Suzerano de la Idoneidad.

Se produjo un largo silencio durante el cual el kwackoo pareció reflexionar sobre los riesgos que aquello implicaba. Por último preguntó:

—¿Cuál es tu estúpida exigencia?

Pero entonces Gailet permaneció callada.

Al fin, el servidor, con evidente desgana, le hizo una reverencia, inclinándose tan poco que apenas se notó. Gailet le devolvió el gesto, también con la mínima inclinación.

—Quiero ir a la Biblioteca —dijo en perfecto gal-Siete—. Acogiéndome a mis derechos como ciudadana galáctica, insisto en ello.

65. FIBEN

Fue absurdamente simple salir con la ropa del chimp drogado, una vez que Sylvie le hubo enseñado una sencilla frase en código para decírsela a los robots que flotaban sobre la puerta. El único chimp de guardia masticaba un bocadillo y los saludó casi sin mirarlos.

—¿Dónde me llevas? —preguntó Fiben cuando la oscura pared tapizada de hiedra de la prisión quedó a sus espaldas.

—A los muelles —respondió Sylvie por encima del hombro.

Caminaba con paso rápido por las húmedas aceras llenas de hojas arrastradas por el viento, ante los tenebrosos bloques de vacíos edificios que habían habitado los humanos. Más adelante, cruzaron un barrio de chimps de casas grandes e irregulares, ocupadas por grupos de matrimonios y pintadas de brillantes colores, con ventanas tan amplias como puertas y fuertes enrejados para que los niños pudieran encaramarse a ellos. De vez en cuando, Fiben vislumbraba siluetas recortadas contra las cortinas corridas de las ventanas.

—¿Y por qué a los muelles?

—Porque allí están los botes —replicó Sylvie concisamente.

Sus ojos se movían hacia uno y otro lado. Giró el anillo-cronómetro que llevaba en la mano izquierda y volvió a mirar por encima del hombro, como si temiese que los estuvieran siguiendo.

Que pareciera nerviosa era natural. Y, sin embargo, Fiben había llegado al límite. La cogió por el brazo y la hizo detenerse.

—Escucha, Sylvie. Agradezco lo que has hecho por mí hasta ahora, pero ¿no crees que ya ha llegado el momento de que me cuentes cuáles son tus planes?

—Sí, supongo que sí —suspiró ella.

Su sonrisa ansiosa le recordó la noche en «La Uva del Simio». Lo que entonces creyó que era lujuria animal, debía de haber sido algo parecido a esto: miedo disimulado bajo una bien aplicada capa de jactancia.

—A excepción de las puertas de la valla, la única salida de la ciudad es por barco. Mi plan es colarnos a bordo de uno de los botes de pesca. Los pescadores suelen salir de noche —miró el reloj que llevaba en el dedo—, oh, dentro de una hora.

—Y luego ¿qué? —preguntó Fiben.

—Luego saltaremos del bote cuando éste salga de la Bahía de Aspinal y nos dirigiremos a nado hasta el parque del Punto Septentrional. Desde allí nos espera una dura caminata por la playa, pero podremos llegar a las primeras colinas al amanecer.

Fiben asintió. Parecía un buen plan. Le gustaba que hubiese varios puntos a lo largo de la ruta donde podrían cambiar de planes si se presentaban problemas u oportunidades mejores. Por ejemplo, les sería factible dirigirse al punto meridional de la bahía. El enemigo nunca pensaría que los dos fugitivos se encontraran cerca de su nueva instalación hiperespacial. Allí debía de haber almacenado mucho equipamiento para las obras. La idea de robarles un barco a los gubru le parecía muy tentadora. Si lograba hacer algo por el estilo, tal vez conseguiría por fin el carnet blanco.

Se apresuró a dejar de lado ese pensamiento porque le recordaba a Gailet. Maldita sea, ya la echaba de menos.

—Parece un plan muy bien pensado, Sylvie.

—Gracias, Fiben. —Sonrió cautelosamente—. Y ahora ¿podemos irnos?