Apenas unos cientos de metros más allá, se encontraron con la ancha faja de terreno que los alienígenas habían allanado en torno a Puerto Helenia. Sylvie temblaba a medida que se acercaban a la alta barrera, que destellaba a causa de la humedad bajo las potentes luces de los globos de vigilancia situados a intervalos a lo largo de ella.
—Fiben —dijo Sylvie cuando él se apresuró hacia la franja de terreno—. No podremos salir de ahí.
—¿Por qué no? —Se detuvo y se volvió a mirarla—. ¿Conoces a alguien que lo haya intentado?
—¿Quién querría hacerlo? —Sacudió la cabeza—. ¡Es una locura! ¡Mira todos esos globos de vigilancia…
—Sí —comentó Fiben con tono ausente—. Me pregunto cuántos de ellos son necesarios para cubrir todo el perímetro de la valla. ¿Diez mil? ¿Veinte mil? ¿Treinta mil?
Se acordaba de las sondas de vigilancia que coronaban el perímetro mucho más pequeño y vulnerable de la antigua embajada tymbrimi el día que explotó la cancillería y él recibió una lección sobre el carácter de los ETs. Aquellos aparatos, comparados con «Rover» o con los robots de batalla que utilizaban los soldados de Garra gubru, eran poco impresionantes.
Me pregunto cómo funcionarán, pensó Fiben y se aproximó un paso más hacia ellos.
—¡Fiben! —Sylvie parecía al borde del pánico—. Vamos a probar por la puerta. Podemos decir a los centinelas… podemos decirles que nos han robado. Que somos unos granjeros de las montañas de turismo en la ciudad y que nos han robado la ropa y los documentos de identidad. Si nos hacemos los paletos, tal vez lo crean.
Sí, seguro. Fiben se acercó un poco más. En aquellos momentos se encontraba a menos de seis metros de la valla. Vio que estaba formada por una serie de listones estrechos unidos por arriba y por abajo mediante alambre. Eligió un punto entre dos de los globos de vigilancia, lo más cerca posible de la mitad. Aun así, sentía una intensa sensación de que lo estaban observando.
Aquella seguridad llenó a Fiben de resignación. En ese preciso instante los soldados gubru debían de estar sobre su pista. Podían llegar en cualquier momento. Lo mejor era dar media vuelta. ¡Correr!
Miró a Sylvie. Seguía inmóvil donde él la había dejado. Era fácil darse cuenta de que ella hubiera preferido estar en cualquier sitio que no fuera aquél. En realidad no comprendía bien por qué ella se había quedado allí.
Fiben se cogió la muñeca izquierda con la mano derecha. Su pulso era veloz e irregular y tenía la boca seca como la arena. Temblando y con un gran esfuerzo de voluntad, dio un paso más hacia la valla.
Un miedo casi palpable parecía rodearlo, como el que lo aprisionó cuando oyó el lejano lamento de la muerte de Simón Levi durante aquella inútil y estúpida batalla espacial. Se sintió invadido por un oscuro presentimiento de inminente fatalidad. La muerte lo presionaba, mostrándole la futilidad de la vida.
Se volvió despacio para mirar a Sylvie.
Sonrió.
—¡Malditos pájaros! —gruñó—. No son globos de vigilancia. ¡Son inofensivos radiadores psi!
Silvie abrió la boca y volvió a cerrarla. Finalmente preguntó, incrédula:
—¿Estás seguro?
—Ven y lo verás —la instó—. Ahí donde estás puedes creer que te vigilan y que todos los soldados de Garra van a caer sobre ti.
Sylvie tragó saliva. Apretó los puños y se acercó a la valla. Fiben observaba su avance. Debía confiar en Sylvie. Una chima menos atrevida hubiese gritado y huido antes de llegar a aquella situación.
En la frente de Sylvie se agolpaban gotas de sudor, uniéndose a las de la intermitente lluvia.
Una parte de él, alejada de su secreción adrenalínica, admiraba su cuerpo desnudo. Le ayudaba a distraer la mente. Así que es cierto que ha tenido hijos. Muy a menudo las chimas disimulaban las señales de embarazo y de lactancia que quedaban en su cuerpo a fin de parecer más atractivas. Pero en este caso estaba claro que Sylvie había tenido un hijo. Me gustaría conocer su historia.
Cuando llegó junto a él, con los ojos cerrados, le susurró:
—¿Qué… qué me está ocurriendo a mí precisamente ahora?
Fiben oyó a sus propios sentimientos. Pensó en Gailet, y se acordó de la gran aflicción que ella había sentido por Max, ese enorme chimp que era su amigo y protector. Pensó en todos los chimps que había visto despedazados por las poderosísimas armas del enemigo.
Se acordó de Simón.
—Te sientes como si tu mejor amigo del mundo acabase de morir —le dijo con dulzura, tomándola de la mano. Ella la apretó con fuerza, pero en su rostro había una evidente expresión de alivio.
—Emisores psi. ¿Eso… eso es todo? —Abrió los ojos—. ¿Por qué… por qué ese material de pacotilla?
Fiben se reía a carcajadas y ella poco a poco empezó a sonreír. Con la mano libre se tapaba el rostro.
Rieron ambos, bajo la lluvia y en medio de un cauce de dolor. Rieron y, cuando por fin las lágrimas cedieron gradualmente, siguieron caminando juntos sin soltarse de la mano.
—Ahora cuando diga adelante… ¡empuja!
—Lista, Fiben. —Sylvie estaba agachada bajo él, con los pies bien asegurados, los hombros apoyados en uno de los altos listones, agarrándose al muro cercano a la valla.
Sobre ella, Fiben adoptó una postura similar y colocó los pies en el barro. Inhaló profundamente unas cuantas veces.
—Vale, empuja.
Ambos levantaron la alambrada. Los listones ya estaban algo separados, pero a medida que se esforzaban el espacio entre ellos se ensanchaba. La Evolución no ha sido en balde, pensó Fiben al tiempo que empujaba con todas sus fuerzas.
Hacía un millón de años que los humanos habían pasado por todos los tormentos de la autoelevación, y desarrollado aquello que los galácticos consideraban que sólo podía ser otorgado: la sapiencia, la habilidad de pensar y codiciar las estrellas.
Pero mientras tanto, los ancestros de Fiben no habían estado inactivos. ¡Cada vez somos más fuertes! Fiben se concentraba en ese pensamiento mientras sentía la frente bañada en sudor y el crujido de los listones recubiertos de plástico. Gruñó mientras notaba los desesperados esfuerzos de Sylvie bajo sus piernas, que se manifestaban en los temblores de su espalda.
—¡Ay! —Sylvie perdió pie y cayó hacia atrás. El retroceso balanceó a Fiben, y los listones elásticos le hicieron rebotar lanzándolo encima de Sylvie.
Permanecieron así en el suelo un par de minutos con la respiración entrecortada. Al fin Sylvie dijo:
—Por favor, cariño… esta noche no. Tengo jaqueca.
Fiben rió. Rodó sobre su espalda tosiendo y ella salió de debajo. Tenían necesidad del humor. Era su mejor defensa contra el martilleo constante de los globos psi. El pánico se mantenía, incipiente, agazapado en un rincón de sus mentes. La risa lo mantendría bajo control.
Se ayudaron mutuamente a levantarse e inspeccionaron lo que habían conseguido hasta entonces. La ranura ya era mucho mayor. Debía de medir unos diez centímetros, pero aún le faltaba mucho para tener la anchura suficiente. Y Fiben advirtió que se les estaba haciendo tarde. Necesitarían al menos tres horas para poder llegar a las colinas antes del amanecer.